Coca-Cola, Nike o Apple han convertido colores, símbolos y diseños en algo que reconocemos casi antes de leer sus nombres. Parece una consecuencia lógica de la publicidad y el capitalismo moderno, pero hace 3.200 años alguien estaba haciendo algo inquietantemente parecido en medio del desierto de Arabia.
La pista apareció en Qurayyah, un gran oasis fortificado del noroeste de la actual Arabia Saudí. Allí, arqueólogos llevan años encontrando una cerámica decorada tan característica que durante décadas fue conocida como “cerámica madianita”. Un nuevo estudio publicado en PLOS ONE sostiene ahora que aquellas vasijas cumplían suficientes características como para hablar de una auténtica “marca” prehistórica.
Hace 3.600 años empezaron a fabricar una cerámica que acabaría reconociéndose a cientos de kilómetros

La llamada Qurayyah Painted Ware (QPW) comenzó a desarrollarse alrededor del final del siglo XVII a. C. No fue una moda pasajera. La tradición evolucionó durante siglos y terminó generando diferentes repertorios claramente identificables a lo largo de la Edad del Bronce y del Hierro.
Hacia los siglos XIII-XI a. C. apareció una de sus expresiones más llamativas, conocida como QPW 4: vasijas decoradas en dos colores con aves, avestruces, gacelas, íbices, leones, toros, perros, roedores y figuras humanas participando incluso en escenas rituales. La variedad iconográfica encontrada en Qurayyah es mucho mayor que en los lugares donde esta cerámica apareció posteriormente.
Los investigadores combinaron análisis macroscópicos, petrografía y análisis por activación neutrónica, capaz de estudiar la composición química de las piezas y ayudar a determinar dónde fueron fabricadas. Los resultados respaldan que Qurayyah fue efectivamente un gran centro productor y que parte de aquella cerámica salió del oasis hacia otros territorios.
Algunas piezas llegaron cientos de kilómetros hacia el norte, al sur del Levante, incluyendo lugares asociados con Timna y Tell el-Kheleifeh. Eso significa que no estamos ante una decoración que simplemente apareció de manera independiente en distintas comunidades: hubo producción local y circulación a larga distancia.
Lo sorprendente es que cumple muchos de los ingredientes de una marca moderna

Aquí es donde el estudio se vuelve especialmente curioso. Los arqueólogos no están diciendo que existiera una empresa con logotipo, departamento de marketing y derechos de propiedad intelectual. Utilizan “marca” como herramienta para describir un fenómeno que reúne características extraordinariamente familiares: una identidad visual consistente, una tecnología de producción reconocible, origen centralizado, reputación, exportación e imitación fuera del lugar de fabricación.
De hecho, investigaciones anteriores de Marta Luciani ya habían descrito el estilo de Qurayyah como algo semejante a un “diseño corporativo” que trascendió las propias vasijas. En una tumba apareció incluso un colgante de arcilla pintada que imitaba joyas de oro y seguía los mismos códigos visuales de la cerámica local. Es decir, el estilo podía ser suficientemente poderoso como para convertirse en una firma cultural del oasis.
Y eso desmonta otra imagen bastante extendida sobre las comunidades que habitaban Arabia durante la Edad del Bronce: Qurayyah no era un pequeño asentamiento aislado sobreviviendo como podía en el desierto. La investigación arqueométrica muestra una comunidad especializada, conectada con redes tecnológicas y comerciales que alcanzaban Arabia y el Levante.
El marketing quizá no empezó con anuncios: empezó cuando alguien quiso que reconocieran su producto

Nunca sabremos qué pensaba exactamente una persona hace 3.200 años cuando veía una de estas vasijas lejos de Qurayyah. Tampoco podemos afirmar que eligiera una pieza por “fidelidad a la marca” en el sentido actual. Pero hay algo difícil de ignorar.
Los artesanos consiguieron desarrollar un producto visualmente reconocible, mantener su identidad durante generaciones, exportarlo fuera de su región y generar suficiente influencia como para que su estética apareciera lejos del lugar de origen. El propio artículo científico lleva un título revelador: Creating a brand.
Muchísimo antes de los escaparates, los anuncios y los logotipos, alguien en un oasis de la Edad del Bronce ya había descubierto una de las ideas más poderosas del comercio: no basta con fabricar algo; conseguir que los demás sepan de dónde viene y quieran reconocerlo puede hacerlo todavía más valioso.