Cuando una ballena muere y su cuerpo se hunde, el fondo del mar recibe de golpe una cantidad enorme de alimento. Lo que sigue es una especie de banquete que puede durar años, y hasta décadas. Primero llegan los carroñeros grandes, como tiburones y peces, que consumen la carne. Después, una multitud de pequeños organismos aprovecha los restos y los sedimentos enriquecidos. Al final, bacterias especializadas descomponen los lípidos de los huesos. Los científicos llaman a este fenómeno caída de ballena.
Estos ecosistemas efímeros se estudian desde finales de la década de 1980, cuando se describió por primera vez uno en el fondo del océano Pacífico. Hoy se sabe que albergan comunidades muy diversas. Pero reconstruirlos en el pasado es mucho más difícil, porque los organismos pequeños que participan rara vez dejan rastros. Un nuevo estudio en Dinamarca aporta una pieza inesperada de ese rompecabezas.
Un esqueleto en una cantera de arcilla

En 2018, en una cantera de arcilla cerca de la localidad de Gram, en el sur de Dinamarca, un equipo de paleontólogos excavó los restos de un zifio, un tipo de cetáceo de hocico alargado conocido también como ballena picuda. Recuperaron la mandíbula inferior y varias vértebras. Los sedimentos de la llamada Formación Gram se depositaron en un mar hace unos 9,5 millones de años, durante el Mioceno tardío, y la zona es conocida por la abundancia de fósiles de ballenas.
Los paleontólogos Ben Thuy, especialista en ofiuras fósiles, y Mette Elstrup, del Museo de Jutlandia Meridional, decidieron estudiar no solo los huesos, sino también el sedimento que los rodeaba. Lavaron y tamizaron muestras de tierra, buscaron fósiles diminutos con el microscopio y analizaron algunos con microscopía electrónica de barrido. Los resultados se publicaron en la revista Neues Jahrbuch für Geologie und Paläontologie.
Piezas de un animal invisible

Entre los granos de sedimento aparecieron pequeñas placas calcáreas, llamadas osículos, que forman el esqueleto de las ofiuras. Las ofiuras son parientes de las estrellas de mar: tienen un disco central pequeño y cinco brazos largos y flexibles con los que se desplazan rápidamente por el fondo marino. Cuando mueren, su cuerpo se desarma, y lo que queda son estas piezas microscópicas.
A partir de esas placas, los investigadores describieron una especie nueva, Ophiura huebnerjenseni. El nombre es un homenaje a Holger Hübner y Thomas Jensen, fundadores del Wacken Open Air, uno de los festivales de heavy metal más famosos del mundo, que se celebra cada año en el norte de Alemania.
Por qué estaban ahí
Lo más interesante es dónde aparecieron. Solo las tres muestras tomadas junto a los huesos del zifio contenían placas de ofiura. Las muestras de la misma capa, pero más alejadas, no tenían ninguna. Para descartar que la acumulación se debiera a la forma en que se conservan o transportan estas piezas, los investigadores compararon con fragmentos de erizos de mar, de tamaño y composición similares. Esos fragmentos aparecieron en todas las muestras, cerca o lejos del esqueleto.
La conclusión de los autores es que las ofiuras se concentraron alrededor del cadáver de la ballena, atraídas por los nutrientes que liberaba. Los fósiles no permiten saber si comían directamente los tejidos del animal o se alimentaban de otros organismos y restos asociados. Los investigadores creen que se trataba de una especie generalista que aprovechó una fuente de alimento local.
El yacimiento correspondería a una etapa temprana de una caída de ballena en aguas poco profundas. No se encontraron señales de la etapa más avanzada, en la que dominan bacterias que producen sulfuros, típica de algunas caídas de ballena en el mar profundo.
Un registro que faltaba
Hoy, las ofiuras son visitantes habituales de los cadáveres de ballenas en el fondo marino. Sin embargo, según los autores, hasta ahora no había evidencia fósil comparable. Por eso proponen que estas placas son el primer registro fósil de ofiuras asociadas a una caída de ballena.
El hallazgo muestra también una forma distinta de hacer paleontología: a veces, la información más valiosa no está en el esqueleto principal, sino en los granos de sedimento que lo rodean, donde quedaron atrapadas las huellas de los animales más pequeños.