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El viaje final de un coloso helado que se negó a morir durante 39 años. Ahora se deshace y arrastra consigo un mensaje incómodo

Durante casi cuatro décadas permaneció como una mole inmóvil en la Antártida, pero el iceberg A23a comenzó a ceder. Su lenta agonía, acelerada por corrientes y aguas cada vez más cálidas, revela más que la historia de un coloso helado: nos enfrenta a la fragilidad del planeta entero.

La historia del iceberg A23a es también la historia de un planeta que cambia. Nació como el más grande del mundo, permaneció encallado durante décadas y ahora, arrastrado por corrientes hacia aguas más cálidas, se fragmenta sin remedio. Su desaparición se convierte en un símbolo inquietante de la transformación de los océanos y de la Antártida.

Un gigante que desafió al tiempo

El viaje final de un coloso helado. El iceberg A23a se deshace tras cuatro décadas a la deriva
© BFSAI.

Cuando se desprendió del continente en 1986, el A23a sorprendió por sus dimensiones colosales: 4.000 kilómetros cuadrados de superficie, con un peso cercano al billón de toneladas. Era más extenso que Luxemburgo y parecía condenado a dominar el mar de Weddell durante generaciones. Sin embargo, tras quedar anclado al lecho marino, vivió en un letargo helado de más de treinta años, hasta que en 2020 volvió a moverse, empujado por la corriente circumpolar antártica.

El ocaso en un océano más cálido

El viaje final de un coloso helado. El iceberg A23a se deshace tras cuatro décadas a la deriva
© MODIS Land Rapid Response Team, NASA GSFC.

El recorrido de este iceberg parecía interminable, pero su destino se aceleró cuando alcanzó regiones donde las aguas ya no eran tan frías. En su trayecto hacia el norte, rodeó la isla de Georgia del Sur, levantando temores por las colonias de pingüinos y focas que dependen de esos ecosistemas. Las imágenes satelitales de Copernicus mostraron su deterioro progresivo: de los 4.000 kilómetros cuadrados iniciales a apenas 1.770, con una anchura reducida a 60 kilómetros.

Un símbolo del presente climático

La fragmentación del A23a no es solo un episodio aislado en la historia de los hielos antárticos. Representa la vulnerabilidad de estos gigantes ante un océano en transformación. A medida que las olas lo desgarraban y las aguas más templadas aceleraban su deshielo, el coloso se convirtió en espejo de una advertencia mayor: incluso lo que parecía eterno puede desaparecer en pocas décadas bajo la presión del cambio climático.

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