Entre la niebla y el barro de las noches húmedas, pequeñas luces azuladas parecen flotar sobre el suelo. Se las conoce como fuegos fatuos, y durante siglos fueron interpretadas como almas perdidas o presagios sobrenaturales.
Pero un nuevo estudio de la Universidad de Stanford acaba de demostrar que esas misteriosas llamas pueden tener una explicación mucho más terrenal —y fascinante—: descargas eléctricas invisibles que surgen cuando burbujas de gas chocan entre sí en pantanos y suelos en descomposición.
Del mito al laboratorio: los relámpagos diminutos que arden en los pantanos
La ciencia llevaba décadas intentando resolver el enigma. Se sabía que los suelos anegados liberan metano, un gas inflamable producto de la descomposición orgánica. Sin embargo, faltaba una pieza crucial: el origen de la chispa que hacía encender el gas en lugares sin fuego ni calor aparente.
El químico Richard Zare, de Stanford, decidió buscar esa respuesta en lo más pequeño. Su equipo diseñó un experimento minucioso: una boquilla que liberaba microburbujas de aire y metano dentro de un tanque, registradas con cámaras ultrarrápidas capaces de captar milésimas de segundo.
Lo que observaron sorprendió a todos. Cada vez que dos burbujas se aproximaban y colisionaban, se producía un destello minúsculo de luz, incluso sin metano. La conclusión fue inmediata: no se trataba de combustión, sino de un fenómeno eléctrico.
Zare y sus colegas bautizaron este evento con un nombre poético y exacto: microrrelámpagos.
¿Han oído de los fuegos fatuos? Son unas pequeñas luces o llamas flotantes que se aprecian en color rojo, amarillo o azul pálido como la flama de las estufas. son las “relaciones”, “luces del dinero” o “luces del tesoro”. Casi siempre aparecen en cementerios o zonas pantanosas pic.twitter.com/QRY4OK6Z3x
— Signo y memoria viva del noreste mexicano (@cronistanoreste) October 27, 2019
Microrrelámpagos: un nuevo tipo de chispa natural
En el experimento, las burbujas se cargaban eléctricamente al moverse y deformarse dentro del agua. Cuando dos de ellas con cargas opuestas se tocaban, liberaban su energía en forma de una descarga microscópica.
Esa diminuta chispa liberaba suficiente energía para encender brevemente el metano presente en el aire o el agua, generando una llama azulada y efímera, idéntica a la que los campesinos describían desde hace siglos.
Los resultados, publicados en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), encajan sorprendentemente bien con los testimonios históricos de los fuegos fatuos: luces flotantes, azuladas, que duran apenas segundos y aparecen en lugares húmedos y pantanosos.
Así, el mito de las almas errantes podría tener su raíz en un fenómeno físico tan real como invisible: millones de chispas naturales estallando en el aire sin que nadie lo note.
Pantanos cargados de electricidad invisible
Los investigadores descubrieron que estos microrrelámpagos no solo emiten luz, sino también calor suficiente para oxidar el metano en su entorno. En un pantano lleno de burbujas y humedad, la cantidad de microdescargas podría ser enorme, iluminando fugazmente el aire con tonos azulados.
El fenómeno, hasta ahora desconocido, reúne todos los elementos del fuego fatuo clásico: un entorno rico en metano, alta humedad y condiciones eléctricas que permiten descargas sin necesidad de rayos o llamas externas.
Aunque el estudio no prueba de forma definitiva que los fuegos fatuos ocurran exactamente así en la naturaleza, abre la explicación más plausible y científicamente coherente hasta el momento.
La superstición, al fin, tendría una causa medible: el pantano es un laboratorio natural de electricidad microscópica.
En Japón, se cree que las almas de las personas que acaban de morir toman la forma de un fuego fatuo.
En la mayoría de los países hispanoparlantes de América, los fuegos fatuos se han asociado con connotaciones negativas. pic.twitter.com/PZjaGsJ3ce
— Narrador Nocturno (@Narrador_Noct0) June 19, 2024
Cuando la vida pudo nacer de una chispa diminuta
Lo más asombroso del hallazgo es que no se limita al folclore. Los experimentos de Zare apuntan a un escenario aún más profundo: que estos microrrelámpagos pudieron jugar un papel clave en el origen de la vida en la Tierra primitiva.
Hace miles de millones de años, los océanos estaban llenos de burbujas generadas por actividad volcánica y reacciones químicas. Cada burbuja era un microentorno donde los gases y los líquidos podían intercambiar energía eléctrica.
Zare y su equipo ya demostraron que esas microdescargas pueden unir aminoácidos para formar péptidos y combinar ácidos nucleicos para crear cadenas similares al ADN y al ARN. En otras palabras, los microrrelámpagos podrían haber sido las primeras chispas químicas de la biología, mucho antes de los rayos atmosféricos del famoso experimento de Miller y Urey (1953).
De las almas del pantano a los orígenes del ADN
El nuevo estudio no solo desmonta el mito de los fuegos fatuos, sino que lo transforma en una historia de creación. Lo que alguna vez se interpretó como señales del más allá, podría ser en realidad una de las formas más antiguas de energía reactiva del planeta, capaz de encender no solo el metano, sino la propia química de la vida.
Zare resume así la ironía científica: “En los pantanos, quizás no vimos espíritus, sino el eco de las primeras chispas que dieron origen a todo”.
Después de siglos de misterio, la ciencia devuelve la poesía a su lugar: las luces fantasmales de los pantanos no son fantasmas, pero siguen siendo, literalmente, una chispa de vida.
Fuente: Meteored.