Durante décadas, Estados Unidos ha sido el destino soñado de millones de viajeros europeos. Sin embargo, un fenómeno creciente sugiere que algo está rompiendo ese hechizo. Datos recientes reflejan una caída alarmante en las reservas y visitas, mientras expertos y gigantes del turismo reconocen una tendencia que va más allá de lo temporal: podría tratarse de un cambio estructural con implicaciones globales.
Un descenso que no pasa desapercibido

Este tipo de decisiones personales se reflejan en cifras más amplias: en marzo, los turistas europeos que pasaron al menos una noche en EE. UU. disminuyeron un 17% en comparación con el mismo mes del año anterior. La estadística proviene de la Administración de Comercio Internacional (ITA) y preocupa a una industria que representa cerca del 2,5% del PIB estadounidense.
Los datos no son aislados. Las gráficas del Financial Times muestran descensos marcados en el número de viajeros desde países como Reino Unido, Alemania, España, Suiza o Noruega. En algunos casos, la caída supera el 20%. Incluso se detecta una disminución en vuelos desde múltiples regiones, consolidando una tendencia difícil de ignorar.
Reservas a la baja y advertencias oficiales

Las señales se repiten desde distintos frentes. El grupo hotelero francés Accor, con fuerte presencia en EE. UU., informó a principios de abril que las reservas de europeos para el verano han caído un 25%. En lugar de viajar a Norteamérica, los turistas se están decantando por destinos alternativos como Canadá, Egipto o Sudamérica. En España, la Confederación de Agencias de Viaje también advierte sobre el enfriamiento del interés por visitar Estados Unidos.
Como resultado, Tourism Economics ha corregido sus previsiones. Si en febrero se anticipaba una contracción del 5% en el turismo hacia EE. UU., ahora se espera una caída cercana al 9,4%. La agencia francesa Voyageurs du Monde calcula un descenso del 20% desde la investidura de Trump.
El propio director ejecutivo de Accor apunta a una «ansiedad generalizada por entrar en un territorio desconocido». El clima político actual, sumado a la tensión entre Washington y Bruselas, las guerras comerciales, y una percepción internacional más negativa, podrían estar alimentando esta desafección creciente.
Un fenómeno global que va más allá del turismo

El cambio no se limita a Europa. En Canadá, las estadísticas oficiales muestran que los viajes por carretera hacia Estados Unidos cayeron un 23% en febrero. En el transporte aéreo, la disminución fue del 13%. En China, las autoridades han emitido advertencias alertando a sus ciudadanos sobre riesgos comerciales y sociales si viajan a Estados Unidos.
Esta reacción internacional se extiende también a los productos. Desde hace meses, diversas plataformas y redes sociales impulsan un boicot a productos «Made in USA», sugiriendo alternativas europeas o nacionales. En Dinamarca, algunas tiendas incluso identifican con estrellas los productos fabricados dentro de Europa, promoviendo así el consumo local.
Además, varios países han actualizado sus recomendaciones de viaje, especialmente en relación con las nuevas políticas migratorias y de control fronterizo de EE. UU. La preocupación por la seguridad de determinados colectivos, como las personas trans, ha llevado a países como España y Dinamarca a emitir nuevas directrices para sus ciudadanos.
¿Una tendencia pasajera o un punto de inflexión?

La magnitud de la caída en el turismo y el eco en otros sectores parecen indicar que no se trata de una simple fluctuación temporal. Lo que comenzó como una reacción a un cambio político podría estar dando paso a un reajuste más profundo en las preferencias de los viajeros y consumidores globales.
Con un descenso que ya se aproxima al 10%, el turismo estadounidense enfrenta un desafío que pone en cuestión su posición histórica como destino privilegiado. Y si la percepción no mejora, podría arrastrar a otros sectores clave de la economía estadounidense en un efecto dominó inesperado.