Colombia apostó fuerte por las energías renovables, y La Guajira se convirtió en el escenario ideal para el desarrollo eólico. Sin embargo, lo que parecía una transición ejemplar pronto reveló grietas profundas. Las tensiones con el pueblo indígena wayuu han destapado conflictos por territorio, derechos y participación. Esta es la historia de una promesa verde que se topó con una realidad ancestral mucho más compleja.
El potencial que se convirtió en disputa
La Guajira, al norte de Colombia, es una de las regiones con mayor pobreza del país y hogar ancestral del pueblo wayuu. A la vez, su ubicación geográfica y los vientos constantes la volvieron pieza clave en el plan del gobierno para generar energía limpia. En palabras del presidente Gustavo Petro, su capacidad podría sustituir toda la generación eléctrica nacional, incluidas las hidroeléctricas.

Ese potencial no pasó desapercibido. Empresas, muchas de ellas multinacionales, comenzaron a desembarcar con decenas de proyectos eólicos en carpeta. Se hablaba de más de 50 parques, y hoy ya hay 15 en construcción. Uno de los pioneros, Guajira I, genera 20 MW. Pero esta avanzada energética no ha sido bien recibida por todos.
La guerra invisible del viento
Más allá del despliegue tecnológico, en La Guajira se vive lo que algunos llaman “la guerra del viento”. No por el rechazo a la energía eólica en sí, sino por cómo se ha llevado adelante: sin estudios adecuados, sin garantías de derechos y sin una consulta real con las comunidades wayuu, que consideran sagrado su territorio.
El pueblo indígena denuncia acuerdos firmados con personas que no los representan, consultas manipuladas y promesas incumplidas. Las turbinas no solo modifican el paisaje, también perturban sus costumbres y su sueño. “El ruido por las noches no nos deja descansar. Para nosotros, soñar es algo sagrado”, cuenta José Iguarán, uno de los referentes locales.
¿Progreso o imposición?
La situación es tensa. Si bien algunas comunidades han recibido infraestructura o cuotas proporcionales a la venta de electricidad y bonos de carbono, muchos denuncian que esos beneficios llegan en condiciones desiguales. Las inversiones sociales, dicen, solo se pueden realizar a través de las mismas empresas responsables de los proyectos, sin autonomía real de las comunidades.

Los expertos, como el abogado Mikel Berraondo, advierten que no se están cumpliendo los estándares internacionales que protegen los derechos de los pueblos indígenas. La desconfianza crece, y las consecuencias también. Empresas como Enel y EDP Renewables ya han abandonado proyectos en la región por los constantes conflictos y retrasos.
El viento sopla con obstáculos
Lo que iba a ser una revolución energética se ha convertido en un dilema social, ético y político. La pregunta ya no es si La Guajira puede generar energía limpia, sino cómo hacerlo respetando a quienes han habitado esas tierras por generaciones. Porque cuando el progreso avanza sin escuchar, hasta el viento puede volverse en contra.
Fuente: Xataka.