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El meteorito que mató a los dinosaurios probablemente también dispersó sus huesos por la Luna

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Imagen: Don Davis/SWRI

La idea de dinosaurios en la luna parece sacada de una mala película de ciencia-ficción, pero tarde o temprano es probable que encontremos algún resto de aquellos majestuosos animales en el lugar más improbable de esta esquina del Sistema Solar. La razón no es que vivieran dinosaurios allí, sino el mismo meteorito que los aniquiló.

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La idea no es en absoluto nueva, los astrónomos y los paleontólogos lo sospechan desde hace tiempo, pero a veces parece que hace falta un recordatorio para que un concepto nos entre en la cabeza. Ese recordatorio ha llegado en forma de viral. Esta semana está circulando por Internet una captura con un el pasaje de un libro. Se trata de un libro escrito por Peter Brannen en 2017 y titulado The Ends of the World: Volcanic Apocalypses, Lethal Oceans, and Our Quest to Understand Earth’s Past Mass Extinctions”.

Brannen es un reputado periodista científico que ha trabajado para the Guardian, Wired, New York Times, y Washington Post entre otros. Su descripción del meteorito de Chixulub que cayó en Yucatán y al que se atribuye la aniquilación de los dinosaurios es una de las más hermosas que he leído. Dice así:

El meteorito en sí fue tan masivo que ni siquiera se inmutó al llegar a la atmósfera”, dijo Rebolledo. “Viajaba a una velocidad de entre 20 y 40 kilómetros por segundo y tenía unos 10 kilómetros de ancho (probablemente 14). Empujó la atmósfera con tanta fuerza que el océano en ese punto simplemente se retiró.

Las cifras son precisas, pero no dan una idea de la escala de la calamidad que cayó del cielo aquel día. Lo que significan es que una roca del tamaño del Monte Everest chocó contra el planeta Tierra a una velocidad 20 veces superior a la de una bala. Es una velocidad tan alta que recorrió la distancia que hay entre la altitud de crucero de un 747 y el suelo en apenas 0,3 segundos. El asteroide en sí era tan enorme que, en el preciso instante del impacto contra el suelo, la cara opuesta de la roca aún estaba a más altura que el 747.

En ese descenso prácticamente instantáneo, el meteorito comprimió el aire de manera tan violenta que durante unos instantes el aire alcanzó una temperatura varias veces más caliente que la del Sol.

“La presión de la atmósfera bajo el asteroide comenzó a excavar el cráter antes incluso de que el asteroide llegara a tocar suelo”, continua Rebolledo. “Cuando la roca tocó suelo aún estaba completamente intacta. Era tan masiva que la atmósfera no le hizo ni un arañazo.”

(Chixulub) No se pareció en nada a los típicos efectos especiales de Hollywood en los que vemos los meteoritos como una especie de enorme brasa extraterrestre que desciende a cámara lenta sobre la Tierra. Aquel era un agradable día en Yucatán en un segundo, y el fin del mundo al siguiente. Cuando el asteroide colisionó con la Tierra abrió un agujero en la atmósfera. Donde antes había aire quedó un vacío. Cuando la atmósfera cerró ese agujero, enormes volúmenes de la corteza terrestre fueron puestos en órbita. Todo en apenas uno o dos segundos tras el impacto.

“¿Así que es probable que haya pequeños pedazos de dinosaurio esparcidos por la Luna?” pregunté.

“Sí, probablemente”.

Si el impacto de un meteorito es lo suficientemente violento (y el de Chixulub lo fue), los escombros y restos de suelo resultantes de la explosión alcanzan velocidad de escape y salen despedidos al espacio. Es razonable pensar que parte de esos restos vuelvan a caer a Tierra, pero muchos otros tienen la velocidad suficiente como para alcanzar la Luna e incluso más allá. No será, en definitiva, nada raro que un día encontremos el fósil de un trilobite o un hueso de tiranosaurio explorando el Mar de la Tranquilidad. [IFL Science]