La oficina no ganó esta batalla por una gran innovación, ni por una mejora repentina en la experiencia de trabajar presencialmente. Lo que ha ocurrido ha sido algo mucho más silencioso y, precisamente por eso, más revelador: muchas empresas han dejado de presentar el teletrabajo como una promesa laboral atractiva. No lo han eliminado del todo, pero sí lo han ido empujando fuera del centro del discurso hasta convertirlo, en muchos casos, en una condición cada vez menos visible y menos negociable.
El teletrabajo no ha muerto, pero sí ha perdido algo fundamental: su lugar en el escaparate del empleo

Si uno se quedara solo con la conversación pública, podría pensar que el trabajo en remoto sigue siendo una de las grandes conquistas del mercado laboral postpandemia. Pero cuando se observa dónde se ve de verdad la voluntad de las empresas —es decir, en las nuevas ofertas de empleo— el relato cambia bastante.
Los datos del informe Estado del mercado laboral en España 2025, elaborado por InfoJobs y Esade, muestran una caída sostenida del teletrabajo en las vacantes publicadas. En 2021, el punto más alto de este ciclo, el 21% de las ofertas incluía alguna modalidad remota. En 2025, esa cifra cayó hasta el 11%. No es una oscilación menor ni un ajuste puntual: son cuatro años seguidos de descenso.
Eso convierte al teletrabajo en algo curioso dentro del mercado laboral español. Sigue existiendo, sí, pero cada vez se ofrece menos como parte explícita de la propuesta de valor de muchas compañías. Y eso, en la práctica, cambia mucho más de lo que parece.
La paradoja es clara: muchos trabajadores lo siguen queriendo, pero las empresas ya no lo venden igual
Aquí está el punto realmente interesante. El retroceso del teletrabajo no se explica por una caída radical de su atractivo para la plantilla. Más bien al contrario: para una parte importante de los trabajadores, la posibilidad de trabajar desde casa sigue siendo una de las condiciones más valiosas del empleo contemporáneo.
Lo que parece haberse debilitado no es la demanda, sino el entusiasmo empresarial por convertirlo en bandera. Muchas compañías lo probaron, lo mantuvieron durante un tiempo y ahora parecen haber llegado a una conclusión más fría: que el trabajo remoto puede tolerarse en ciertos contextos, pero no necesariamente debe seguir ocupando un lugar central en la forma de organizar y atraer talento.
Eso sugiere un cambio cultural bastante más profundo de lo que parece. Porque cuando una empresa deja de ofrecer algo de forma visible, no siempre significa que no pueda hacerlo. A veces significa, simplemente, que ya no quiere comprometerse con ello de entrada.
Las empresas no están borrando el teletrabajo, están restringiendo quién puede acceder a él

Y aquí es donde la fotografía se vuelve más interesante. Si uno mira solo los datos de nuevas ofertas, parecería que el teletrabajo se está desmoronando. Pero cuando se observan las cifras de ocupación reales, aparece una imagen más matizada.
Los datos de la Encuesta de Población Activa (EPA), citados por Xataka, indican que el porcentaje de personas que teletrabajan en España ha seguido creciendo ligeramente en los últimos años. Es decir, el trabajo remoto no ha desaparecido del sistema laboral. Lo que está ocurriendo es otra cosa: se está volviendo menos accesible como condición de entrada.
En términos prácticos, eso significa que muchas personas que ya estaban dentro del sistema han conservado fórmulas híbridas o remotas, mientras que quienes buscan incorporarse ahora al mercado encuentran un escenario mucho menos flexible. El teletrabajo no se ha extinguido: se ha vuelto más selectivo.
La gran división no está entre empresas modernas y antiguas, sino entre trabajos compatibles e incompatibles
También conviene desmontar una idea bastante extendida: que el teletrabajo se está retirando por una cuestión puramente ideológica o por el tamaño de la empresa. Los datos sugieren algo más concreto. La gran brecha sigue siendo sectorial.
En informática y telecomunicaciones, el trabajo remoto sigue siendo muy alto. También resiste bien en áreas como finanzas, legal o consultoría. Son sectores donde gran parte del trabajo ya está completamente digitalizado y donde la productividad no depende tanto de una presencia física continua.
Pero fuera de esos entornos, la realidad cambia rápido. Logística, retail, sanidad, turismo o restauración no pueden absorber el teletrabajo de la misma forma, y eso distorsiona mucho la percepción pública del fenómeno. Durante años, el debate sobre el trabajo remoto estuvo muy influido por sectores urbanos, cualificados y con fuerte presencia mediática. Ahora que el ciclo se enfría, queda más claro que ese modelo nunca fue tan universal como parecía.
Madrid y Barcelona no representan todo el mercado laboral, pero sí la parte que marcó el relato

Algo parecido ocurre con la dimensión geográfica. Madrid y Cataluña concentran una parte muy significativa de las vacantes con teletrabajo, no porque el resto del país “rechace” el modelo, sino porque allí se agrupan los sectores donde resulta más fácil aplicarlo.
Eso ha generado durante años una cierta ilusión estadística y cultural. El teletrabajo parecía más extendido porque estaba muy presente en los entornos profesionales más visibles, mejor remunerados y más conectados con el discurso empresarial moderno. Pero al salir de esos núcleos, la realidad española sigue siendo mucho más presencial de lo que a veces se quiere admitir.
Y eso ayuda a entender por qué España sigue lejos de la media europea en este terreno, incluso después de haber vivido una pandemia que parecía haber alterado para siempre la lógica de la oficina.
La oficina no ha recuperado terreno porque fuera mejor, sino porque las empresas han recuperado el control del marco
Quizá la conclusión más incómoda de todas sea esta: el teletrabajo no ha retrocedido necesariamente porque haya demostrado ser inviable, sino porque muchas empresas han vuelto a imponer la oficina como centro organizativo y simbólico del trabajo.
Eso no significa que el modelo remoto haya fracasado. Significa algo más sutil: que ha perdido parte de la batalla cultural dentro de las organizaciones. Ya no se presenta con la misma convicción, ya no se ofrece con la misma facilidad y ya no ocupa el mismo lugar dentro de la promesa laboral contemporánea.
Y eso, en el fondo, es lo que realmente cuentan estos datos. No que el teletrabajo haya muerto, sino que ha dejado de ser tratado como una expectativa razonable para volver a convertirse, poco a poco, en un beneficio condicionado. Uno que sigue existiendo, pero cada vez menos como norma… y cada vez más como excepción.