Saltar al contenido

Extraer ARN funcional de una especie extinta parecía imposible. El hallazgo en el tigre de Tasmania que reescribe los límites de la biología

Un equipo de la Universidad de Estocolmo logró recuperar y analizar ARN de un tilacino conservado desde 1891. El avance permite observar qué genes estaban activos en tejidos de un animal extinguido en 1936, abriendo una nueva etapa para la paleotranscriptómica y los debates sobre desextinción.

Durante años, la paleogenómica ha logrado lo impensable: leer el ADN de especies extintas y reconstruir fragmentos de su historia evolutiva. Pero había una frontera que parecía infranqueable. El ARN, la molécula que indica qué genes estaban activos en un tejido concreto, se consideraba demasiado frágil para sobrevivir décadas fuera de un organismo vivo. Un nuevo estudio acaba de romper ese límite al recuperar ARN funcional del tigre de Tasmania, un animal extinguido en 1936.

De la foto fija del ADN al “vídeo” del ARN

Extraer ARN funcional de una especie extinta parecía imposible. El hallazgo en el tigre de Tasmania que reescribe los límites de la biología
© Genome Research.

El trabajo, liderado por Marc R. Friedländer en la Universidad de Estocolmo y publicado en Genome Research, marca el nacimiento práctico de la paleotranscriptómica: el estudio de ARN antiguo. A diferencia del ADN, que nos dice qué genes existen, el ARN revela cuáles estaban en funcionamiento en un momento determinado. Es, en cierto modo, pasar de una foto fija del genoma a una escena en movimiento de la actividad celular.

El equipo analizó un espécimen de tilacino conservado en el Museo Sueco de Historia Natural desde finales del siglo XIX. Parte del cuerpo se mantuvo en condiciones secas y a temperatura ambiente, un detalle que resultó clave para frenar la degradación química del ARN. A partir de muestras de músculo y piel, los investigadores lograron extraer millones de fragmentos de ARN y secuenciarlos con técnicas de alto rendimiento.

Lo que el ARN cuenta sobre un animal desaparecido

Los perfiles de expresión génica encajaban sorprendentemente bien con el origen de las muestras. En el tejido muscular aparecieron señales intensas de genes implicados en la contracción y el metabolismo energético, como los relacionados con fibras musculares lentas. En la piel, predominaban transcripciones de queratinas, proteínas esenciales para la protección externa. Incluso se detectaron restos de ARN de hemoglobina, una pista de que había sangre presente en el momento de la preparación del espécimen.

Más allá de confirmar funciones básicas, el ARN recuperado permitió ampliar de forma notable el catálogo de microARN del tilacino, pequeñas moléculas reguladoras que afinan la producción de proteínas. También ayudó a mejorar la anotación de su genoma, corrigiendo regiones que habían pasado desapercibidas en estudios previos basados solo en ADN.

Museos como archivos del pasado… y del futuro

Extraer ARN funcional de una especie extinta parecía imposible. El hallazgo en el tigre de Tasmania que reescribe los límites de la biología
© Genome Research.

Una de las consecuencias más intrigantes del hallazgo es la posibilidad de que los museos de historia natural funcionen como archivos biológicos no solo de especies, sino también de patógenos antiguos. En las muestras se detectaron indicios de virus de ARN históricos. Si futuras investigaciones confirman esta línea, estas colecciones podrían convertirse en una ventana inesperada a la evolución de familias virales, con implicaciones para entender el origen de enfermedades y anticipar posibles pandemias.

Desextinción y nuevos dilemas

El avance reaviva también el debate sobre la desextinción. Conocer qué genes estaban activos en determinados tejidos de una especie desaparecida ofrece una capa de información funcional que el ADN por sí solo no aporta. No basta con “copiar” un genoma: entender cómo se regulaba puede ser crucial para cualquier intento de recrear organismos extintos en el futuro. A la vez, plantea preguntas éticas y técnicas sobre hasta dónde conviene llegar en ese camino.

Lo que queda claro es que el ARN antiguo ha dejado de ser una quimera. Si una molécula tan frágil puede sobrevivir casi un siglo en un espécimen de museo, es probable que estemos subestimando el potencial de muchas colecciones olvidadas en estanterías. El pasado biológico del planeta quizá no esté tan mudo como creíamos.

También te puede interesar