En un rincón del océano Atlántico, a mil kilómetros de Galicia y a más de 4.000 metros de profundidad, yace uno de los hallazgos más alarmantes del año: al menos mil bidones con residuos radiactivos abandonados. Descubiertos por un proyecto internacional de exploración, estos restos del pasado vuelven a generar debate sobre la gestión nuclear en Europa.
Bidones radiactivos en el abismo
Los recipientes fueron detectados gracias a un sónar de alta precisión, aunque aún no se han capturado imágenes directas ni se han tomado muestras. Todo indica que podrían haber sido arrojados entre 1950 y 1990, cuando se consideraba que el fondo marino era una opción segura para eliminar residuos peligrosos. Países como Reino Unido, Suiza, Bélgica y Países Bajos participaron en estas prácticas, hoy altamente cuestionadas.
El hallazgo se enmarca en un ambicioso proyecto europeo que busca mapear los vertidos radiactivos en llanuras abisales. Frente a Galicia, podrían existir muchos más de los mil ya detectados. El siguiente paso será analizar la zona con cámaras y recoger muestras biológicas y sedimentarias para determinar si los ecosistemas marinos están siendo afectados por la radiactividad.
Cómo se gestionan los residuos hoy
En la actualidad, la eliminación de residuos nucleares sigue procesos mucho más controlados. Primero se procesan y reducen, mediante técnicas como la incineración o la evaporación, y posteriormente se encapsulan o solidifican en materiales como cemento o vidrio. Estos residuos se almacenan en instalaciones específicas como El Cabril, en Córdoba, preparado para recibir residuos de baja y media actividad.

Este almacén, gestionado por Enresa, cuenta con múltiples barreras de seguridad —desde contenedores hasta celdas de hormigón y capas de aislamiento— que garantizan su contención durante los miles de años necesarios para que pierdan su peligrosidad. Los residuos de alta actividad, en cambio, se almacenan temporalmente en piscinas de las propias centrales nucleares.
¿Qué sabemos del hallazgo gallego?
El descubrimiento ha sido posible gracias al robot submarino Uly X, embarcado en el buque oceanográfico L’Atalante, dentro del proyecto Nodssum. Liderado por el geólogo Javier Escartín y el físico Patrick Chardon, su misión es inspeccionar los fondos marinos europeos en busca de restos nucleares olvidados.
Aunque se eligieron zonas geológicamente estables y poco activas para estos vertidos, aún no se sabe si los residuos han afectado o no al ecosistema. Solo el tiempo, y más investigación, revelarán si este legado oculto traerá consecuencias o si el océano logró resistir su amenaza silenciosa.
Fuente: Hipertextual.