Las islas Auckland, un archipiélago subantártico ubicado unos 560 kilómetros al sur de la isla Sur de Nueva Zelanda, son un territorio de vientos fuertes, temperaturas bajas y mares particularmente peligrosos. En 1807, el capitán Abraham Bristow liberó allí un grupo de cerdos, una práctica habitual entre navegantes de la época: la idea era que esos animales funcionaran como reserva de alimento para futuros náufragos o tripulaciones necesitadas de provisiones. En 1840 hubo al menos otra liberación adicional, a cargo de James Ross, que sumó más ejemplares a la población original.
Casi dos siglos sin contacto con el resto del mundo

Sin depredadores naturales que los controlaran, los cerdos se reprodujeron durante generaciones en un ambiente hostil, prácticamente aislados de cualquier otra población porcina del planeta durante más de un siglo. Ese aislamiento tuvo un costo ecológico: los animales terminaron alimentándose de vegetación nativa y destruyendo nidos de aves marinas que anidan en el suelo de las islas, entre ellas petreles y albatros, lo que llevó al Departamento de Conservación de Nueva Zelanda a impulsar su erradicación como parte de un plan más amplio de restauración ambiental, hoy conocido como proyecto Maukahuka.
El rescate de 17 cerdos
Antes de que avanzara la erradicación, en 1999 la Rare Breeds Conservation Society of New Zealand retiró 17 cerdos de la isla principal del archipiélago para preservarlos en el territorio continental, según un estudio publicado en la revista Xenotransplantation. Los animales capturados resultaban muy distintos de los cerdos domésticos de granja: tenían un cuerpo más delgado y musculoso, adaptado a las duras condiciones de la isla, y las hembras presentaban pocas mamas funcionales, una característica vinculada a la baja tasa de supervivencia de las crías en un entorno donde el hambre era una amenaza constante.
Lo que encontraron los científicos

Una vez en cautiverio, los análisis revelaron algo inesperado: los cerdos de Auckland presentaban una incidencia mucho menor de numerosas infecciones habituales en las poblaciones porcinas comerciales. El aislamiento de generaciones había reducido drásticamente su exposición a enfermedades presentes en otros animales domésticos y salvajes, hasta convertirlos, según los propios investigadores, en los cerdos «más limpios» desde el punto de vista virológico que se conocen, con niveles de retrovirus endógenos porcinos (PERV) comparables o más bajos que los de otras razas occidentales, según un estudio publicado en Microorganisms.
De la supervivencia a la investigación médica
Esa limpieza virológica abrió una puerta que nadie había imaginado dos siglos atrás: el uso de tejidos de estos cerdos en xenotrasplante, la disciplina que estudia la transferencia de células, tejidos u órganos entre especies distintas. Las células de los islotes pancreáticos de los cerdos de Auckland, responsables en el cuerpo del animal de producir insulina, despertaron especial interés para tratar la diabetes tipo 1, y ya se usaron como fuente de donantes en ensayos clínicos de trasplante de islotes encapsulados en pacientes de Nueva Zelanda y Argentina, sin que se detectara transmisión de virus porcinos en ninguno de los dos casos. Los descendientes de aquellos 17 ejemplares rescatados en 1999 siguen manteniéndose hoy en instalaciones especializadas, con fines tanto de conservación de la raza como de investigación médica.