El oro ha sido motor de imperios, guerras y obsesiones humanas, pero su origen en la corteza terrestre seguía siendo un misterio. ¿Cómo llega este metal desde lo más profundo del planeta hasta las vetas que hoy se extraen? Investigadores de la Universidad de Míchigan han encontrado la respuesta en los pliegues más extremos de la geología.
El escenario oculto en el manto terrestre

El descubrimiento, publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, indica que la mayor parte del oro permanece atrapada en el manto, sin capacidad de desplazarse por sí mismo. Es en las zonas de subducción, donde una placa oceánica se hunde bajo otra continental, donde la historia cambia. Allí, la presión y el calor liberan fluidos calientes y salinos que se convierten en el vehículo perfecto para transportar el metal.
El papel decisivo del azufre y el agua

El oro necesita un aliado químico para moverse: el azufre. En ambientes oxidantes se forma un complejo poco común, el trisulfuro de oro, que logra disolver el metal en los fluidos. El agua completa la ecuación, multiplicando la cantidad de oro capaz de ascender. Sin esta combinación, los yacimientos jamás llegarían a existir.
De las profundidades al Anillo de Fuego
Cuando el oro asciende con los magmas, se deposita en grietas y vetas al enfriarse. Así se originan los yacimientos que miles de años después han marcado la historia de civilizaciones enteras. No es casualidad que las mayores reservas estén en el Anillo de Fuego del Pacífico, desde Chile hasta Japón. Según Adam Simon, líder del estudio, los mismos procesos que desencadenan erupciones volcánicas son los que regalan oro al mundo.