Desde un satélite, la costa de Almería parece tener una enorme mancha blanca pegada al Mediterráneo. No es nieve, sal ni una ciudad. Son decenas de miles de invernaderos, tan concentrados que han terminado convirtiendo esta parte del sureste español en uno de los paisajes agrícolas más reconocibles del planeta.
La NASA lo bautiza directamente como el “mar de invernaderos de Almería” y llegó a estimar una superficie superior a 40.000 hectáreas si se considera la extensión provincial del cultivo protegido. Los datos oficiales más recientes de la Junta de Andalucía afinan algo más la fotografía: la superficie físicamente invernada de Almería permanece alrededor de 33.000 hectáreas, unos 330 kilómetros cuadrados. Es, por sí sola, una superficie ligeramente superior a la de Malta.
Lo extraordinario es que hace apenas unas generaciones prácticamente nada de esto existía.
Los agricultores empezaron poniendo arena y plástico. Terminaron construyendo una fábrica de alimentos para Europa

En la década de 1950, el Campo de Dalías estaba dominado por matorral, pastos y pequeñas explotaciones agrícolas. Los agricultores comenzaron a experimentar con capas de arena, acolchado y posteriormente cubiertas de plástico para proteger las plantas de los fuertes vientos, conservar humedad y elevar la temperatura del suelo.
Funcionó demasiado bien.
A las cubiertas se sumaron después el riego por goteo, los cultivos sin suelo, la hidroponía, el control climático y el control biológico de plagas. El resultado fue convertir una de las regiones más secas de Europa en una enorme instalación agrícola capaz de producir tomates, pimientos, pepinos, calabacines, berenjenas, sandías y melones durante los meses en los que buena parte del continente tiene dificultades para cultivarlos.
En la campaña 2024/2025, Almería superó los cuatro millones de toneladas de producción hortofrutícola y alcanzó unos 3.716 millones de euros en exportaciones, según la Junta. Solo el pimiento rondó las 913.000 toneladas. Hay además un detalle especialmente extraño: tantos techos blancos terminaron modificando incluso el clima de la zona.
Cubrir kilómetros de suelo con plástico blanco terminó funcionando como un gigantesco espejo

Entre 1983 y 2006, investigadores de la Universidad de Almería detectaron en la zona intensamente cubierta por invernaderos una tendencia de −0,3 ºC por década, mientras el sureste español circundante se calentaba.
La explicación propuesta fue el albedo. Los plásticos blanqueados reflejan mucha más radiación solar que el suelo oscuro que había antes. El estudio calculó un aumento del albedo cercano a 0,09 y estimó un forzamiento radiativo negativo medio de 19,8 W/m². Investigaciones posteriores mediante modelos atmosféricos encontraron un enfriamiento medio anual próximo a 0,25 ºC asociado a ese cambio de reflectividad.
Eso no significa que los invernaderos “combatan el cambio climático”: es un efecto local provocado por transformar radicalmente la superficie.
El otro desafío es el agua. Aquí hay una cifra que conviene corregir respecto a algunas versiones de esta historia: la desaladora de Campo de Dalías no produce 120.000 m³ diarios. Su capacidad actual es de 97.200 m³ al día y abastece tanto a población como a unas 8.000 hectáreas de regadío. Los 120.000 m³ corresponden a la desaladora de Carboneras, también en Almería, pero situada en otra zona de la provincia.
El milagro agrícola también tiene una cara bastante menos fotogénica
El “Mar de Plástico” no es únicamente una historia de eficiencia. La enorme demanda de mano de obra agrícola ha atraído durante décadas a miles de trabajadores migrantes, y alrededor de los invernaderos siguen existiendo asentamientos informales sin servicios básicos. El Servicio Jesuita a Migrantes estimaba en 2024 que unas 4.000 personas vivían en este tipo de asentamientos solo en Níjar; investigaciones posteriores siguieron documentando problemas de vivienda, discriminación y explotación laboral.
También quedan desafíos relacionados con residuos plásticos, acuíferos y disponibilidad de agua, aunque el propio sector lleva años introduciendo reciclaje, control biológico y recursos desalados y regenerados.
La transformación de Almería, por tanto, difícilmente cabe en una sola etiqueta. No convirtió exactamente un desierto en un huerto, porque el Campo de Dalías era una llanura semiárida y el verdadero desierto de Tabernas está en otra zona de la provincia.
Lo que hizo quizá resulte todavía más impresionante: convirtió uno de los lugares más secos de Europa en una gigantesca máquina agrícola de 330 kilómetros cuadrados que hoy ayuda a llenar los supermercados de medio continente.