La extracción de minerales estratégicos para la transición energética está dejando un rastro que no aparece ni en las gráficas de producción ni en los discursos institucionales: la pérdida de agua en territorios que ya viven al límite. Mientras Europa impulsa acuerdos para asegurar litio, cobre o tierras raras, muchas comunidades de Sudamérica advierten que el coste real se paga en sus salares, ríos y humedales. Y lo hacen en pleno corazón de Bruselas, durante la Semana de Materias Primas Críticas.
Un continente que pide ser escuchado mientras el mundo exige más litio y cobre

La escena es reveladora: en Bruselas, durante la Raw Materials Week, se debaten tecnologías de última generación, cadenas de suministro y estrategias de autonomía energética. Pero desde el público, voces como la de Yber Sarapura, representante de las comunidades de Salinas Grandes en Jujuy, irrumpen con un mensaje incómodo:
«¿De qué transición justa están hablando si el sacrificio es nuestro?»
En su territorio, la puna, el agua es un bien extremadamente escaso. Y para extraer litio —mineral crucial para baterías, dispositivos electrónicos y movilidad eléctrica— se necesitan cantidades descomunales. Allí, los efectos ya se sienten: ríos que desaparecen, humedales que retroceden y acuíferos que se agotan.
La UE, que necesita un 60% más de litio y un 30% más de cobre para 2050, ha cerrado acuerdos con países como Brasil, Chile, Argentina y Perú para asegurar el suministro. La lógica es clara: sin estos minerales no hay baterías, no hay paneles solares, no hay turbinas eólicas. Pero al otro lado de este engranaje, comunidades enteras observan cómo su agua —literalmente— se convierte en un recurso de exportación.
Las cifras hablan solas:
- 54% del litio del mundo está en Sudamérica.
- Las mayores reservas de cobre están en Chile y Perú.
- 23% de las tierras raras se encuentran en Brasil.
Y mientras tanto, ejemplos como el río Trapiche, en Catamarca, o los ríos teñidos por residuos mineros en Cajamarca, revelan un patrón que preocupa.
El agua como punto ciego: la otra cara de la extracción “verde”

Aunque en Bruselas se discutieron estándares, sostenibilidad y reciclaje, el tema más sensible permaneció en segundo plano: el agua y su destrucción progresiva.
Especialistas como Laura Castillo, de la organización argentina FARN, recuerdan algo obvio pero sistemáticamente ignorado: los salares andinos son ecosistemas frágiles, ubicados en zonas áridas donde llueve muy poco. Cualquier explotación masiva altera un equilibrio que ya estaba en tensión por el cambio climático.
Mientras Europa apuesta por minerales estratégicos para su independencia energética, líderes comunitarios denuncian que sus territorios están convirtiéndose en zonas de sacrificio. En Chile, por ejemplo, el Gobierno ha protegido un 30% de sus salares, evitando que sean concesionados, pero estos esfuerzos siguen siendo minoritarios frente a la magnitud de la demanda global.
En paralelo, plataformas como la EU Raw Materials Coalition piden crear “zonas vedadas” donde la extracción esté prohibida, garantizar consultas reales y asegurar participación en los beneficios cuando haya consentimiento social. Pero sobre el terreno, la realidad es mucho más cruda.
Desconfianza, antecedentes y negociaciones rotas en territorios que ya han perdido demasiado
Hay un patrón que se repite en numerosos países, como estudios de impacto ambiental que se realizan proyecto por proyecto sin considerar la escasez acumulada, estándares que se flexibilizan, poblaciones que beben agua contaminada a pesar de los compromisos oficiales, y empresas que usan cualquier fotografía con comunidades como “prueba” de consulta previa.
“El miedo a perder el agua es el motor principal del conflicto con la minería”, explica Johanna Sydow, de la Fundación Heinrich Böll. Y es fácil entenderlo: cuando un salar o un río desaparece, no vuelve.
En lugares como Salinas Grandes, los intentos de diálogo están completamente erosionados. Yber Sarapura lo resume así: «No queremos dinero ni relocalización. Nuestro territorio existe desde antes del Estado. Y nuestra respuesta es no.»
Mientras tanto, en los paneles de Bruselas, se habla de movilidad eléctrica, baterías circulares y tecnologías aeroespaciales. Pero lo que las comunidades denuncian es mucho más simple: sin agua, no hay vida, ni espiritual ni material.
[Fuente: DW]