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Ciencia

Santa Cruz acaba de revelar una planta de 150 millones de años conservada con un detalle único en el mundo. La nueva especie permite observar células, tejidos internos y pistas clave sobre los bosques jurásicos de la Patagonia

Investigadores argentinos describieron Austrohamia vitrea, una conífera fósil hallada en Santa Cruz con un nivel de preservación excepcional: conserva tejidos internos, células y estructuras anatómicas en tres dimensiones, algo muy poco frecuente en el registro vegetal.
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La Patagonia acaba de sumar otro hallazgo científico de escala internacional, pero esta vez no se trata de un dinosaurio gigante ni de un hueso espectacular. El protagonista es mucho más pequeño, más silencioso y, justamente por eso, fascinante: una planta fósil de unos 150 millones de años que todavía permite observar parte de su anatomía interna.

La nueva especie fue bautizada Austrohamia vitrea y apareció en rocas jurásicas de la provincia de Santa Cruz, dentro del Macizo del Deseado. Según informó el Museo Paleontológico Egidio Feruglio, el fósil pertenece a la familia Cupressaceae, el mismo gran grupo botánico que hoy incluye a los cipreses y al alerce patagónico o lahuán. La diferencia es que este ejemplar no solo conserva la silueta de hojas y ramas: permite mirar sus tejidos como si el tiempo hubiera dejado una lámina microscópica lista para estudiar.

El trabajo fue liderado por Alejandro Molano, del MEF y la Agencia I+D+i, junto a Giovanni Nunes, Ignacio Escapa, Josefina Bodnar, Juan L. García Massini y Diego Guido. De acuerdo con el artículo publicado en American Journal of Botany, la investigación describe hojas y ramitas silicificadas procedentes de la Formación La Matilde, en Santa Cruz, y las compara con coníferas fósiles y actuales para entender mejor la historia evolutiva temprana de las Cupressaceae.

Un fósil que conserva mucho más que la forma de una planta

Santa Cruz acaba de revelar una planta de 150 millones de años conservada con un detalle único en el mundo. La nueva especie permite observar células, tejidos internos y pistas clave sobre los bosques jurásicos de la Patagonia
© Museo Paleontológico Egidio Feruglio.

Lo extraordinario de Austrohamia vitrea no es solo su antigüedad. Lo realmente raro es cómo llegó hasta nosotros.

En muchos fósiles vegetales, los investigadores pueden estudiar impresiones, contornos, marcas externas o fragmentos comprimidos. En este caso, la preservación va bastante más lejos: aparecen tejidos internos, células, estomas, canales de resina y elementos asociados al sistema vascular de la planta. Es decir, no solo se ve qué forma tenía, sino parte de cómo funcionaba.

Tal como explicó Ignacio Escapa, investigador del CONICET-MEF y coautor del estudio, en los cortes delgados de este tipo de rocas se pueden ver células y tejidos con mucha claridad. Ese nivel de detalle suele perderse durante la fosilización, porque los procesos que transforman un organismo en fósil normalmente destruyen o alteran las estructuras celulares originales.

La consecuencia es enorme para la paleobotánica. Gracias a esa preservación, los científicos pueden reconstruir cómo intercambiaba gases con el ambiente, cómo transportaba agua y nutrientes dentro de las hojas y qué estructuras tenía para protegerse. No es una simple “foto” de una planta jurásica: es casi una autopsia vegetal realizada 150 millones de años después.

La clave estaba en un paisaje de aguas termales

Santa Cruz acaba de revelar una planta de 150 millones de años conservada con un detalle único en el mundo. La nueva especie permite observar células, tejidos internos y pistas clave sobre los bosques jurásicos de la Patagonia
© Museo Paleontológico Egidio Feruglio.

La explicación de esa preservación excepcional está en el ambiente donde quedó enterrada la planta. Hace más de 150 millones de años, el norte de Santa Cruz no se parecía demasiado a la estepa árida que conocemos hoy. Según detalla el MEF, durante el Jurásico la región del Macizo del Deseado tenía una intensa actividad volcánica y geotérmica, con sistemas de aguas termales ricas en minerales.

Ese contexto fue decisivo. Las aguas cargadas de sílice impregnaron rápidamente hojas y ramas caídas. Luego, la materia orgánica fue reemplazada por minerales a una escala tan fina que terminó generando una especie de molde tridimensional de la planta. En lugar de desaparecer, parte de su arquitectura microscópica quedó atrapada dentro de la roca.

Alejandro Molano lo resumió con una imagen muy clara: la preservación permite ver detalles que rara vez se conservan en fósiles, desde los tejidos que ayudaban a transportar agua y nutrientes hasta los estomas, esos pequeños poros mediante los cuales las plantas intercambian gases con el ambiente. Esa información permite comparar el fósil con especies actuales y reconstruir mejor las relaciones de parentesco entre coníferas.

Una especie nueva con nombre de vidrio

El análisis permitió ubicar los restos dentro del género Austrohamia, conocido por registros fósiles previos en Argentina y China. Sin embargo, la combinación de rasgos observada en estos ejemplares no coincidía con ninguna especie conocida hasta ahora. Por eso recibió un nombre propio: Austrohamia vitrea.

El término “vitrea” viene del latín y significa “de vidrio”. La elección no es casual. Hace referencia a la apariencia translúcida que adquieren las hojas y ramas preservadas dentro de rocas ricas en sílice, una característica que permite observar su anatomía tridimensional casi como si estuviera detrás de una vitrina natural.

La publicación científica también destaca que se trata de la primera especie del género con anatomía interna preservada en tres dimensiones. Esa condición convierte al hallazgo en una pieza especialmente valiosa para estudiar cómo eran estas coníferas antiguas y cómo se adaptaban a los ambientes jurásicos de la Patagonia.

Una ventana a la Patagonia jurásica

Santa Cruz acaba de revelar una planta de 150 millones de años conservada con un detalle único en el mundo. La nueva especie permite observar células, tejidos internos y pistas clave sobre los bosques jurásicos de la Patagonia
© Museo Paleontológico Egidio Feruglio.

El descubrimiento forma parte de una línea de investigación que lleva más de dos décadas en los depósitos de la Formación La Matilde, dentro del Macizo del Deseado. Para los paleobotánicos, esa zona funciona como una cápsula del tiempo: no solo conserva plantas aisladas, sino fragmentos de ecosistemas completos.

En ese paisaje convivían coníferas, helechos, hongos, bacterias, microorganismos y animales del Mesozoico. La imagen es muy distinta a la Patagonia actual: había actividad volcánica, cuerpos de agua, sistemas geotermales y una vegetación diversa que formaba el escenario donde se desarrollaba la vida jurásica.

Por eso Austrohamia vitrea no importa únicamente como nueva especie. Importa porque ayuda a reconstruir el entorno. Sus células mineralizadas, sus canales de resina y sus estomas cuentan algo que una simple huella no podría contar: cómo respiraba, cómo se alimentaba, cómo se protegía y cómo una conífera ya extinta logró prosperar en una Patagonia dominada por calor geotérmico, volcanes y dinosaurios.

A veces, el pasado no aparece en forma de esqueleto gigante. A veces está en una hoja diminuta, atrapada en piedra, esperando 150 millones de años para volver a dejar pasar la luz.

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