Noruega es un país relativamente pequeño donde el espacio es un lujo incluso cuando estás muerto. Como en muchos otros países europeos, esto lleva a una práctica usual, que es disponer del espacio donde se ha enterrado una persona para reutilizarlo una vez han pasado 20 años, y si sus familiares no quieren conservar el sitio pagando una cuota. Pero Noruega está empezando a tener un problema serio. Esta práctica no se puede llevar a cabo porque los cadáveres no se descomponen.

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La razón de este fenómeno no es el intenso frío noruego ni algún tipo de sustancia química en el subsuelo. La razón es una ley que fue aprobada poco después de la Segunda Guerra Mundial que obligaba a enterrar los cadáveres envueltos en plástico.

La normativa pretendía hacer más higiénica la práctica de enterrar un cadaver, pero lo que ha conseguido es que los cuerpos no desaparezcan por acción de la madre naturaleza, sino que se conserven en bastante buen estado. La práctica ya no se usa, pero ahora Noruega tiene unas 350.000 plazas en cementerios que no puede reutilizar, y las autoridades no están dispuestas a ceder más terreno para ampliar estos lugares.

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La solución ha llegado de manos de un antiguo empleado de funeraria llamado Kjell Larsen Ostbye y es el extracto de lima. Larsen ha inventado una técnica que consiste en unas sondas que se clavan en el suelo y atraviesan el plástico inyectando un concentrado de jugo de lima. La acidez de la fruta acelera la descomposición del cuerpo y lo hace desaparecer de forma natural en un plazo no superior a un año.

Kjell Larsen Ostbye ha perfeccionado el método de inyección junto a un amigo ingeniero llamado Rikard Karlsson. Ambos han probado con éxito su técnica en 17.000 tumbas previa aprobación de sus familiares. El proceso lo lleva a cabo una máquina, tarda sólo 10 minutos y no deja rastro. La rehabilitación del espacio en sus cementerios costará a las arcas del gobierno noruego unos 670 euros por cada tumba. [The Wall Street Journal vía Sarah Zhang]

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Foto: Shutterstock / jurasy