Según datos de la Oficina de Desechos Orbitales de la NASA, más de 25.000 objetos de más de 10 centímetros orbitan hoy la Tierra, una cifra que sube a alrededor de 500.000 partículas de entre 1 y 10 centímetros, y supera los 100 millones si se cuentan todas las de más de un milímetro. En conjunto, la agencia calcula que el material que orbita el planeta ya superó las 9000 toneladas métricas, una estimación de 2022 que, según registros más recientes de seguimiento orbital, hoy sería considerablemente mayor: distintos catálogos actualizados en 2026 ya hablan de más de 10.000 toneladas y de decenas de miles de objetos rastreados de forma rutinaria.
El problema no es solo el volumen: es la velocidad. Estos objetos viajan a entre 7 y 8 kilómetros por segundo, lo suficientemente rápido para que incluso un fragmento de un centímetro tenga la energía cinética de una granada de mano. A esa velocidad, cualquier colisión con un satélite operativo puede generar cientos de fragmentos nuevos, cada uno capaz de provocar, a su vez, otra colisión.
El síndrome de Kessler: por qué un choque puede desatar una cascada
Ese escenario en cadena tiene nombre propio desde 1978, cuando el científico de la NASA Donald Kessler lo describió por primera vez: si la densidad de objetos en órbita baja se vuelve suficientemente alta, las colisiones pueden generar fragmentos más rápido de lo que la propia órbita logra depurarlos de forma natural, en un proceso que se autoalimenta. No es un escenario puramente teórico: la colisión entre los satélites Iridium y Cosmos en 2009, y una prueba antisatélite china en 2007, ya sumaron miles de objetos rastreables y cientos de miles de fragmentos no rastreables al entorno de la órbita baja, parte de los cuales seguirá ahí durante décadas.
La falta de una regulación internacional vinculante para retirar objetos obsoletos, sumada al alto costo técnico de hacerlo, explica por qué la acumulación de basura espacial sigue creciendo mucho más rápido que las soluciones disponibles para frenarla.
La reutilización, la apuesta para frenar el problema
Frente a ese panorama, el administrador de la NASA, Jared Isaacman, defendió recientemente los avances logrados en la gestión de residuos de misiones espaciales. “Antes, la norma era desechar todos los cohetes en el océano. Ahora hemos visto cómo en los últimos años SpaceX ha recuperado más de 600 de sus propulsores, y Blue Origin ha hecho lo mismo con el New Glenn”, declaró Isaacman a Fox News. La reutilización de cohetes es, de hecho, el objetivo central del desarrollo de Starship, la nave con la que la NASA espera sostener una presencia humana permanente en la Luna dentro del programa Artemis.
Pero incluso los cohetes reutilizables generan basura espacial cuando fallan. El impacto de la etapa superior de un Falcon 9 de SpaceX contra la superficie lunar, el pasado 5 de agosto, es un recordatorio de que cada misión, exitosa o no, deja algo atrás. El telescopio espacial Swift, cuyo rescate la NASA canceló este mes, se sumará pronto a esa lista: se desintegrará al reingresar en la atmósfera terrestre hacia fines de este año.
El otro costo ambiental: en la Tierra, no en el espacio
Para sostener el ritmo de lanzamientos casi semanales que hoy tiene desde Texas, Florida y California, SpaceX opera su instalación de Starbase junto al delta del río Bravo, pegada al Refugio Nacional de Vida Silvestre del Bajo Valle del Río Grande, creado en 1979 y considerado uno de los últimos hábitats de calidad en Estados Unidos para el ocelote, felino en peligro de extinción. La reserva también alberga halcones aplomados y funciona como un punto crítico de la ruta migratoria central de aves entre Norteamérica y Sudamérica.
Organizaciones ambientalistas documentaron que algunos lanzamientos del cohete Starship terminaron en explosiones que dispersaron restos de hormigón y metal a más de diez kilómetros de distancia, alcanzando incluso zonas del refugio. Un estudio de 2024 encontró que, después de uno de esos lanzamientos, todos los nidos de aves costeras monitoreados cerca de las instalaciones sufrieron daños o perdieron sus huevos; casos posteriores, incluido uno investigado por el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos tras un lanzamiento de junio, documentaron huevos dañados o desaparecidos en al menos nueve nidos de especies protegidas.
Cuando la propia expansión se usa como argumento para crecer más
Pese a esos antecedentes, la Administración Federal de Aviación (FAA) autorizó en 2025 a SpaceX a multiplicar por cinco su ritmo de lanzamientos anuales desde el sur de Texas, de 5 a 25 por año, tras concluir que el aumento no tendría un impacto ambiental significativo. La empresa además avanza en un acuerdo para que el gobierno federal le transfiera unas 294 hectáreas de terreno del propio refugio, a cambio de ceder otras tierras cercanas.
Una coalición de organizaciones ambientalistas e indígenas (el Centro para la Diversidad Biológica, Save RGV, la Nación Carrizo/Comecrudo de Texas y la Red de Justicia Ambiental del Sur de Texas) presentó una demanda judicial para frenar ese traspaso, con el argumento de que el propio deterioro causado por las operaciones de SpaceX se está usando como justificación para entregarle más terreno protegido.
Dos huellas, un mismo patrón
La basura orbital y el impacto sobre un refugio de vida silvestre parecen problemas de escalas completamente distintas: uno se mide en toneladas dando vueltas a miles de kilómetros de altura, el otro en nidos destruidos sobre una playa. Pero comparten una misma raíz: una industria que creció mucho más rápido que los marcos regulatorios pensados para controlar su impacto, tanto arriba como abajo de la atmósfera. La reutilización de cohetes, celebrada como un avance ambiental clave, no resuelve por sí sola ninguno de los dos frentes: reduce residuos por misión, pero no compensa el aumento en la cantidad total de misiones.