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Ciencia

En 1943 un destructor atacó lo que creyó era un submarino japonés. Ochenta años después, el sonar reveló que era un carguero hundido que estaba en el lugar equivocado del mapa

Un equipo de la NOAA y la Universidad de East Carolina exploró en 2024 las aguas de la isla Attu, en Alaska, donde en 1942 ocurrió la única invasión de territorio estadounidense continental desde 1812. El sonar de apertura sintética localizó tres barcos de la Segunda Guerra Mundial hundidos hace más de 80 años, y resolvió de paso un misterio histórico: lo que el USS Phelps atacó creyendo que era un submarino era en realidad el casco del carguero japonés Kotohira Maru
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En mayo de 1943, el destructor USS Phelps detectó una anomalía en el fondo de la bahía de Holtz, frente a la isla de Attu, en Alaska. Sus sonares indicaban un objeto grande y sumergido. El comandante tomó la decisión lógica en plena guerra del Pacífico: era un submarino japonés, y había que destruirlo. El USS Phelps lanzó 11 cargas de profundidad. Después apareció una mancha de petróleo. La amenaza, aparentemente, había sido neutralizada. Durante décadas, nadie supo exactamente qué había ocurrido.

En 2026, un estudio publicado en la revista Heritage por el equipo de la Universidad de East Carolina y financiado por la NOAA dio la respuesta. Lo que el USS Phelps había atacado no era un submarino: era el casco del Kotohira Maru, un carguero militar japonés hundido por un avión estadounidense cinco meses antes, que yacía en el fondo marino un kilómetro más lejos de donde los registros históricos lo situaban.

La única invasión de suelo estadounidense desde 1812

Para entender por qué todo esto importa, hay que retroceder a junio de 1942, cuando tropas del Ejército Imperial Japonés desembarcaron en Attu y Kiska, las islas más occidentales del archipiélago Aleutiano en Alaska. Fue el primer y único momento desde la Guerra de 1812 en que una potencia extranjera ocupó territorio norteamericano continental. La campaña para recuperarlas se saldó con más de 3.000 muertos en menos de tres semanas de combate encarnizado entre el barro, la niebla y temperaturas árticas, con una proporción de bajas que fue la segunda más alta de toda la guerra del Pacífico, solo superada por Iwo Jima.

Pese a esa intensidad, la batalla de Attu permanece como uno de los episodios menos estudiados de la Segunda Guerra Mundial. Sin películas, sin memoriales masivos, sin libros canónicos. Solo el silencio de las islas Aleutianas y los restos de aquella guerra oxidándose en el fondo del mar, a más de 80 metros de profundidad, hasta que un equipo de arqueólogos marítimos decidió buscarlos.

Sonar centimétrico y tres barcos que nadie había visto desde los años 40

En julio de 2024, el equipo liderado por Jason Raupp (East Carolina University) y Dominic Bush (Ships of Discovery) zarpó a bordo del buque de investigación Norseman II con un presupuesto de 707.000 dólares aportados por la NOAA y el Programa de Protección de Campos de Batalla del Servicio de Parques Nacionales. Durante once días peinaron el fondo marino con un sonar de apertura sintética capaz de capturar detalles a resolución centimétrica, una tecnología hasta entonces más común en el sector energético que en la arqueología submarina. Cuando el sonar detectaba algo de interés, un ROV descendía a documentarlo con cámaras.

En cinco días de trabajo efectivo inspeccionaron más de 1.000 objetivos en el fondo. El resultado: tres barcos que no habían sido vistos desde la década de 1940. El Cheribon Maru, un carguero japonés hundido el 26 de noviembre de 1942 por aviación estadounidense, localizado a solo 10 metros de profundidad y cubierto por una densa capa de algas. El Kotohira Maru, otro carguero japonés de 6.101 toneladas hundido el 5 de enero de 1943, encontrado a 83 metros de profundidad y en sorprendente buen estado: con los mástiles todavía en pie y el puente de mando visible. Y el SS Dellwood, un buque cablero estadounidense hundido el 20 de julio de 1943 mientras tendía líneas de comunicación entre islas, localizado exactamente 81 años después de su hundimiento.

El Kotohira Maru: una tumba colectiva con identidad resuelta

El hallazgo del Kotohira Maru fue el más significativo del proyecto, tanto arqueológicamente como en términos históricos. El barco estaba a más de un kilómetro de donde los registros de guerra lo situaban, lo que explica por qué los sonares de la época no habían podido confirmarlo y por qué durante décadas persistió la confusión sobre exactamente cómo y dónde se hundió.

Los patrones de daño observados en el casco mediante el ROV son consistentes con la descripción histórica del ataque: dos impactos directos de bomba derribaron la proa y la dejaron separada del resto del barco, volcada sobre su costado de estribor. A bordo viajaban entre 30 y 70 personas, incluida probablemente una unidad de tropas además de la tripulación. Solo dos sobrevivientes fueron rescatados, una cifra que los propios investigadores consideran improbablemente baja dado el tamaño de la dotación. El Kotohira Maru es, como lo define uno de los arqueólogos en declaraciones recogidas por National Geographic, «una tumba colectiva».

Fue precisamente el análisis de su posición en el fondo lo que resolvió el misterio del USS Phelps. El casco del Kotohira Maru, a más de 80 metros de profundidad y un kilómetro fuera de su posición histórica registrada, explicaba perfectamente la señal sonar que el destructor había interpretado como un submarino en mayo de 1943. Las once cargas de profundidad que lanzó probablemente causaron daño adicional en el pecio, pero el submarino nunca existió.

Los Saskinax̂: el pueblo que no pudo volver a casa

El hallazgo de los barcos abre también otra herida que la historia oficial había dejado sin atender. Cuando las tropas japonesas ocuparon Attu en 1942, los 42 habitantes indígenas de la isla, pertenecientes al pueblo Saskinax̂ (Unanga), fueron deportados a Hokkaido, Japón. De ellos, solo 25 sobrevivieron al cautiverio.

Pero cuando terminó la guerra, los supervivientes tampoco pudieron volver: el ejército estadounidense había convertido Attu en base militar y cerró el acceso a la población civil. Los Saskinax̂ fueron reubicados en otra isla. Hoy Attu forma parte de un monumento nacional y nadie vive en ella. «Retornar es definitivamente uno de nuestros objetivos», declaró Wolfgang Tutiakoff, enlace cultural de la tribu Qawalangin durante la expedición, quien participó en la exploración para documentar la historia de su pueblo. El equipo de investigación espera volver a las Aleutianas para completar el survey costero de Attu y otras islas de la campaña, con la certeza de que hay más restos de aquella guerra olvidada esperando en el fondo.

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