Cada día, sin darnos cuenta, juzgamos decenas de imágenes, estilos y estéticas. Lo hacemos con un clic, un “me gusta” o un guardado. Pero, ¿realmente estamos eligiendo? En esta era visual dominada por algoritmos, lo bello ya no es una cuestión de gusto personal, sino una estrategia de visibilidad. ¿Quién tiene hoy el poder de decidir qué es bello?
Lo bello ya no se busca, se muestra
En los inicios de la estética occidental, pensadores como Kant sostenían que la belleza era una experiencia universal y desinteresada. Hoy, esa idea parece lejana. En lugar de contemplar, deslizamos. En lugar de elegir, consumimos lo que se nos presenta. Autores como Bourdieu y Sontag ya advertían que el gusto no es neutro: se aprende, se hereda, se reproduce culturalmente.

Las redes sociales nos ofrecen museos infinitos, gobernados por hashtags y recomendaciones automatizadas. Ya no admiramos obras únicas, sino estilos visuales replicables. Así nacen las aesthetics: universos visuales coherentes que dictan qué colores, objetos o gestos encajan con determinada imagen de belleza.
Aesthetic como marca, no como arte
Algunas estéticas como Old Money o Light Academia encapsulan no solo estilos visuales, sino formas de vida deseables: lujo discreto, nostalgia intelectual, naturalidad bucólica… Estas etiquetas no son solo moda, son identidades empaquetadas listas para consumir.
Y aquí radica su poder: lo bello deja de ser un placer visual para convertirse en una herramienta funcional. Se mide en likes, seguidores y viralidad. Lo que se clasifica como bello es, en realidad, aquello que genera interacción y se alinea con las reglas invisibles de las plataformas.
Curadores sin rostro, gustos enlatados
Pinterest, TikTok, Instagram… todos permiten que los usuarios compartan y repliquen contenidos en tableros o feeds. Esta curaduría colectiva crea estándares. Incluso quienes creen ser ajenos a estas clasificaciones están influenciados por ellas: desde recetas hasta decoración, las estéticas filtran lo que vemos, y por tanto, lo que valoramos.
Los algoritmos recompensan lo familiar, lo simétrico, lo bien iluminado. Las imágenes que no se ajustan a esos parámetros quedan relegadas, invisibles. Así, la belleza ya no reside en la singularidad, sino en la capacidad de ser replicada rápidamente.

La belleza como reflejo de poder
Detrás de cada estética hay valores, jerarquías y exclusiones. Desde los mods hasta el Cottagecore, las estéticas siempre han sido manifestaciones culturales y políticas. Hoy, las plataformas no solo las difunden: las crean y las monetizan. Clasificar lo bello es una forma de participar en estas estructuras… o de ser moldeado por ellas.
En tiempos de inteligencia artificial, realidad aumentada y personalización algorítmica, incluso nuestras emociones pueden ser insumo para generar estéticas. Entonces, ¿cuánto de nuestro gusto sigue siendo nuestro?
Pensar la belleza: un acto de resistencia
Adoptar una estética es elegir un lenguaje visual, pero también aceptar sus reglas. Cuestionar esas reglas es un ejercicio urgente. ¿Qué imágenes no vemos? ¿Qué narrativas quedan fuera? Solo desarrollando una mirada crítica podremos recuperar cierta agencia en un mundo donde la belleza ya no se contempla: se programa.
Fuente: TheConversation.