Saltar al contenido
Ciencia

El “hobbit” de Flores parecía un cazador diminuto capaz de dominar el fuego, pero los huesos cuentan otra historia. Un nuevo estudio sugiere que sobrevivía con las sobras de los dragones de Komodo

Un análisis tafonómico de restos hallados en la cueva de Liang Bua, en Indonesia, cuestiona dos ideas muy repetidas sobre Homo floresiensis: que cazaba grandes presas y que controlaba el fuego. La nueva lectura apunta a un escenario más extraño: los dragones de Komodo habrían accedido primero a los cadáveres de Stegodon, mientras los “hobbits” aprovechaban después los restos.
Por

Tiempo de lectura 6 minutos

Comentarios (0)

Cuando los fósiles de Homo floresiensis salieron a la luz en la isla indonesia de Flores, la historia parecía demasiado buena como para no convertirse en mito científico. Una especie humana de apenas un metro de altura, con un cerebro diminuto, pies grandes y una anatomía desconcertante, había vivido hasta tiempos relativamente recientes en una isla poblada por ratas gigantes, elefantes enanos y dragones de Komodo. No tardaron en llegar el apodo inevitable (los “hobbits) y una pregunta enorme: ¿cómo sobrevivió una criatura así en un mundo tan duro?

Durante años, una parte de la respuesta pareció estar en los restos de la cueva de Liang Bua. Allí aparecieron herramientas de piedra, huesos de Stegodon florensis insularis (un pariente extinto y enano de los elefantes) con marcas de corte, y restos interpretados como quemados. La lectura era seductora: aquellos pequeños homininos no solo sobrevivían, sino que cazaban grandes presas y quizá dominaban el fuego. Según resume National Geographic, esa asociación entre herramientas, marcas óseas y huesos quemados fue uno de los pilares de la imagen más sofisticada de Homo floresiensis.

Ahora, un estudio publicado en Science Advances cambia el enfoque de manera importante. El trabajo, liderado por E. Grace Veatch, revisó sistemáticamente las marcas dejadas en los huesos y propone una explicación menos heroica, pero quizá más realista: los “hobbits” no habrían sido los grandes cazadores de Stegodon, sino carroñeros que llegaban después de los dragones de Komodo.

El detalle estaba en las marcas, no solo en la presencia de herramientas

El “hobbit” de Flores parecía un cazador diminuto capaz de dominar el fuego, pero los huesos cuentan otra historia. Un nuevo estudio sugiere que sobrevivía con las sobras de los dragones de Komodo
© Karen Neoh (CC BY 2.0).

La clave del estudio está en la tafonomía, es decir, el análisis de todo lo que les ocurre a los restos orgánicos desde la muerte de un animal hasta su fosilización. No basta con encontrar huesos, herramientas y homininos en el mismo lugar. Hay que saber quién tocó qué, en qué orden y con qué intención.

Para distinguir las marcas humanas de las de los dragones de Komodo, el equipo hizo algo bastante directo: observó cómo un dragón actual consumía un cadáver de cabra en el Zoo de Atlanta y después examinó los rastros dejados en los huesos. Según National Geographic, esa comparación permitió construir una referencia moderna para interpretar los arañazos, surcos y mordidas conservados en los restos fósiles de Stegodon de Liang Bua.

El resultado complica la vieja interpretación. De acuerdo con Live Science, los investigadores identificaron 54 marcas de corte atribuibles a herramientas en los huesos de Stegodon, pero casi el doble de marcas producidas por dientes de dragón de Komodo. Más importante todavía: las marcas de los dragones aparecían concentradas en zonas con más carne, mientras que las marcas humanas estaban sobre todo en partes de menor valor nutritivo.

Ese patrón no encaja bien con una escena de caza exitosa. Si Homo floresiensis hubiera matado al animal y accedido primero al cadáver, lo esperable sería encontrar cortes en las zonas más ricas en carne. En cambio, la distribución de las marcas apunta a lo contrario: los dragones habrían tenido acceso primario a la presa, y los homininos habrían llegado después para aprovechar lo que quedaba.

Los dragones no eran decorado: eran los verdaderos superdepredadores de la isla

El “hobbit” de Flores parecía un cazador diminuto capaz de dominar el fuego, pero los huesos cuentan otra historia. Un nuevo estudio sugiere que sobrevivía con las sobras de los dragones de Komodo
© Rosino, via Wikimedia Commons, CC 2.0 license.

La imagen es poderosa porque invierte el reparto de papeles. Durante mucho tiempo, los dragones de Komodo aparecían casi como parte del paisaje peligroso de Flores. El nuevo estudio los coloca en el centro de la historia ecológica. Eran los grandes carnívoros del sistema y, por lo tanto, competidores directos de Homo floresiensis por la carne disponible.

Como explicó el equipo en declaraciones recogidas por Gizmodo, los dragones de Komodo son depredadores muy eficaces, capaces de emboscar presas y de localizar carroña a grandes distancias gracias a su olfato. El estudio señala que sus marcas dentales se concentran en extremidades delanteras y traseras, es decir, zonas con mayor volumen de tejido blando.

La escena que se desprende del análisis no es la de pequeños cazadores coordinados derribando elefantes enanos, sino la de una especie humana que aprovechaba oportunidades en un ecosistema dominado por reptiles gigantes. Eso no convierte a Homo floresiensis en una criatura “inferior” ni menos fascinante. Al contrario: lo vuelve más raro. Su éxito quizá no dependía de hacer lo que hacían otros humanos, sino de adaptarse a una isla con reglas completamente distintas.

El fuego también queda bajo sospecha

El “hobbit” de Flores parecía un cazador diminuto capaz de dominar el fuego, pero los huesos cuentan otra historia. Un nuevo estudio sugiere que sobrevivía con las sobras de los dragones de Komodo
© Cicero Moraes, via Wikimedia Commons, CC 4.0 license.

El otro gran golpe del estudio apunta al fuego. La presencia de huesos aparentemente quemados había alimentado la idea de que los “hobbits” podían controlar las llamas, una capacidad muy relevante en la evolución humana por su relación con la cocina, la protección, el calor y la sociabilidad.

Pero la nueva investigación no encuentra pruebas sólidas de ese dominio. Según Scientific American, el equipo analizó miles de restos de roedores procedentes de la cueva y no halló evidencias claras de combustión. La propuesta es que algunas señales interpretadas antes como quemaduras podrían explicarse por manchas naturales de manganeso, no por exposición intencional al fuego.

Live Science añade que los investigadores revisaron más de 4.000 huesos de pequeños mamíferos sin encontrar señales compatibles con fuegos controlados en el contexto atribuido a Homo floresiensis. Si no cazaban grandes presas y tampoco controlaban el fuego, la imagen conductual de la especie se vuelve mucho más prudente.

Eso no significa que fueran incapaces de usar herramientas. Las herramientas están ahí. Lo que cambia es la interpretación de su comportamiento: quizá no eran cazadores de grandes animales ni cocineros habituales, sino carroñeros oportunistas que usaban utensilios de piedra para raspar restos disponibles.

El debate sobre su origen se vuelve más incómodo

El “hobbit” de Flores parecía un cazador diminuto capaz de dominar el fuego, pero los huesos cuentan otra historia. Un nuevo estudio sugiere que sobrevivía con las sobras de los dragones de Komodo
© Liang Bua Team.

El estudio también toca una cuestión mayor: de dónde venían los “hobbits”. Una hipótesis muy extendida sostiene que Homo floresiensis descendía de Homo erectus, la especie humana que salió de África y llegó a Asia hace cientos de miles de años. En ese escenario, su pequeño tamaño sería producto del enanismo insular: una población de cuerpos más grandes habría reducido su talla durante generaciones por vivir en una isla con recursos limitados.

Pero si Homo floresiensis no cazaba grandes presas ni controlaba el fuego, la relación con Homo erectus se vuelve menos directa de lo que parecía. Según recoge Live Science, Veatch plantea que la especie podría descender de una población de homininos que no dependía de esas estrategias alimentarias asociadas a otros miembros del género Homo, quizá una forma temprana de Homo o un linaje ya pequeño antes de llegar a Flores.

Esto no resuelve el misterio. Lo aumenta. El problema de Homo floresiensis siempre fue que parecía una mezcla imposible: suficientemente humano para fabricar herramientas, suficientemente antiguo en su anatomía para desconcertar a los paleoantropólogos y suficientemente reciente como para convivir cerca del mundo de Homo sapiens. El nuevo estudio no lo saca de esa rareza; simplemente quita una parte del relato más cómodo.

La evolución humana no fue una escalera, y Flores es una prueba perfecta

Durante mucho tiempo, la evolución humana se contó como una especie de ascenso: cuerpos más erguidos, cerebros más grandes, herramientas más complejas, fuego, caza, lenguaje, cultura. Homo floresiensis siempre fue un problema para esa narración. Una especie pequeña, con cerebro reducido y anatomía primitiva, sobrevivió durante decenas de miles de años en un ecosistema aislado y extremo.

El nuevo trabajo refuerza esa incomodidad. Si los “hobbits” de Flores no eran cazadores de grandes presas ni controlaban el fuego, su permanencia no se explica por una versión en miniatura de la conducta humana moderna. Se explica por otra cosa: flexibilidad, oportunismo, adaptación local y una relación muy particular con los depredadores de la isla.

Como señalan los investigadores citados por Scientific American, la importancia del estudio está en volver sobre un conjunto fósil conocido con métodos tafonómicos más finos. No se trata solo de encontrar huesos nuevos, sino de aprender a leer mejor los que ya estaban allí.

El “hobbit” de Flores sigue siendo una de las especies más fascinantes del árbol humano. Solo que ahora parece menos parecido a un cazador épico y más a un superviviente extraño en una isla todavía más extraña. Quizá no dominaba el fuego. Quizá no derribaba elefantes enanos. Quizá llegaba tarde al banquete, cuando los dragones ya habían tomado lo mejor. Y aun así, durante miles de años, eso fue suficiente para seguir vivo.

Compartir esta historia

Artículos relacionados