En abril de 1984, el transbordador Challenger llevó hasta la órbita terrestre una carga bastante peculiar: 12,5 millones de semillas de tomate. No estaban destinadas a alimentar astronautas ni a crear el primer huerto espacial. La idea era mucho más sencilla y, al mismo tiempo, bastante ambiciosa: dejarlas allí durante aproximadamente un año y entregárselas después a estudiantes para comprobar qué les había hecho el espacio.
El calendario no salió como estaba previsto.
Las semillas permanecieron dentro de la Long Duration Exposure Facility (LDEF) hasta enero de 1990. Cuando el Columbia recuperó aquella enorme plataforma experimental, habían pasado casi seis años alrededor de la Tierra. Lo que originalmente debía ser una exposición relativamente corta se convirtió así en un experimento involuntariamente mucho más extremo. NASA confirma que LDEF pasó unos cinco años y medio en órbita antes de ser recuperada por la misión STS-32.
Doce millones de tomates esperando dentro de un satélite

El experimento se llamaba SEEDS (Space Exposed Experiment Developed for Students) y había sido diseñado por NASA junto con Park Seed Company. Las elegidas fueron semillas de tomate Rutgers California Supreme: eran pequeñas, resistentes, fáciles de germinar y lo suficientemente familiares como para que alumnos de prácticamente cualquier región pudieran trabajar con ellas.
Hay un matiz importante. Las semillas no flotaron desnudas en el vacío espacial. Permanecieron almacenadas dentro de recipientes sellados instalados en LDEF. Aun así, pasaron años sometidas a las condiciones asociadas a permanecer en órbita, incluida la exposición prolongada a radiación y los cambios térmicos que el experimento pretendía estudiar.
LDEF era, básicamente, un enorme laboratorio orbital. Transportaba 57 experimentos científicos y tecnológicos destinados a estudiar qué les sucedía a materiales, componentes y organismos después de permanecer durante largos periodos en el entorno espacial.
Cuando regresaron las semillas, los investigadores hicieron primero una prueba de germinación. Y apareció algo curioso: los primeros lotes expuestos al espacio llegaron a germinar entre un 18% y un 30% más rápido que las semillas equivalentes que habían permanecido en la Tierra. Pero aquel era solamente el comienzo.
NASA convirtió las aulas en un gigantesco laboratorio

En marzo de 1990 comenzaron a salir desde Park Seed cajas repletas de pequeños experimentos científicos. Cada kit destinado a las escuelas incluía semillas que habían viajado al espacio y otras del mismo tipo almacenadas en la Tierra como grupo de control. Los alumnos podían plantarlas bajo las mismas condiciones y registrar cuánto tardaban en germinar, cómo crecían, qué aspecto tenían sus hojas y tallos o cómo se desarrollaban posteriormente las plantas.
La escala terminó siendo enorme. NASA y Park Seed distribuyeron más de 132.000 kits a unos 64.000 docentes, alcanzando aproximadamente 3,3 millones de estudiantes en 40.000 escuelas de Estados Unidos y otros 30 países.
Era ciencia ciudadana décadas antes de que el concepto se popularizara: millones de alumnos estaban utilizando un grupo experimental y otro de control, tomando medidas y enviando los resultados para intentar responder una pregunta real.
Después de seis años en el espacio, los tomates siguieron siendo tomates
Quien esperase plantas mutantes probablemente acabó decepcionado. Aunque las semillas espaciales mostraron inicialmente una germinación algo más rápida, el análisis general no encontró transformaciones espectaculares ni cambios capaces de separar claramente a aquellas plantas de sus equivalentes terrestres. La conclusión del proyecto fue mucho más interesante desde el punto de vista biológico: las semillas podían permanecer años en órbita y seguir produciendo plantas esencialmente normales.
Eso convertía en resultado incluso la ausencia de un resultado espectacular. Las semillas habían pasado casi seis años alrededor de la Tierra, habían viajado primero en el Challenger y regresado finalmente en el Columbia. Sin embargo, al terminar enterradas en macetas de miles de escuelas, hicieron algo sorprendentemente cotidiano.
Germinaron, crecieron y produjeron tomates. Y para millones de estudiantes, aquella normalidad fue precisamente la forma en que NASA consiguió llevar un pedazo del espacio directamente hasta el aula.