Bienvenidos a Longyearbyen, un pequeño pueblo noruego situado en las islas Swalbard, a medio camino entre Noruega y el Polo Norte. Además de no ver la luz del Sol durante cuatro meses al año y de temperaturas que llegan a los -46 grados Celsius, los 2.144 habitantes de Longyearbyen tienen prohibido morirse.

No se trata de una ley en sentido estricto, pero sí de una recomendación oficial en vigor desde 1950. Lamentablemente no se trata de que los habitantes del pueblo hayan descubierto el anhelado secreto de la inmortalidad. Simplemente no es posible acceder a servicios funerarios en el pueblo. En Longyearbyen no hay tanatorio ni se entierran cadáveres.

Cuando una persona cae enferma y su dolencia reviste cierta gravedad, la recomendación oficial es que se traslade al continente por si acaso se muere. Las mujeres en los últimos días del embarazo también deben abandonar el pueblo y dirigirse a la Noruega continental a dar a luz.

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La razón de esta extraña norma no tiene que ver con la falta de instalaciones médicas. Longyearbyen tiene un pequeño hospital. El problema está relacionado con las bajas temperaturas. La máxima de los últimos 17 años ha sido de 18 grados en junio, y lo normal es que el termómetro nunca pase de cero durante ocho de los 12 meses del año. El frío es tan extremo que los difuntos enterrados allí sencillamente no se descomponen.

Cuando descubrieron esta eventualidad, las autoridades de Longyearbyen decidieron prohibir a sus habitantes morirse y ser enterrados en la localidad por temor a que los cadáveres frescos puedan diseminar enfermedades. El temor no es infundado. En 1998, un equipo de investigadores exhumó varios cuerpos y encontró en ellos virus vivos de una epidemia mortal de gripe que arrasó la pequeña localidad minera... en 1918. En realidad, los muertos que no se descomponen es un problema que afecta a toda Noruega, pero en Longyearbyen es especialmente extremo.

Lo que sí está permitido es incinerar un difunto fuera de Swalbard y devolver sus cenizas al pueblo. Por fortuna, la norma no incluye las muertes accidentales. La isla es el hogar también de más de mil osos polares. Por fortuna, los habitantes de Longyearbyen están bastante acostumbrados a su presencia. De hecho, sí hay una ley oficial al respecto que obliga a los ciudadanos a portar rifle si se aventuran fuera del pueblo. También están terminantemente prohibidos los gatos porque afectan a las aves de la isla. [vía Mens Health y JohnnyJet]