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Tecnología

Fukushima dejó atrapados algunos de los coches japoneses más deseados por los coleccionistas

Quince años después del desastre nuclear de Fukushima, decenas de coches siguen abandonados dentro de la zona de exclusión. Entre ellos hay iconos japoneses como Nissan Skyline, Silvia, Honda S2000, Toyota MR2 o Mitsubishi Lancer Evolution. Muchos valdrían una fortuna, pero la radiación cambió su destino.
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Los coches abandonados siempre despiertan una mezcla rara de curiosidad y tristeza. Pero pocos lugares golpean tanto a un aficionado como la zona de exclusión de Fukushima. Allí, entre casas vacías, talleres detenidos y calles comidas por la vegetación, siguen apareciendo deportivos japoneses que en cualquier otro contexto serían joyas de colección.

El desastre de Fukushima Daiichi comenzó tras el terremoto y tsunami del 11 de marzo de 2011. La emergencia provocó la evacuación de la población en un radio de 20 kilómetros alrededor de la central y de otras áreas designadas, dejando atrás viviendas, negocios, animales, objetos personales y también miles de vehículos.

Quince años después, algunos de esos coches siguen donde quedaron. No hablamos solo de utilitarios o furgonetas, sino de modelos muy buscados por los coleccionistas: Nissan Skyline, Nissan Silvia, Honda S2000, Toyota MR2, Subaru Impreza, Mitsubishi Lancer Evolution o incluso deportivos europeos como Porsche 911. El canal Exploring the Unbeaten Path ha documentado varios de ellos en recorridos por la zona.

Fukushima dejó atrapados algunos de los coches japoneses más deseados por los coleccionistas
© Exploring the Unbeaten Path – Youtube.

Un museo del automóvil que nadie puede visitar libremente

La imagen resulta casi irreal. Coches que antes representaban velocidad, preparación y cultura JDM aparecen ahora inmóviles, cubiertos de polvo, hojas, humedad y óxido. Algunos están estacionados junto a viviendas abandonadas. Otros quedaron dentro de talleres, concesionarios o aparcamientos que parecen haberse detenido el mismo día de la evacuación.

Motor1 recogió en 2023 uno de esos recorridos por la zona y describió cómo el área de exclusión se había reducido con el tiempo, pero no lo suficiente como para cambiar el destino de muchos vehículos abandonados tras la evacuación inicial. The Drive, por su parte, llegó a definir el lugar como una especie de “lecho fósil” de coches JDM perdidos, con modelos cada vez más raros deteriorándose en silencio.

El atractivo para cualquier aficionado es evidente. Un Skyline GT-R R32, un Silvia S15 o un Honda S2000 no son coches cualquiera. Son iconos de una época en la que Japón construyó algunos de los deportivos más queridos por la cultura automovilística mundial. Hoy, muchos de esos modelos han multiplicado su valor en el mercado internacional.

Pero en Fukushima el valor económico choca con un enemigo invisible. Algunos vehículos presentan contaminación radiactiva por encima de los límites aceptados para su exportación. Japanese Nostalgic Car recogió mediciones realizadas por exploradores en las que un Datsun Violet de rally marcaba 0,45 microsieverts, cuando el límite citado para exportación era de 0,30 microsieverts.

Ni siquiera la radiación los dejó intactos

La tragedia material es menor frente al coste humano de Fukushima, pero aun así cuenta una parte muy concreta del desastre. Aquellos coches pertenecían a personas que tuvieron que irse rápido, sin saber cuándo volverían ni qué podrían recuperar. Lo que para un coleccionista es una pieza deseada, para su dueño pudo haber sido simplemente el coche de todos los días, un proyecto de taller o un sueño comprado con años de trabajo.

Tampoco todos han permanecido intactos. Algunos exploradores han documentado cómo ciertos deportivos fueron perdiendo piezas con el paso del tiempo. Hay coches parcialmente desmontados, modelos que desaparecieron entre una visita y otra y vehículos que parecen haber sido expoliados pese a las restricciones de acceso y al riesgo radiológico.

La propia contaminación hace que el rescate no sea una simple cuestión de dinero. No basta con comprar el coche, cargarlo en una grúa y restaurarlo. Si un vehículo está contaminado, transportarlo, venderlo o exportarlo implica controles, costes y riesgos que muchas veces lo convierten en chatarra irrecuperable. Bellona ya explicaba en 2013 que, tras el accidente, las navieras japonesas aplicaban límites voluntarios de radiación para coches usados destinados a exportación, y que Rusia exigía controles todavía más estrictos.

Por eso este cementerio improvisado resulta tan triste. Los coches están ahí, visibles, reconocibles, aparentemente rescatables desde la mirada de un aficionado. Pero en la práctica pertenecen a otro tiempo. La naturaleza avanza, el metal se oxida, los interiores se degradan y la radiación sigue marcando una frontera que no se ve en las fotos.

Fukushima no es un museo del automóvil. Es una zona atravesada por una catástrofe humana, ambiental y tecnológica. Pero esos deportivos abandonados funcionan como una cápsula del tiempo involuntaria: recuerdan que una evacuación no solo interrumpe vidas, también congela objetos, rutinas y pasiones.

Un Skyline cubierto de maleza o un S2000 oxidándose bajo la lluvia no son solo coches perdidos. Son la prueba de que, a veces, ni siquiera las máquinas hechas para correr pueden escapar de una tragedia.

 

 

Fuente: Xataka.

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