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Ciencia

En Costa Rica enterraron un pastizal muerto bajo 12.000 toneladas de cáscaras de naranja y después olvidaron el experimento. Cuando los científicos regresaron 16 años más tarde, ya había un bosque encima

Lo que parecía un vertedero a cielo abierto terminó ocultando hasta el enorme cartel que señalaba la parcela. El terreno tratado acumuló un 176% más de biomasa y multiplicó por tres su variedad de árboles, aunque una disputa judicial impidió repetir el experimento.
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Los científicos estaban seguros de haber llegado al lugar correcto. Tenían las coordenadas, conocían el camino y sabían que junto a la carretera debía existir un cartel de madera de más de dos metros. Sin embargo, no conseguían encontrarlo.

No se lo habían llevado ni había sido destruido. Seguía allí, a pocos pasos de ellos, completamente sepultado bajo enredaderas, ramas y un bosque joven que no existía cuando fue colocado.

Dieciséis años antes, aquella parcela del noroeste de Costa Rica era un pastizal castigado por décadas de ganadería, incendios y erosión. Su suelo estaba compactado, era rocoso y tenía pocos nutrientes. Después llegaron unos mil camiones y descargaron sobre tres hectáreas alrededor de 12.000 toneladas de cáscaras y pulpa de naranja. Lo que ocurrió a continuación convirtió un residuo industrial pegajoso en uno de los experimentos de restauración tropical más extraños jamás realizados.

Una fábrica de zumo tenía un problema y dos ecólogos vieron un bosque posible

En Costa Rica enterraron un pastizal muerto bajo 12.000 toneladas de cáscaras de naranja y después olvidaron el experimento. Cuando los científicos regresaron 16 años más tarde, ya había un bosque encima
© Daniel Janzen y Winnie Hallwachs.

La historia comenzó en 1997, cuando la empresa costarricense Del Oro puso en marcha una planta procesadora de cítricos junto al Área de Conservación Guanacaste. Producir zumo a gran escala también generaba montañas de cáscaras y pulpa que debían secarse, transportarse o eliminarse de alguna manera.

Los ecólogos Daniel Janzen y Winnie Hallwachs propusieron un intercambio poco habitual. Del Oro entregaría terrenos boscosos a la zona protegida y, a cambio, podría depositar gratuitamente sus residuos de naranja sobre antiguos campos ganaderos que necesitaban ser recuperados. La empresa se ahorraba construir una costosa instalación para secar los desperdicios y el parque recibía nuevas tierras, además de una posible herramienta para acelerar el regreso del bosque.

La compañía extendió unos mil cargamentos sobre el terreno. Las cáscaras utilizadas ya habían perdido buena parte de sus aceites esenciales durante el procesamiento industrial, lo que facilitaba su descomposición. Durante los primeros meses, sin embargo, el paisaje debió parecer menos una operación ecológica que un gigantesco montón de fruta aplastada.

El proyecto apenas tuvo tiempo de avanzar. TicoFrut, una empresa rival, denunció el acuerdo al considerar que Del Oro estaba utilizando un área protegida como vertedero. La Sala Constitucional de Costa Rica le dio la razón en 1998 y prohibió continuar con las descargas. Los planes para cubrir nuevas parcelas quedaron cancelados y el terreno salió del radar de los investigadores durante aproximadamente 15 años.

El bosque creció tanto que terminó ocultando la propia prueba

En Costa Rica enterraron un pastizal muerto bajo 12.000 toneladas de cáscaras de naranja y después olvidaron el experimento. Cuando los científicos regresaron 16 años más tarde, ya había un bosque encima
© Daniel Janzen y Winnie Hallwachs.

En 2013, Timothy Treuer, entonces investigador de Princeton, decidió visitar la parcela. Lo que encontró fue una pared de vegetación. El antiguo pastizal se había llenado de árboles, lianas y maleza hasta el punto de que el equipo pasó repetidas veces junto al gran cartel sin verlo. Al otro lado del camino, el terreno que no había recibido residuos seguía cubierto en buena medida por hierba, suelo expuesto y vegetación mucho más escasa.

La diferencia visual era espectacular, pero no bastaba para demostrar que las naranjas fueran responsables. Los científicos trazaron líneas de muestreo dentro de la parcela tratada y en un área vecina de control. Midieron el diámetro de los árboles, identificaron especies, analizaron muestras del suelo y estudiaron cuánto se había cerrado el dosel.

Los resultados, publicados originalmente en Restoration Ecology en 2017, fueron contundentes. La zona cubierta con residuos presentaba un 176% más de biomasa leñosa sobre el suelo. También tenía tres veces más riqueza de especies de plantas leñosas, árboles distribuidos de manera más equilibrada, una cubierta vegetal mucho más cerrada y concentraciones superiores de distintos nutrientes, incluso 16 años después de la descarga.

Conviene precisar la cifra: el estudio no encontró exactamente “tres veces más biomasa”, como se repite en algunas versiones recientes, sino un aumento del 176% respecto a la parcela de control. Lo que sí se triplicó fue la riqueza de especies leñosas.

Las cáscaras no plantaron el bosque: eliminaron lo que impedía que regresara

El experimento no permite identificar un único mecanismo, porque solo existió una parcela tratada y no fue diseñado originalmente como una prueba controlada con múltiples réplicas. Los propios investigadores advirtieron que no podían atribuir el resultado con absoluta seguridad a un proceso concreto.

La explicación más probable combina varios efectos. La gruesa capa de residuos cubrió y asfixió las gramíneas que dominaban el pastizal. Estas hierbas suelen competir agresivamente con los árboles jóvenes, favorecen los incendios y pueden impedir durante años que las semillas del bosque consigan establecerse.

Mientras el pasto desaparecía, la pulpa se transformaba en materia orgánica, mejoraba la retención de humedad y devolvía nutrientes a un suelo agotado. La fauna, el viento y la lluvia hicieron el resto, transportando semillas desde los bosques cercanos. Las cáscaras no crearon árboles de la nada: despejaron el camino para que el ecosistema comenzara a reconstruirse por sí mismo.

Eso tampoco significa que llenar cualquier terreno de desperdicios vaya a producir el mismo resultado. La dosis, la composición del residuo, la cercanía de bosques capaces de aportar semillas y el riesgo de contaminar aguas o alterar el suelo deben estudiarse en cada caso. El trabajo fue una demostración prometedora, no una licencia para convertir áreas degradadas en vertederos orgánicos.

La gran ironía es que el experimento fue detenido cuando aún parecía un desastre ambiental. Para cuando los científicos pudieron medir sus consecuencias, aquello que había sido denunciado como una montaña de basura había desaparecido por completo. En su lugar quedaba un bosque tan espeso que ni siquiera permitía encontrar el cartel que advertía dónde había comenzado todo.

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