Durante años, las llanuras desérticas del litoral peruano parecían destinadas a permanecer improductivas. Un clima árido, escasas lluvias y suelos que no invitaban al cultivo hacían difícil imaginar que allí pudiera surgir una potencia agrícola. Y, sin embargo, eso es exactamente lo que ha ocurrido: la región de Ica y otros enclaves costeros se han convertido en gigantescas áreas de cultivo que abastecen al mundo en épocas clave del año. La transformación ha sido rápida, ambiciosa y profundamente ligada a la innovación tecnológica y a la inversión privada.
El origen de un milagro agrícola

La historia comienza en los años 90, cuando Perú atravesaba una crisis económica marcada por hiperinflación y un sistema productivo muy debilitado. El gobierno aprobó reformas liberalizadoras para atraer inversión, reducir trabas burocráticas y abrir sectores con potencial exportador. La minería fue el primer beneficiado, pero pronto surgió una élite empresarial que vio en el desierto costeño una oportunidad inesperada.
La agricultura en Perú había chocado durante décadas con dos limitaciones estructurales: suelos amazónicos complejos y terrenos montañosos en la sierra andina difíciles de explotar a gran escala. El desierto, aunque inicialmente parecía inhóspito, ofrecía otra ventaja: condiciones climáticas perfectas para un “invernadero natural”, con ciclos estables, baja humedad y temperaturas favorables para cultivos de alta calidad.
La clave fue el agua. Grandes agricultores, más dispuestos a asumir riesgos que los productores tradicionales, financiaron innovaciones técnicas como el riego por goteo, sistemas de trasvase y proyectos para acceder a acuíferos subterráneos. Todo ello permitió aportar a los suelos del desierto el recurso que les faltaba para volverse fértiles.
En paralelo, nuevas variedades y desarrollos genéticos posibilitaron cultivar productos que nunca habían sido relevantes en el país, como el arándano, que apenas existía antes de 2008 y hoy sitúa a Perú como el primer exportador mundial. Según diversas estimaciones, la superficie cultivada en el desierto costero se amplió alrededor de un 30%, un salto sin precedentes en la agroindustria latinoamericana.
El boom que transformó la economía local

Entre 2010 y 2024, las exportaciones agrícolas peruanas crecieron a un ritmo medio del 11% anual, hasta alcanzar un récord cercano a los 9.200 millones de dólares. El país se convirtió en el mayor exportador global de uvas de mesa y arándanos, y un proveedor privilegiado para Estados Unidos, Europa y Asia en estaciones desfavorables para el hemisferio norte.
Esta expansión reconfiguró la economía de regiones como Ica y Piura, donde surgieron empleos formales, mejores infraestructuras y oportunidades laborales que antes eran escasas. Según diversos estudios académicos, la agroexportación actuó como un dinamizador económico capaz de elevar salarios, reducir informalidad y atraer inversión constante.
Sin embargo, no todos se han beneficiado por igual. Muchos pequeños agricultores han tenido que ajustar sus expectativas. Los salarios crecieron y competir por mano de obra se volvió más costoso. Además, el acceso al agua —imprescindible para sobrevivir en un entorno árido— se convirtió en un problema central que marcó diferencias entre la gran agroindustria y la producción tradicional.
Una disputa que nace bajo tierra: el agua

En Ica apenas llueve, y el agua depende en gran medida de acuíferos subterráneos o de trasvases desde la vecina Huancavelica. Mientras numerosas comunidades deben abastecerse mediante camiones cisterna y almacenar el recurso para uso doméstico, las grandes explotaciones cuentan con pozos, reservorios y sistemas de riego modernos que les garantizan suministro sin interrupciones.
Las críticas se han intensificado con los años: el acuífero parece agotarse y los pequeños productores denuncian que cavar nuevos pozos está restringido, mientras que las empresas agroexportadoras mantienen un acceso privilegiado. Algunas inspecciones oficiales encuentran obstáculos legales para ingresar a fundos privados, lo que dificulta supervisar el uso real del agua y su extracción.
Las evidencias apuntan a un descenso pronunciado del nivel freático. Donde antes bastaban pozos poco profundos, ahora se requieren excavaciones de hasta 100 metros. El coste crece, y la brecha entre pequeños agricultores y grandes compañías se hace más evidente. Los primeros pagan más caro, acceden a menos agua y tienen menos capacidad de tecnificación, mientras que los segundos optimizan cada gota mediante sistemas de riego sofisticados.
El dilema ambiental y social
En pleno auge agrícola, han surgido preguntas difíciles: ¿es sostenible exportar cultivos que requieren volúmenes significativos de agua en un territorio donde muchas familias no tienen acceso regular? ¿Debe priorizarse la producción para mercados internacionales sobre el suministro a poblaciones locales? Algunas voces reparan incluso en un símbolo nacional: las uvas empleadas para elaborar el célebre pisco también requieren grandes cantidades de agua, lo que deriva en críticas sobre una agroexportación que, indirectamente, envía agua al exterior.
La industria, señalan expertos, no puede seguir creciendo indefinidamente si no se gestiona de manera conjunta el recurso hídrico para la población, los ecosistemas y los cultivos comerciales. Sin una planificación sostenible, el modelo amenaza con llegar a un punto de inflexión: el desierto podría dejar de ser rentable si el acuífero se agota y el coste del agua alcanza niveles prohibitivos.
En Ica y en todo el Perú agroexportador, el gran desafío no es solo mantener la productividad, sino conciliar un negocio millonario con el bienestar de la población y la disponibilidad futura del recurso. El éxito agrícola ha sido extraordinario; su sostenibilidad, en cambio, aún debe resolverse.
[Fuente: BBC]