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Mundo

Hay esperanza para nuestro planeta porque no es el clima el que moldea los paisajes, sino al revés

Los paisajes moldean el clima también, y el nuevo paradigma del agua nos devolverá algo que creíamos perdido.
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En la escuela aprendimos que el clima moldea los paisajes. Pero ahora se sabe que también puede suceder lo contrario: los paisajes pueden moldear el clima.

Nos enseñaron el ciclo del agua en la escuela, mostrándonos que el agua del mar se evapora, forma nubes, que luego producen lluvia, y el agua así vuelve al mar. Pero aunque eso es cierto, faltaba la otra mitad del ciclo. Es el nuevo paradigma del agua. Porque en ese modelo el paisaje es moldeado por la cantidad de lluvia que reciba, y si llueve más o si llueve menos hará más o menos calor. También aprendimos sobre el CO2 y el metano, gases que se elevan a la atmósfera. Sin embargo, el uso de la tierra también puede moldear el clima.

Una ola de calor en un barrio sin árboles es muy diferente a pasarla en un lugar con arboleda, aunque la concentración de dióxido de carbono sea la misma. En ciudades como Medellín ha bajado la temperatura al crear gigantescos espacios verdes.

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© Quality Stock Arts – shutterstock

En China, por ejemplo, en la meseta de Loes la agricultura regenerativa ha cambiado un desierto polvoriento en prados, bosques, y campos de cultivo productivos. Un lugar árido se transformó en un lugar verde, y se redujeron las temperaturas de verano, en comparación con áreas que no se restauraron como allí.

Más lluvias, menos erosión, suelo más rico

Las lluvias y tormentas intensas, las inundaciones resultantes, y la pérdida de cultivos empobrecen a las áreas agrícolas en todo el planeta. Es algo ya conocido. Allí, en ese altiplano o meseta de China los agricultores lograron duplicar sus ingresos y toda la región ha crecido en su ingreso per cápita, gracias a la agricultura regenerativa.

No es un secreto ni un misterio. Tampoco es nuevo. Ya en la Edad de Piedra la agricultura regenerativa era una práctica común. Pero hoy la tecnología permite practicarla en áreas extensas, y más rápido.

Millán Millán, un científico a quien la Comisión Europea le encargó investigar por qué España había perdido sus tormentas de verano, descubrió que esas lluvias perdidas que antes precipitaban varias veces por semana eran producto del paisaje. La brisa del mar entraba por la costa, se recargaba de humedad gracias a los bosques y humedales, alcanzaba una concentración crítica de agua por kilo de aire y al llegar a las montañas y enfriarse, caía en forma de lluvia.

Ese proceso se interrumpió gradualmente al poblarse las costas, perder vegetación y bosques al intensificar la agricultura, y reducir la humedad que antes se acumulaba y caía en forma de lluvia. La humedad, en cambio, volvía al mar y provocaba más calentamiento. Eso provoca luego diluvios catastróficos, que se alternan con prolongadas sequías. Pero Millán Millán señaló que se podía reactivar el proceso, creando bombas bióticas.

Una física rusa

Anastasia Macarieeva, una física rusa, analizó las corrientes de aire húmedo que llegaban a los bosques y se preguntó si los bosques surgían gracias a la lluvia, o si sería al revés: que los bosques provocaban las lluvias. Así nació la teoría de la bomba biótica. Los bosques funcionales son aquellos que contienen varias especies, animales, madera en descomposición, suelos vivos que filtran y almacenan grandes cantidades de agua. Las hojas expulsan vapor de agua que sube y se condensa, y genera un vacío de presión que atrae las masas de aire húmedas que hay sobre el mar. Es el bosque el que atrae el agua desde el mar a la Tierra, como parte activa del proceso.

  Pero hay más, porque durante años se debatió sobre el misterio de las bacterias que hay en las nubes. Hasta que un equipo de científicos entre los que estaba Cindy Morris determinó que son bacterias y esporas de hongos que liberan las hojas de las plantas, junto a otros compuestos químicos. Los microorganismos y compuestos ascienden y se concentran en la atmósfera, y su concentración cristaliza el agua y la condensa. La nube entonces descarga el agua en forma de lluvia.

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© Victor Grecu – shutterstock

En la Amazonía se ha documentado que de las partículas que forman nubes en la estación húmeda un gran porcentaje son de origen vegetal. Son las plantas las que siembran la lluvia. El suelo vivo, con su materia orgánica, es una esponja que filtra y almacena millones de litros de agua. Cuando se siembra, al arar el suelo esa estructura se rompe, lo mismo que al eliminar las malezas. Lo bueno es que, sabiendo esto, se han desarrollado técnicas agrícolas y ganaderas que logran cuidar esa red de vida subterránea. En Córdoba, España, han resurgido manantiales que se habían secado hace décadas. Las cosechas mejoraron, y se reconvirtieron paisajes áridos en huertas de siembra directa sin arar la tierra. Aumenta la productividad al permitir que el suelo vuelva a filtrar y almacenar naturalmente el agua.

En India, por ejemplo, se crearon balsas de retención de agua en las laderas, y en Rajastán, un área semidesértica, se elevó así el nivel de agua subterránea, con lo que volvieron a llenarse de agua cinco ríos que se habían secado prácticamente. Toda la región reverdeció, y se moderaron las temperaturas. En todo el mundo hay prácticas similares, donde se crean medias lunas o cordones de piedra en laderas, para frenar y retener el agua de lluvia.

Un arquitecto inesperado

Vuelve la vegetación, y vuelven los habitantes que se habían ido. Los castores crean diques que retienen el agua, y los millones de litros que se perdían, permanecen en el paisaje, regenerándolo y reduciendo las temperaturas del verano. La Universidad de Exeter llevó a cabo un estudio sobre un río local y comprobó que el paisaje regeneró las lluvias, y las lluvias han regenerado el paisaje, con el regreso de la vida a la región.

Si se restaura la vegetación, el agua y la vida, también los suelos se enriquecen gracias a los microbios. Con cada lluvia, el ciclo se reactiva y produce más oxígeno, más vida. La naturaleza y la economía no están reñidas. Al restaurar la abundancia de la tierra, se regenera el planeta.

 

[Fuente: Hope!]

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