Durante varias décadas, la teoría dominante sugería que Theia —el planeta que impactó contra la proto-Tierra— se formó en los confines del sistema solar, donde abundaban los cuerpos ricos en agua. Pero una investigación reciente, basada en firmas químicas impresas en rocas lunares, meteoritos y muestras terrestres, acaba de dinamitar ese supuesto. Todo apunta ahora a que Theia nació muy cerca del Sol, en la misma región donde surgieron Venus y Mercurio. Y ese giro altera la historia de cómo se formaron la Tierra y la Luna.
Un impacto colosal que cambió todo lo que sabemos

Según explica Wired, la hipótesis del Gran Impacto sostiene que un planeta del tamaño de Marte chocó contra una joven Tierra, expulsando material que acabaría dando forma a la Luna. Es el modelo más aceptado porque explica por qué las rocas lunares y terrestres son prácticamente idénticas a nivel isotópico. Sin embargo, hasta ahora persistía una pregunta clave: ¿de dónde vino ese planeta? La teoría clásica planteaba que procedía de regiones externas, donde los materiales congelados eran comunes, lo que pudo haber aportado agua a la Tierra primitiva.
Este nuevo análisis publicado en Science introduce un vuelco inesperado. Los investigadores compararon isótopos de hierro en 15 rocas terrestres y seis muestras lunares y concluyeron que Theia se formó en el sistema solar interno. Eso implica que ni la Tierra ni la Luna tienen componentes químicos provenientes de zonas lejanas y heladas, como se creyó durante años. El hallazgo también debilita la idea de que el agua del planeta llegó gracias al impacto, reabriendo el debate sobre cuándo y cómo se volvieron habitables los océanos primitivos.
Las rocas revelan un origen cercano al Sol

Los materiales que se forman en distintas regiones del disco protoplanetario registran patrones isotópicos que funcionan como huellas de identidad. Esa información permite reconstruir la procedencia de los cuerpos planetarios a partir de sus fragmentos. El nuevo estudio utilizó esa técnica como una suerte de “ingeniería inversa de planetas”, calculando qué proporción de materia terrestre procede del cuerpo impactante.
Los resultados muestran una coincidencia contundente: tanto la Tierra como la Luna están hechas de material característico del sistema solar interno. Esto implica que Theia probablemente orbitaba cerca del Sol antes de colisionar. Si ese escenario es correcto, el sistema solar temprano fue aún más caótico de lo imaginado, con cuerpos rocosos compitiendo y desplazándose en órbitas inestables hasta que uno de ellos cambió el destino del planeta que más tarde albergaría vida.
Este descubrimiento también obliga a revisar modelos sobre la cronología planetaria, la disponibilidad de agua, la estructura del manto terrestre y la propia definición de cómo nace y evoluciona un satélite natural.
Un misterio que redefine nuestra propia existencia
El estudio no zanja todas las incógnitas. Nadie ha encontrado restos identificables de Theia en la Tierra ni en la Luna, y la proporción exacta de su material sigue siendo motivo de debate. Pero el giro que introducen estas firmas químicas tiene consecuencias profundas: la Luna, la vida y la geología terrestre podrían ser el resultado de un impacto entre vecinos cósmicos, no de un encuentro lejano.
El rompecabezas continúa creciendo, pero una idea queda clara: cuanto más se estudia el origen del sistema solar, más evidente resulta que la historia de la Tierra no es lineal, ni simple, ni estable. Y el próximo fragmento que se descubra podría volver a cambiarlo todo.