En el verano de 1997, la red de hidrófonos de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA), instalada originalmente para monitorear la actividad volcánica submarina del Pacífico Sur, captó un sonido de baja frecuencia extraordinariamente potente. Bautizado como The Bloop, el fenómeno fue registrado por sensores ubicados a más de 5.000 kilómetros de distancia entre sí, según documenta el propio Laboratorio Ambiental Marino del Pacífico de la NOAA (PMEL), evidencia de la enorme energía liberada por el evento original.
Las teorías que alimentaron el mito

Las primeras hipótesis sobre su origen apuntaban a calamares gigantes o incluso a especies submarinas todavía no descubiertas, capaces de producir un sonido más potente que cualquier animal conocido en la Tierra. Esa incertidumbre alimentó durante años teorías mucho más fantasiosas, incluida la comparación con Cthulhu, la criatura mitológica creada por H.P. Lovecraft, cuyo lugar de reposo ficticio se ubicaba, coincidentemente, en una zona cercana al punto de origen calculado para el sonido.
La pista que estaba en la Antártida, no en el Pacífico

La respuesta llegó cuando los investigadores del PMEL empezaron a instalar hidrófonos cada vez más cerca de la Antártida, en un esfuerzo paralelo por estudiar terremotos y volcanes submarinos en la región. Ahí encontraron sonidos con un patrón casi idéntico al de The Bloop: los llamados icequakes o terremotos de hielo, generados por el agrietamiento y la fractura de enormes bloques de hielo antártico al desprenderse de los glaciares y convertirse en icebergs.
Ese proceso libera una cantidad de energía capaz de transmitirse a través del agua marina durante miles de kilómetros, exactamente como ocurrió con el sonido original de 1997. En 2008, la misma red de hidrófonos llegó a rastrear acústicamente la desintegración completa del iceberg A53a, cerca de la isla Georgia del Sur, usando ese mismo tipo de señales.
Por qué sonaba a animal cuando en realidad era hielo
El geofísico Robert Dziak, del PMEL, explicó que buena parte de la percepción errónea sobre un posible origen animal se debe a la forma en que el sonido suele reproducirse: generalmente a una velocidad 16 veces mayor a la real, lo que le da un timbre que recuerda a una vocalización animal. A velocidad normal, el sonido original dura apenas un minuto y tiene una frecuencia demasiado baja y sostenida como para coincidir con los patrones típicos de comunicación animal.
Un fenómeno que ocurre miles de veces al año
Desde su identificación, la red de escucha submarina de la NOAA registra decenas de miles de estos terremotos de hielo cada año en el océano Austral, despejando cualquier duda sobre un posible origen biológico de The Bloop. Según la propia agencia, el calentamiento global viene aumentando la frecuencia de estos eventos, a medida que más bloques de hielo se agrietan, se desprenden y terminan derritiéndose en el océano.
La inmensa mayoría de los sonidos más extraños registrados en el fondo marino terminan explicándose, tarde o temprano, como parte de procesos físicos completamente naturales del propio planeta, aunque eso no impidió que The Bloop alimentara durante años la fantasía colectiva sobre posibles criaturas desconocidas habitando las profundidades del océano.