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Tecnología

Estamos enseñando a la IA a ser más humana, pero ella también podría estar cambiándonos

Investigadores plantean que la interacción frecuente con sistemas de inteligencia artificial podría modificar poco a poco nuestra forma de comunicarnos y presentarnos ante los demás. El fenómeno, denominado “humanidad robotoide”, surgiría cuando empezamos a adaptar nuestro comportamiento a aquello que las máquinas pueden interpretar y responder con mayor facilidad.
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La inteligencia artificial ya está cambiando nuestra manera de trabajar, estudiar, buscar información e incluso relacionarnos con la tecnología. Pero su influencia podría llegar bastante más lejos. Un nuevo trabajo publicado en AI & Society plantea que interactuar de manera habitual con sistemas de IA podría modificar progresivamente nuestra propia identidad, muchas veces sin que seamos conscientes de ello.

Los autores Selcen Ozturkcan, Jean-Paul de Cros Peronard e Inci Toral-Manson denominan a este fenómeno “robotoid humanness”, que podríamos traducir como “humanidad robotoide”. La idea describe una situación en la que las personas comienzan a sentirse más cómodas y eficaces cuando su manera de expresarse se vuelve compatible con el ritmo, las categorías y la lógica que utilizan las máquinas.

No significa que una IA nos convierta literalmente en robots. El proceso sería mucho más sutil.

Cuando la IA deja de adaptarse solamente a nosotros

Los sistemas conversacionales actuales intentan ofrecer interacciones cada vez más naturales. Recuerdan preferencias, mantienen determinados contextos y generan respuestas adaptadas al usuario. Pero los investigadores plantean que esa adaptación puede funcionar también en dirección contraria.

A medida que aprendemos qué tipo de instrucciones entiende mejor una IA, cómo debemos formular una pregunta o qué estructura produce mejores respuestas, nosotros también empezamos a adaptarnos al sistema.

Los autores proponen un mecanismo compuesto por tres etapas. Primero entramos en una interacción con una máquina que percibimos como social y significativa. Después, el sistema construye una representación simplificada de nosotros a partir de nuestros comportamientos y preferencias. Finalmente, esa representación vuelve a presentarse mediante respuestas personalizadas y puede provocar que ajustemos nuestra conducta a aquello que la máquina reconoce con mayor facilidad.

Con suficientes interacciones, ese círculo podría reforzarse.

El peligro que plantea el artículo es que nuestra identidad termine siendo progresivamente más sencilla, predecible y legible para los algoritmos, reduciendo parte de la ambigüedad, contradicciones e imprevisibilidad características de las personas.

El problema no sería imitar, sino qué estamos imitando

Los seres humanos modificamos constantemente nuestra manera de hablar dependiendo de quién tenemos delante. No utilizamos exactamente el mismo lenguaje con amigos, familiares, compañeros de trabajo o desconocidos.

La diferencia, según los investigadores, estaría en la naturaleza de la respuesta. Las personas pueden confrontarnos, interpretar nuestras palabras de maneras inesperadas o introducir puntos de vista completamente diferentes. Los sistemas personalizados, en cambio, suelen buscar interacciones fluidas y respuestas compatibles con los patrones que han identificado previamente.

Esto podría generar una especie de espejo algorítmico: la máquina construye una versión simplificada del usuario, se la devuelve mediante personalización y, poco a poco, esa persona puede comenzar a comportarse de acuerdo con ese reflejo. Pero existe una diferencia fundamental antes de alarmarnos. El estudio no demuestra que esto ya esté sucediendo.

El artículo, publicado el 19 de agosto de 2026, desarrolla un marco conceptual basado en investigaciones anteriores y propone hipótesis que todavía deberán comprobarse mediante estudios experimentales y longitudinales con usuarios reales.

Por ahora, por tanto, la “humanidad robotoide” debe entenderse como una advertencia teórica y no como un efecto probado.

Aun así, plantea una pregunta especialmente relevante en una época en la que millones de personas hablan diariamente con sistemas de inteligencia artificial: mientras las máquinas aprenden cada vez mejor a parecerse a nosotros, quizá también deberíamos preguntarnos cuánto estamos empezando nosotros a parecernos a ellas.

 

 

Fuente: Xataka.

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