En la trastienda de la industria del huevo existe una cuenta invisible que crece a razón de decenas de miles cada hora. Son pollitos machos que, al no poner huevos ni engordar lo suficiente, terminan su vida antes de cumplir 72 horas. La escena se repite en incubadoras de toda Europa y ha encendido las alarmas de Bruselas.
Lo que está en juego no es solo el destino de 330 millones de crías cada año, sino también la modernización de una normativa que lleva décadas sin ajustarse al debate ético que atraviesa a los consumidores y al propio sector avícola.
¿Por qué se descartan los machos?

Las razas seleccionadas para producir huevos ponen hasta 300 al año, pero su versión masculina no engorda lo suficiente para el mercado cárnico. Engordar un pollo “ponedor” requeriría el doble de pienso y tiempo que un broiler convencional, encareciendo la cadena: más alimento, más agua, más emisiones y poca carne demandada (apenas pequeños filetes, sin las pechugas voluminosas que exige el consumidor). Por eso, la industria los clasifica como “subproducto” y, en el mejor de los casos, los destina a alimentar rapaces de zoológico o reptiles exóticos.
El giro tecnológico: sexado in ovo

Empresas como la alemana SELEGGT o la holandesa In Ovo desarrollan sensores ópticos y endocrinológicos capaces de determinar el sexo durante la incubación —entre el día 9 y 12—, cuando el embrión aún no siente dolor. Los huevos masculinos pueden reconvertirse en pienso de alta proteína o ingredientes farmacéuticos. Francia y Alemania ya han legislado para prohibir el sacrificio de pollitos; sus industrias reciben subvenciones para instalar estas máquinas y evitar deslocalizar la cruza a países sin restricción.
Presión política y económica en España

El grupo Sumar ha registrado preguntas parlamentarias y una proposición no de ley para que el Ministerio de Agricultura subsidie el sexado temprano y trace un calendario de prohibición. El Gobierno, más cauto, alega que adelantar la medida sin respaldo europeo podría cerrar incubadoras locales y obligar a importar pollitas de países vecinos. Mientras, la Comisión Europea prepara su hoja de ruta: consulta pública hasta julio, borrador de reforma en 2026 y posible veto continental en 2027.
Para el sector avícola, la inversión en tecnología ronda 0,02–0,04 € por huevo al consumidor, un coste que compite con el frágil margen de la distribución. Pero la demanda social de bienestar animal crece: supermercados alemanes y franceses ya etiquetan “huevos sin sacrificio de machos”, ganando cuota de mercado premium. Ignorar la tendencia podría ser —advierten los analistas— más caro que adaptar la cadena.
¿Un nuevo horizonte para el huevo europeo?
La modernización legislativa podría convertir a la UE en el primer bloque económico que erradique el sacrificio masivo de pollitos recién nacidos. La clave será equilibrar ciencia, financiación y comercio: exigir lo mismo a los productos importados y compensar a las granjas que inviertan en tecnología. Si tiene éxito, el huevo seguirá en la cesta de la compra con un coste ligeramente superior, pero libre de una de las prácticas más cuestionadas de la ganadería moderna.
[Fuente: Página 12]