Cada verano se repite la misma escena: mientras algunas personas disfrutan de una tarde al aire libre sin molestias, otras terminan cubiertas de picaduras. Durante años se atribuyó esta diferencia a la suerte o a viejos mitos, pero la ciencia ha descubierto que detrás de este fenómeno existen mecanismos biológicos mucho más complejos. La explicación revela cómo los mosquitos identifican a sus objetivos y por qué algunas personas parecen convertirse en un verdadero imán para estos insectos.
Los mosquitos siguen un sofisticado sistema de búsqueda
Aunque muchas personas creen que los mosquitos atacan al azar, la realidad es muy diferente. Estos insectos cuentan con un sistema de detección sorprendentemente preciso que les permite localizar a sus posibles víctimas incluso antes de verlas.
Uno de los principales indicadores que utilizan es el dióxido de carbono que liberamos al respirar. Esta señal puede ser percibida desde una distancia cercana a los diez metros y actúa como una especie de guía inicial que los orienta hacia las personas.
Cuando logran acercarse, comienzan a intervenir otros factores igualmente importantes. La temperatura corporal, la humedad de la piel y, especialmente, el olor característico que desprende cada individuo termina definiendo cuál será el objetivo elegido.
Ese olor no depende únicamente de la persona, sino también de las millones de bacterias que habitan de forma natural sobre la superficie de la piel. Estos microorganismos transforman diversas sustancias y producen compuestos químicos que los mosquitos son capaces de detectar con enorme facilidad.
La diferencia puede ser tan marcada que, según especialistas en entomología médica, en un grupo de cuatro personas una sola puede concentrar cerca del 90 % de todas las picaduras, mientras que las demás apenas reciben algunas.

La química del cuerpo y la genética marcan la diferencia
Las investigaciones científicas han permitido identificar más de 500 compuestos químicos volátiles relacionados con el olor corporal. Entre ellos sobresalen los llamados ácidos carboxílicos, presentes en mayores concentraciones en algunas personas y especialmente atractivos para determinadas especies de mosquitos.
Pero la explicación no termina allí. La genética también desempeña un papel fundamental. Un estudio realizado por investigadores de la Universidad Rockefeller analizó el olor corporal de decenas de participantes y comprobó diferencias de hasta cien veces en la capacidad para atraer mosquitos.
Lo más llamativo fue que esas diferencias permanecieron prácticamente estables con el paso de los años, lo que sugiere que esta característica está fuertemente condicionada por el ADN y no únicamente por factores ambientales.
El microbioma cutáneo también tiene un papel decisivo. Aunque el sudor por sí mismo apenas posee olor, las bacterias que viven sobre la piel transforman sus componentes en sustancias químicas que resultan irresistibles para muchos mosquitos.
Existen además situaciones temporales que incrementan el atractivo de algunas personas. Durante el embarazo, por ejemplo, las mujeres generan una mayor cantidad de calor corporal y exhalan más dióxido de carbono, lo que puede duplicar las probabilidades de recibir picaduras.
Algo similar ocurre después de realizar actividad física intensa o en personas con mayor tamaño corporal, ya que ambos factores aumentan la producción de calor y la emisión de dióxido de carbono, facilitando que los insectos las detecten.
Qué funciona realmente para reducir las picaduras
A pesar de la enorme cantidad de remedios caseros que circulan cada verano, los especialistas aseguran que muchos de ellos carecen de respaldo científico.
Entre los mitos más extendidos se encuentra la creencia de que consumir ajo o tomar suplementos de vitamina B mantiene alejados a los mosquitos. Sin embargo, hasta el momento no existen pruebas concluyentes que demuestren su eficacia.
Del mismo modo, la popular teoría de la «sangre dulce» tampoco tiene fundamento científico. Los mosquitos no eligen a sus víctimas por el sabor de su sangre, sino por las señales químicas y físicas que perciben antes incluso de llegar a picar.
Las recomendaciones con mayor evidencia incluyen utilizar repelentes que contengan ingredientes como DEET, picaridina o PMD, vestir prendas que cubran la mayor parte del cuerpo y extremar las precauciones durante el amanecer y el atardecer, momentos en los que muchas especies presentan una mayor actividad.
También resulta importante reaplicar el repelente después de sudar intensamente o tras permanecer varias horas al aire libre, ya que su eficacia disminuye con el tiempo.
Por último, los expertos recuerdan que no todas las personas reaccionan igual después de una picadura. Algunas desarrollan inflamaciones importantes y ronchas muy visibles, mientras que otras apenas muestran una pequeña marca. Esta diferencia en la respuesta del sistema inmunitario puede reforzar la sensación de que ciertos individuos son atacados con mayor frecuencia, cuando en realidad parte de esa percepción se debe a cómo responde cada organismo tras la picadura.
[Fuente: La Razón]