F√°brica textil (1925). Getty

Decía Rachel Maines en su libro The Technology of Orgasm que la Revolución Industrial le dio a las mujeres el poder de la privacidad en sus propios hogares. Maines hablaba del vibrador pero mucho antes la historia le tenía preparada una broma macabra a las mujeres: las máquinas de coser como elemento orgásmico.

¬ŅC√≥mo puede convertirse una m√°quina de coser en un objeto para dar placer sexual? La respuesta tiene mucho que ver con la posici√≥n de la mujer en la sociedad hace no tanto. Eso y la figura dominante del hombre sobre los procesos sexuales femeninos y su propio cuerpo, un c√≥ctel que logr√≥ crear un debate en torno a estas m√°quinas como elemento de placer‚Ķ en el lugar de trabajo.

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Primero fue la m√°quina de coser

La m√°quina de Lias Howe. Wikimedia Commons

Puede que jam√°s te lo hayas planteado pero antes de la irrupci√≥n de las m√°quinas de coser toda la ropa se hac√≠a a mano. Y no hablamos de la Edad Media, hablamos del siglo XIX. P√°rate a pensarlo un segundo: las camisas, los pantalones, la ropa interior, los abrigos, gorros‚Ķ todo a mano y en gigantescas cantidades para intentar abarcar al mayor n√ļmero de personas.

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Obviamente eso significaba que muchas personas estuvieran trabajando en muy malas condiciones por muy poco dinero. De hecho tanto antes como hoy se produce una curiosa circunstancia; la moda, ese concepto que se supone reflejo de una sociedad y su cultura, del avance de los tiempos, tiene muy poco que ver con la mayor√≠a de los que la hacen posible, a menudo alejados de todo lo que supone la ‚Äúmoda‚ÄĚ.

Por tanto y centr√°ndonos en el siglo XIX, las condiciones de los trabajadores del textil en Europa y Estados Unidos eran bastantes sombr√≠as: hombres, mujeres y ni√Īos de las clases bajas corriendo diariamente el riesgo a sufrir lesiones en extenuantes jornadas de trabajo por un salario irrisorio.

F√°brica textil en el siglo XIX. Getty

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No todo fue malo. Por ejemplo el auge textil supuso una auténtica liberación para la mujer, quienes pasaron a abandonar el hogar y unirse a la mano de obra. Aunque si algo cambió realmente esta etapa de la mujer trabajadora en el sector, eso fue sin duda la aparición de la máquina de coser.

La razón es muy sencilla: aquella máquina le iba a facilitar el trabajo, a ser más eficientes mientras demostraban a los ojos del hombre del siglo XIX que eran capaces de manejar maquinaria compleja. Porque aunque suene bochornoso, en aquellos tiempos debían demostrarlo.

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Y todo gracias a un tipo llamado Elias Howe. Elias fue un inventor de Massachussets que había trabajado de aprendiz en una fábrica textil en 1835. Tras el cierre de la fábrica se muda a Cambridge para trabajar como mecánico, espacio donde se especializa en la fabricación de instrumentos de precisión como los cronómetros. En septiembre de 1846 Howe consigue la primera patente de una máquina de coser, y aunque existe controversia en cuanto a quién la inventó, la historia le tiene como el pionero en la creación de la máquina.

Lo cierto es que Howe había pensado que debía existir otra forma de hacer ropa. Y vaya si la había. Su invento pasó a producirse en masa y revolucionó rápidamente la producción de ropa (y la vida de las mujeres).

La mujer y los usos de una m√°quina de coser

Mujeres cosiendo en una f√°brica textil en 1941. Wikimedia Commons

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La d√©cada siguiente a la invenci√≥n de Howe fue un tiempo de grandes mejoras en la m√°quina. Al inventor le siguieron otros como Isaac Singer, cuyo apellido se convirti√≥ en la compa√Ī√≠a m√°s reconocida del mercado. Con ellos lleg√≥ el auge de una nueva industria de m√°quinas de coser que comenz√≥ a venderse por millones junto a la aparici√≥n de decenas de nuevos fabricantes.

El primer beneficiado fue el sector textil y las fábricas de costura, las mismas que hasta hace poco debían de trabajar a mano. La mujer se liberaba de la esclavitud de la aguja. La máquina de coser personificaba una nueva era que hacía más fácil la vida de la mujer.

Tanto, que para algunos esa felicidad resultó ser excesiva.

Ocurre que la tecnolog√≠a hab√≠a facilitado el trabajo, pero tambi√©n hab√≠a tra√≠do nuevos problemas a sus vidas. Muchas se quejaban de dolencias como la fatiga, dolores de espalda por la nueva posici√≥n en los puestos de trabajo e incluso hemorragias. ¬ŅQu√© ocurri√≥? Que algunos m√©dicos, todos hombres de las compa√Ī√≠as, se pusieron de acuerdo en el diagn√≥stico de tales dolencias.

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No eran las largas jornadas de trabajo, tampoco el ritmo de producción o las condiciones de las fábricas. La razón de que las mujeres estuvieran fatigadas era la masturbación femenina. Tal cual.

F√°brica textil (1900). Getty

Aunque suene a broma, lo cierto es que los m√©dicos diagnosticaron una ‚Äúestimulaci√≥n excesiva‚ÄĚ, s√≠ntoma en √ļltima instancia de los problemas de salud que sufr√≠an. Para que nos entendamos, el debate que hab√≠an abierto los doctores giraba en torno al posible mal uso de las m√°quinas, ya que del bombeo r√≠tmico de los muslos resultaba una excitaci√≥n sexual. En definitiva: a la vista de aquellos tipos las mujeres estaban estimul√°ndose con las m√°quinas.

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Hasta mediados del siglo XIX la histeria femenina era una enfermedad diagnosticada en la medicina occidental. En la misma metían en el mismo saco al insomnio, los desfallecimientos, dolores de cabeza, pesadez abdominal o los espasmos musculares.

A las mujeres que diagnosticaban con la enfermedad les dec√≠an que deb√≠an recibir un tratamiento conocido como ‚Äúmasaje p√©lvico‚ÄĚ (estimulaci√≥n manual de los genitales de la mujer) hasta llegar al orgasmo. Dicho de otra forma, hubo un tiempo donde se consideraba el deseo sexual de las mujeres como una enfermedad. Dicen que gracias a esta enfermedad Freud comenz√≥ a descubrir el inconsciente (y que fue el principio del psicoan√°lisis). Incluso por el camino naci√≥ el primer vibrador mec√°nico (1870) con la intenci√≥n de proporcionar dichos masajes.

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Por tanto y en el contexto de la historia, mientras que hab√≠a m√©dicos que prescrib√≠an dosis de vibraci√≥n para aliviar los s√≠ntomas, los ejecutivos de la industria textil y los m√©dicos que formaban parte de cada compa√Ī√≠a trataban de poner freno a este supuesto estimulante en el que se hab√≠an convertido las m√°quinas de coser.

F√°brica textil. Getty

Seg√ļn el doctor Langdon Down (el mismo que describi√≥ el s√≠ndrome que lleva su apellido), qui√©n hab√≠a sido contratado por una de las compa√Ī√≠as, la culpa se encontraba en el pedal. Al accionarlo provocaba un flujo excesivo de sangre en las regiones inferiores que acababa provocando la estimulaci√≥n. Down aseguraba que pod√≠an llegar hasta el orgasmo.

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Quiz√°s m√°s triste que la propia aseveraci√≥n del doctor era que detr√°s de todo estaba la moral de la √©poca. Los m√©dicos ve√≠an que aquella m√°quina ten√≠a la capacidad de amenazar la salud f√≠sica de las mujeres y su salud moral, llegando a fomentar ciertos ‚Äúh√°bitos‚ÄĚ.

Finalmente no hubo consenso y las culpas se repartieron entre las máquinas (intrínsecamente peligrosas) y las mujeres, quienes en aquella época no sólo tuvieron que sentirse avergonzadas porque su trabajo les pudiera dar supuesto placer, sino que tuvieron que lidiar con el control que ejerció el hombre sobre su propio cuerpo durante varias décadas.