En la madrugada del 14 de septiembre de 2019, cinco hombres protagonizaron uno de los robos más insólitos que se recuerdan en Reino Unido: sustrajeron un inodoro de oro macizo de 18 quilates, valorado en más de 6 millones de dólares, del Palacio de Blenheim, antigua residencia de los duques de Marlborough y lugar de nacimiento de Winston Churchill.
La pieza, titulada «América», formaba parte de una exposición del artista conceptual Maurizio Cattelan, y estaba en pleno funcionamiento cuando fue robada. Solo llevaba dos días en exhibición.
El robo en cinco minutos

Eleanor Paice, trabajadora del palacio y testigo del incidente, se despertó aquella noche al oír cristales rotos y las alarmas. Al salir al patio, vio sombras moviéndose rápidamente hacia un coche, un Volkswagen Golf robado, que se alejó a toda velocidad.
El robo duró exactamente cinco minutos. No hubo violencia directa contra el personal, pero el impacto psicológico fue profundo. “Fue un momento muy amenazante”, recuerda Paice.
Cuando el director del palacio, Dominic Hare, llegó y comprobó la escena, describió el estado de los baños como “brutalizado, destrozado”, y reconoció: “Esto es un palacio. Los palacios no se destrozan”.
La historia dio la vuelta al mundo y, como era de esperar, los titulares satíricos no tardaron en llegar. Aunque las bromas se multiplicaron, el hecho expuso serias debilidades en la seguridad de un lugar que forma parte del patrimonio británico.
La obra no solo era valiosa por estar hecha de oro; tenía un fuerte simbolismo político y social. Había sido exhibida previamente en el Museo Guggenheim de Nueva York y había generado controversia desde su creación.
La reacción del palacio fue poco convencional: dejaron la escena del crimen expuesta al público, rodeada por cinta policial, convirtiéndola en parte de la propia exposición. El efecto fue inmediato: la asistencia al palacio se disparó.
Fallos que costaron millones

La seguridad del Palacio de Blenheim había pasado por alto un detalle crucial: el valor económico del inodoro. Según Christopher Marinello, abogado especialista en recuperación de obras de arte, el objeto era una “bandera roja para ladrones” y jamás debió quedar sin vigilancia.
Un mes antes del robo, Edward Spencer-Churchill, fundador de la fundación de arte del palacio, llegó a declarar en tono irónico: “No va a ser fácil de robar. Está conectado al agua… y nadie querrá tocarlo sin saber quién lo usó por última vez”.
Pero lo cierto es que el inodoro fue dejado sin vigilancia nocturna, sin cámaras en su entorno, y sin patrullas activas durante la noche del robo.
Más de cinco años después, tres hombres fueron condenados por su participación en el robo. James Sheen, de Oxford, se declaró culpable; Michael Jones fue hallado culpable por un jurado, y Fred Doe, de Windsor, fue condenado por conspiración para transferir propiedad robada. Un cuarto sospechoso fue absuelto.
Sin embargo, el inodoro jamás fue recuperado. Se sospecha que fue rápidamente fundido o vendido por partes, lo que complica cualquier posibilidad de devolverlo a su estado original.
Blenheim y su renacimiento en seguridad
Tras el golpe, el palacio emprendió una reforma completa en sus sistemas de seguridad, incluyendo cámaras, vigilancia continua y mayores controles de acceso. Hare asumió públicamente toda la responsabilidad y afirmó: “Ya no somos vulnerables”.
Aunque el robo parezca una anécdota menor frente a la larga historia del Palacio de Blenheim, ha quedado grabado en la memoria de quienes lo vivieron. Paice, aún conmovida, declaró: “Era mi hogar, y por un tiempo, dejó de sentirse seguro”.
[Fuente: BBC en Español]