Cuando un niño deja pequeñas unas zapatillas que todavía parecen nuevas, resulta difícil justificar que nadie más las aproveche. Pasarlas a un hermano menor permite ahorrar dinero, reducir residuos y extender la vida útil de un producto que, a simple vista, continúa funcionando.
El problema es que el estado exterior no siempre revela lo que ocurrió dentro del zapato. Con el uso, la plantilla, el talón y la suela se comprimen de manera desigual según la forma del pie, el peso y el patrón de marcha de cada persona.
Por eso, los podólogos suelen desaconsejar que los niños utilicen calzado heredado cuando muestra señales de deformación o desgaste. La recomendación es especialmente importante durante las primeras etapas de crecimiento, cuando los pies todavía son blandos y cambian rápidamente. Servicios pediátricos del sistema sanitario británico recuerdan que los zapatos deben ajustarse a la forma del pie, dejar espacio para los dedos y sujetar correctamente el talón.

Un zapato usado conserva la huella de su primer dueño
Cada persona distribuye el peso de forma distinta al caminar. Algunas apoyan más la zona interna del pie, otras desgastan el borde externo y otras ejercen mayor presión sobre el talón.
Con el tiempo, esas diferencias quedan marcadas en la suela y en la plantilla. El material puede hundirse en determinadas zonas, perder firmeza o inclinarse ligeramente. Cuando otro niño utiliza ese mismo calzado, su pie entra en una estructura que ya está adaptada a una marcha diferente.
Esto no significa que vaya a desarrollar automáticamente una lesión. La evidencia directa sobre las consecuencias de heredar zapatos infantiles es limitada. Sin embargo, sí sabemos que el calzado modifica la biomecánica de la marcha.
Una revisión sistemática encontró que, al utilizar zapatos, los niños modifican la longitud de sus pasos, el movimiento del tobillo y la rodilla, la actividad muscular y la forma de apoyar el pie. Los autores también señalaron que todavía se desconocen los efectos a largo plazo de algunos de estos cambios.
Investigaciones posteriores confirmaron que características como la flexibilidad, el tamaño y la estructura de la suela pueden alterar la marcha infantil. Por ejemplo, un calzado demasiado pequeño restringe el movimiento del pie, mientras que distintas alturas o asimetrías en la suela pueden modificar temporalmente la cinemática al caminar.
No todos los zapatos heredados representan el mismo riesgo
Unas zapatillas utilizadas a diario durante meses no se encuentran en las mismas condiciones que unos zapatos de vestir usados una sola tarde.
Antes de reutilizar el calzado, conviene revisar si la suela mantiene una altura uniforme, si el talón continúa recto y firme, y si la plantilla conserva su forma original. También debe comprobarse que no haya zonas hundidas, grietas, inclinaciones o desgaste marcado en un solo lado.
El nuevo usuario debe poder mover los dedos con comodidad y caminar sin que el talón se deslice. El zapato tampoco debería ser demasiado grande: un calzado amplio puede hacer que el pie avance dentro de él, aumentar el roce y obligar a los dedos a realizar un esfuerzo adicional para sujetarlo.
Las botas de lluvia, zapatos de ceremonia o calzado utilizado muy pocas veces pueden heredarse si no presentan deformaciones y se ajustan correctamente. En cambio, las zapatillas deportivas y escolares suelen acumular un desgaste mayor y requieren una revisión más estricta.

También existe un problema de higiene
El interior del calzado cerrado acumula sudor, humedad y células de la piel. Estas condiciones pueden favorecer el crecimiento de hongos y bacterias, especialmente si los zapatos no se secan y ventilan correctamente.
El riesgo no significa que todo calzado de segunda mano transmita una infección, pero aumenta si el primer usuario tuvo pie de atleta, verrugas, lesiones en la piel o exceso de sudoración. Las recomendaciones sanitarias aconsejan priorizar materiales transpirables y mantener los pies secos, ya que el calor y la humedad favorecen rozaduras e infecciones por hongos.
Heredar zapatos no es siempre un error. Puede ser una opción razonable cuando el uso anterior fue mínimo, el calzado está limpio y no tiene señales de adaptación o desgaste.
La regla más útil no consiste en mirar si todavía parece nuevo por fuera, sino en comprobar si continúa siendo neutro por dentro. Si ya conserva la forma de otro pie, el ahorro puede dejar de compensar.