El mar Muerto siempre pareció un lugar imposible. Es el punto más bajo de la superficie terrestre, situado a unos 427 metros bajo el nivel del mar. Sus aguas contienen tanta sal que una persona puede flotar sin esfuerzo. Durante siglos fue visto como un paisaje casi extraterrestre: inmóvil, brillante y aparentemente eterno. Pero ahora ese escenario está cambiando a una velocidad inquietante.
Cada año, el nivel del agua desciende alrededor de 1,2 metros. Las costas retroceden. Aparecen miles de socavones gigantescos. Antiguos balnearios quedan abandonados. Y donde antes había agua, hoy emergen desiertos de sal y terrenos hundidos.
Los científicos llevan años advirtiéndolo: el mar Muerto se está secando. Y aunque existen ideas para intentar salvarlo, la región sigue atrapada entre tensiones políticas, intereses económicos y proyectos que nunca terminan de avanzar.
El problema no empezó con el cambio climático: comenzó mucho antes
A simple vista podría parecer una consecuencia directa del calentamiento global. Pero la crisis del mar Muerto tiene un origen mucho más complejo. La mayor parte del agua que alimenta este gigantesco lago salado proviene del río Jordán y de su principal afluente, el Yarmuk. Durante décadas, Israel, Siria y Jordania construyeron represas y desviaron enormes cantidades de agua para abastecer ciudades, agricultura y ganadería.
El impacto fue brutal. Hace décadas, el Jordán aportaba alrededor de 1.300 millones de metros cúbicos de agua al mar Muerto cada año. Hoy esa cifra se redujo aproximadamente a 100 millones. Es decir: el flujo natural prácticamente desapareció. Y eso alteró completamente el equilibrio del sistema.
La industria minera también aceleró el colapso del mar Muerto

Existe otro factor todavía menos visible para muchos turistas: la extracción industrial de minerales. Desde finales de la década de 1970, el mar Muerto quedó dividido en dos cuencas separadas por tierra firme. La parte norte conserva el lago natural más profundo. La parte sur, en cambio, funciona básicamente como un enorme complejo industrial de evaporación.
Empresas israelíes y jordanas bombean agua desde la cuenca norte hacia gigantescas balsas artificiales donde el calor evapora el líquido y deja concentraciones extremadamente altas de minerales como potasa o magnesio. Esos materiales se utilizan en fertilizantes y numerosos productos industriales.
El problema es que el proceso consume cantidades gigantescas de agua. Y mientras tanto, el mar sigue retrocediendo.
El paisaje alrededor del mar Muerto ya parece una advertencia del futuro
Quienes recorren hoy la zona observan cambios difíciles de ignorar. Playas que antes estaban junto al agua ahora quedan a cientos de metros de distancia. Escaleras rotas conducen hacia costas desaparecidas. Restaurantes, gasolineras y vestuarios quedaron abandonados después de que el terreno comenzara a hundirse.
En Ein Gedi, uno de los antiguos balnearios más populares de la región, enormes carteles advierten sobre el peligro de los socavones. Y no es una exageración. Ya existen más de 6.000 sumideros alrededor del mar Muerto.
El suelo literalmente se está derrumbando
El mecanismo detrás de los socavones es tan fascinante como peligroso. Cuando el nivel del agua baja rápidamente, el agua dulce comienza a infiltrarse bajo tierra y entra en contacto con antiguas capas subterráneas de sal. Poco a poco, esa sal se disuelve y crea enormes cavidades invisibles.
El problema aparece cuando el techo de esas cavidades colapsa de repente. Entonces el suelo se hunde sin previo aviso. Así desaparecieron carreteras, playas e instalaciones turísticas enteras. Y cuanto más retrocede el mar, más frecuente se vuelve el fenómeno.
Al mismo tiempo, el mar está creando extrañas esculturas naturales de sal
La transformación no solo genera destrucción. También produce paisajes visualmente impresionantes. A medida que aumenta la salinidad extrema, el agua ya no puede mantener ciertos minerales completamente disueltos. Entonces comienzan a formarse cristales sólidos que caen hacia el fondo como si fueran nieve submarina.
Con el tiempo aparecen estructuras naturales complejísimas: columnas, chimeneas, cúpulas y formaciones que parecen esculturas alienígenas. Es uno de los contrastes más extraños del mar Muerto actual. Cuanto más se deteriora, más espectacular parece visualmente.
El gran problema es que nadie consigue acordar una solución real

Desde hace años existen distintos proyectos para intentar frenar el colapso del mar Muerto. Uno de los más ambiciosos proponía transportar agua desde el mar Rojo mediante un enorme sistema de tuberías y plantas desalinizadoras. El acuerdo fue firmado inicialmente por Israel, Jordania y la Autoridad Palestina en 2013. Pero el proyecto prácticamente quedó paralizado.
El costo es gigantesco. La cooperación política regional es frágil. Y además existen dudas ambientales sobre qué ocurriría si se mezclan aguas con composiciones químicas distintas. Algunos científicos temen proliferaciones de algas o alteraciones irreversibles del ecosistema. Otros creen que la verdadera solución pasa por restaurar parcialmente el caudal del río Jordán y limitar la extracción industrial de agua. Pero ahí aparece otro conflicto inevitable: la región necesita desesperadamente recursos hídricos para millones de personas. Y nadie parece dispuesto a renunciar fácilmente a ellos.
Los expertos creen que el mar Muerto probablemente ya no pueda recuperarse por completo
Quizá esa sea la parte más dura del debate actual. Muchos científicos y ambientalistas ya no hablan realmente de “salvar” el mar Muerto en el sentido clásico. Creen que devolverlo al estado que tenía hace décadas probablemente sea imposible.
El objetivo ahora sería algo mucho más modesto: estabilizar el deterioro antes de que el colapso sea irreversible. Pero incluso eso requiere acuerdos políticos, inversiones y decisiones que llevan años retrasándose.
Mientras tanto, el mar sigue retrocediendo. Y quienes viven o trabajan cerca de sus costas observan cómo el paisaje cambia casi semana a semana.
Para personas como Jake Ben Zaken, que lleva años recorriendo estas aguas, la sensación es inquietante. No describe una transformación lenta y distante. Habla de algo mucho más inmediato. “Es un desastre que avanza a un ritmo vertiginoso”.