Cada año, los vientos alisios levantan un promedio de 182 millones de toneladas de polvo del extremo occidental del Sahara y las empujan sobre el océano Atlántico. Buena parte se pierde en el camino, pero unos 27,7 millones de toneladas logran cruzar los más de 2.600 kilómetros de océano y caer directamente sobre la cuenca del Amazonas, según cuantificó por primera vez desde el espacio un equipo liderado por Hongbin Yu, científico atmosférico de la Universidad de Maryland que trabaja en el Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA. El hallazgo se apoyó en siete años de datos, entre 2007 y 2013, del satélite CALIPSO, equipado con un instrumento láser capaz de distinguir partículas de polvo en la atmósfera por sus propiedades ópticas.
Por qué el Amazonas necesita este envío anual

Las lluvias frecuentes e intensas del Amazonas lavan el suelo de forma constante, arrastrando gran parte de sus nutrientes esenciales río abajo, en especial el fósforo, un elemento imprescindible para que las plantas fabriquen ADN, membranas celulares y sostengan el proceso de fotosíntesis. Según los cálculos del equipo de Yu, esas 27,7 millones de toneladas de polvo sahariano transportan alrededor de 22.000 toneladas de fósforo puro cada año, una cifra que coincide de forma notable con la cantidad de fósforo que la propia selva pierde anualmente por la erosión de las lluvias.
El fondo de un lago seco en Chad, la fuente más concentrada de fósforo

Buena parte de este polvo se atribuye a la depresión de Bodélé, en Chad, el lecho de un antiguo lago prehistórico ubicado entre las montañas Tibesti y Ennedi, donde un embudo natural de viento intensifica las tormentas de arena. Las rocas de esa zona están compuestas por sedimentos de microorganismos marinos fosilizados, ricos en fósforo, lo que la convierte en una de las fuentes de fertilizante natural más concentradas del planeta, aunque representa apenas el 0,5% de la superficie total del Sahara.
Un transporte que varía año a año
Este flujo de polvo no es constante: las mediciones satelitales mostraron variaciones de hasta un 86% de un año a otro, ligadas principalmente a las condiciones del Sahel, la franja semiárida al sur del Sahara. Los años con más lluvias en el Sahel generan más vegetación y menos polvo disponible para ser levantado por el viento; los años más secos, en cambio, permiten que se transporte más cantidad hacia el oeste.
Una cifra que la ciencia sigue revisando
Aunque el número de 27,7 millones de toneladas anuales se convirtió en la referencia más citada sobre este fenómeno, investigaciones más recientes matizaron esa estimación. Un estudio que combinó mediciones diarias desde Cayena, en la Guayana Francesa, entre 2002 y 2017, con el modelo atmosférico MERRA-2 de la NASA, calculó una deposición de polvo africano sobre la Amazonía sensiblemente menor, de entre 8 y 10 millones de toneladas anuales, concentrada principalmente en el norte y noreste de Sudamérica más que en el corazón de la selva.
A eso se suma que el polvo mineral del Sahara no sería la única fuente de fósforo que recibe el Amazonas: un estudio de 2019 identificó a los aerosoles generados por quema de biomasa en África como otro aporte relevante, y un análisis publicado este año en Nature Geoscience vinculó directamente el fósforo transportado por incendios sudamericanos con los patrones de productividad de la propia selva. El fenómeno del polvo sahariano es real y está bien documentado, pero la ciencia todavía está afinando cuánto pesa exactamente frente a otras fuentes de nutrientes que también sostienen a la selva.