Hace dos décadas, algunos agricultores del valle del Palancia, al norte de Valencia, comenzaron a plantar encinas inoculadas con esporas de trufa negra. La decisión tenía principalmente una motivación económica: en terrenos pobres y poco adecuados para otros cultivos, conseguir que las raíces de estos árboles produjeran uno de los hongos más cotizados del mundo podía convertirse en un negocio rentable.
Veinte años después, aquellos bosques están llamando la atención por una razón completamente distinta. Investigadores estudian ahora si este tipo de cobertura vegetal puede convertirse en una herramienta para reducir parte del impacto de las lluvias torrenciales, especialmente después de fenómenos extremos como la DANA que afectó gravemente a Valencia en octubre de 2024.
Un bosque de trufas convertido en laboratorio climático
El proyecto se desarrolla en el corredor del río Palancia, entre la Marjal dels Moros y las sierras Calderona y d’Espadà, y cuenta con participación del Basque Centre for Climate Change (BC3), TBA21-Academy y el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.
Además de recuperar cobertura vegetal, el equipo trabaja con un modelo digital tridimensional del territorio que permite estudiar cómo diferentes decisiones sobre agricultura, uso del suelo y gestión del agua pueden afectar al conjunto de la cuenca.
La herramienta pretende involucrar también a agricultores, ayuntamientos, comunidades de regantes y organizaciones ambientales para visualizar cómo una intervención realizada en una parte del territorio puede repercutir kilómetros más abajo.
Not every solution needs to be engineered. Some were planted by nature long ago.
Trees are nature’s original #climate #tech!
They store carbon, cool the planet, anchor the soil, bring the rains & breathe out oxygen.
No wires. No updates.
Just 1 powerful solution: plant a tree pic.twitter.com/We7f3DxGl1— DJJS Sanrakshan (@djjssanrakshan) July 18, 2025
Las raíces pueden cambiar lo que ocurre cuando llega una tormenta
Una de las claves está bajo tierra. Los sistemas de raíces ayudan a mantener unido el suelo y crean espacios por los que el agua puede infiltrarse con mayor facilidad.
Cuando una lluvia intensa cae sobre un terreno desnudo o muy degradado, una parte importante del agua circula rápidamente por la superficie, arrastrando sedimentos y aumentando la escorrentía. Una zona cubierta por árboles y vegetación puede retener más agua, ralentizar su desplazamiento y reducir la erosión.
Según María José Sanz, directora científica del BC3 citada en el proyecto, la ausencia de suficiente cobertura vegetal fue uno de los factores que favorecieron una enorme pérdida de suelo durante las lluvias extremas de 2024.
Esto no significa que un bosque pueda detener una DANA, pero sí que un paisaje mejor conservado puede responder de manera diferente cuando recibe enormes cantidades de agua en pocas horas.
Los árboles también devuelven agua a la atmósfera
Existe además otro mecanismo: la evapotranspiración. Las raíces absorben agua del suelo y parte de ella termina liberándose a la atmósfera a través de las hojas.
A gran escala, este reciclaje de humedad puede influir en la formación de nubes y en el transporte atmosférico del agua. El fenómeno está bien documentado en grandes masas forestales y forma parte del estudio sobre cómo la vegetación interactúa con el ciclo hidrológico.
En una región mediterránea cada vez más expuesta al calor, la sequía y episodios de precipitaciones extremas, recuperar vegetación podría ayudar a crear paisajes con mayor capacidad para gestionar esos cambios.
La trufa es el incentivo económico para recuperar el bosque
En realidad, la trufa negra no es la responsable directa de esta capacidad de regulación. El verdadero protagonista es el árbol, sus raíces y la cobertura vegetal que genera. Lo interesante de la truficultura es que proporciona una razón económica para plantar encinas en terrenos donde quizá no existiría otro incentivo suficiente para reforestar.
Un bosque puede necesitar décadas para ofrecer determinados beneficios ambientales. Una encina capaz de producir trufas, en cambio, también puede generar ingresos para quien mantiene ese terreno.
Ahí está la idea que estudian los investigadores: conseguir que restaurar el paisaje resulte económicamente atractivo al mismo tiempo que mejora su resistencia frente a sequías, erosión y lluvias extremas.
Por ahora, el proyecto continúa en fase de investigación y modelización. Las encinas no evitarán por sí solas futuras DANAs, pero podrían formar parte de algo más amplio: diseñar territorios capaces de absorber mejor unos fenómenos meteorológicos que, en un Mediterráneo cada vez más cálido, pueden volverse más difíciles de gestionar.