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Ciencia

Google terminó de mapear las 166.000 neuronas del cerebro de una mosca de la fruta: la comunidad ya la puso a jugar al Doom

Apenas se publicaron los datos, un hito de una década de trabajo científico se convirtió, en cuestión de días, en el experimento más inútil y más divertido de todo internet
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El 3 de septiembre de 2026, Google Research y el HHMI Janelia Research Campus publicaron el conectoma completo del sistema nervioso central de una mosca de la fruta (Drosophila melanogaster) macho adulta, el mapa cerebral más grande jamás construido a nivel celular. El trabajo, resultado de más de una década de colaboración entre ambas instituciones junto con el Laboratorio de Biología Molecular del Medical Research Council y la Universidad de Cambridge, se publicó en la revista Cell y documenta más de 166.000 neuronas y unos 125 millones de conexiones sinápticas, repartidas entre el cerebro, los lóbulos ópticos y el cordón nervioso ventral (el equivalente de la médula espinal en un insecto), según el blog de investigación de Google.

Para dimensionar el salto: el proyecto Hemibrain de 2020, un mapa parcial de un cerebro de mosca hembra, había reconstruido unas 25.000 neuronas y 20 millones de conexiones. El nuevo mapa multiplica esa cifra por seis.

Cómo se construye un mapa así

Neuronas
© Sandip Kalal – Unsplash

El proceso combina microscopía electrónica de altísima resolución con inteligencia artificial: el cerebro de la mosca se corta en secciones extremadamente finas, cada una se fotografía en detalle, y un modelo de IA reconstruye después la forma tridimensional de cada neurona a partir de esas miles de imágenes bidimensionales, como si reconstruyera un objeto rebanado en capas de pan de molde. Todo el conjunto de datos fue revisado y verificado manualmente por un equipo de especialistas humanos en Janelia antes de su publicación, y hoy está disponible de forma abierta para que cualquier investigador pueda explorarlo y descargarlo.

De los datos científicos al Doom

Apenas se conoció la noticia, Alex Wormuth, ingeniero de software en Coinbase, publicó un proyecto de código abierto para poner a prueba ese cerebro digital de una forma bastante particular: haciéndolo jugar al Doom. La idea es que cada fotograma del videojuego estimule las neuronas sensoriales del modelo, y que la actividad neuronal resultante se traduzca en acciones dentro del juego, como moverse, disparar o girar. Cada vez que la mosca recibe daño dentro del juego, el sistema envía una señal de refuerzo a las neuronas asociadas a la dopamina, imitando el papel que cumple ese neurotransmisor como mecanismo de recompensa y castigo en un cerebro real.

La mosca que transmite en vivo sin matar a nadie

Wormuth montó, además, un entorno donde cualquiera puede ver a la mosca jugando en tiempo real. Después de más de 7.500 rondas de entrenamiento, el resultado sigue siendo, en sus propias palabras, una completa inutilidad: la mosca dispara, se mueve, gira, pero no logra eliminar a ningún enemigo. Ciento sesenta y seis mil neuronas puestas a trabajar para no conseguir prácticamente nada dentro del juego, aunque el objetivo nunca fue ganar.

Super Mario también cayó

Super Mario 64
© KM Zykowski – Shutterstock

El experimento de Wormuth no fue el único. La desarrolladora Jessica Paquette conectó el mismo tipo de modelo cerebral para hacerlo jugar a Super Mario 64, con resultados igual de torpes pero igual de virales: la mosca digital tropieza, se cae y avanza a los tumbos por los escenarios del juego, ante la mirada de miles de personas que compartieron los videos en redes sociales durante los días posteriores a la publicación del mapa cerebral.

Más allá del meme

Detrás de la broma hay un valor científico concreto. Estos experimentos no demuestran que la mosca digital sea inteligente ni que juegue de forma consciente: lo que hacen es poner a prueba, de una manera vistosa y accesible, cómo respondería ese circuito neuronal real ante estímulos visuales artificiales que jamás existieron en la evolución de la especie, revelando qué patrones de comportamiento emergen de una red biológica real sometida a un contexto completamente ajeno a su entorno natural. Mapear con este nivel de detalle un cerebro humano, con sus más de 80.000 millones de neuronas, todavía está lejísimos de ser posible, pero cada avance en organismos más simples (moscas, peces, ratones) ayuda a entender de a poco los principios generales que rigen cualquier sistema nervioso, sin importar la especie.

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