El filósofo David Hume creía que para entender los conceptos abstractos los humanos necesitaban visualizar una imagen mental para poder concebir la idea. Sin embargo, desde los tiempos de Hume en el siglo 18 ahora tenemos más comprensión del complejo funcionamiento del cerebro humano y nuestra filosofía necesita actualizarse, según un nuevo trabajo de investigación.
La ciencia calcula que aproximadamente el 4 a 5% de la población tiene afantasía, que es la incapacidad de formar imágenes mentales. Puede ser congénita o tal vez aparezca más tarde en la vida, pero no se considera una afección mental ni es discapacidad. La afantasía no impide que las personas puedan comprender ideas abstractas, como la idea de un triángulo, o lo que significa “amigo” o “recuerdo”, explicaron en declaraciones Uku Tooming y Roomet Jakapi, filósofos de la Universidad de Tartu en Estonia. ¿Qué sucede entonces?
En un trabajo reciente publicado en Neuropsychologia, Tooming y Jakapi presentan algo que contradice a Hume: el pensamiento abstracto tal vez no requiera tanto de las imágenes como se pensaba.
Imagina una manzana…
Como concepto la afantasía ingresó en el vocabulario médico en 1880 cuando el genetista británico (y pionero en eugenesia) Francis Galton describió la interacción con personas que “manifestaban que no conocían las imágenes mentales”. Pero el fenómeno se identificó oficialmente como tal mucho después, en 2015. Es decir que aunque se conocía la afantasía desde hacía mucho tiempo ha sido recién en la última década que la ciencia empezó a investigarla sistemáticamente, según indica el trabajo.

Eso incluye a la filosofía, que en general tiene dificultades para ignorar los inesperados giros de la cognición humana. El vínculo entre la visualización y el razonamiento siempre fue fundacional a la historia de la filosofía, explican en el trabajo estos investigadores. Por ejemplo, tanto Hume como los pensadores empíricos como el filósofo irlandés del siglo 18 George Berkeley creían que el pensamiento y el conocimiento surgían de las experiencias sensoriales, y el primero decía que las ideas son “imágenes difusas” del “pensamiento y la razón”.
Tooming y Jakapi, sin embargo, argumentan que la afantasía “presenta un problema” en el concepto de abstracciones de Hume. Como sucede en la filosofía, demostraron la validez de su afirmación analizando cuatro situaciones posibles de cómo habría respondido Hume a lo que ellos proponen. Hume (y sus seguidores) argumentarían que los afantásicos podían depender de otros factores sensoriales o indicios lingüísticos para “visualizar” ideas.
Tooming y Jakapi declaran que la evidencia experimental sugiere que algunos afantásicos carezcan de la capacidad de visualizar imágenes en otros tipos de experiencias sensoriales, y sin embargo sí son capaces de comprender la abstracción. Y también está la salida fácil: que los afantásicos son la excepción a la regla. Sin embargo, los autores no apoyan esa respuesta porque la dificultad está “no solo en acomodarse a una excepción sino en explicar cómo es posible la abstracción sin depender de los procesos de visualizar imágenes que Hume considera esenciales”.
El cerebro y sus secretos
Por lo que se sabe hasta ahora sobre la afantasía, no hay evidencia que sugiera que los afantásicos tengan una psicología terriblemente diferente a la de los no afantásicos. Por eso, quizá en realidad la abstracción humana no dependa tanto de las imágenes mentales como parece. En ese sentido, los autores afirman que su postura no está contradiciendo solo las ideas de Hume sino otras teorías que “intentan afirmar diversos fenómenos mentales de nivel más elevados sobre la capacidad de generar imágenes mentales”, escriben Tooming y Jakapi.
“Concuerdo en que el fenómenos de la afantasía presenta un desafío importante a la teoría de Hume sobre las ideas abstractas como mecanismo general del pensamiento”, le dijo a Gizmodo Don Garrett, filósofo de la Universidad de Nueva York especializado en filosofía europea de principios de la modernidad.
Garrett, que no participó del trabajo, añadió que Hume habría sabido que carecía de “el tipo de ciencia cerebral que pudiera sustanciar lo que sugería… Lo que buscaba era lanzar una ciencia experimental de la naturaleza humana y si algunas de las teorías acaban por ser refutadas por la investigación científica creo que diría “¡Muy bien, por la investigación científica!”.
En todo caso, el estudio demuestra la naturaleza compleja y flexible de la mente humana, algo que en todos estos siglos desde la época de Hume, no hemos llegado a entender del todo. Aunque las teorías de Hume deben entenderse como producto de su época, considerar las limitaciones podría servir como “una productiva restricción para las futuras explicaciones de la abstracción y la cognición superior”, según concluyen los autores del trabajo.