Hubo un tiempo en el que el fondo del océano parecía una solución perfecta para lo que nadie quería tener cerca. Estaba lejos, era inmenso, parecía vacío y quedaba a miles de metros de profundidad. Bajo esa lógica, varios países europeos arrojaron al Atlántico más de 200.000 barriles con residuos radiactivos durante décadas. No fue un accidente ni una práctica clandestina: fue una decisión deliberada, aceptada durante años por una época que confiaba demasiado en la capacidad del mar para esconderlo todo.
El problema es que el océano no hizo desaparecer nada. Los barriles siguieron allí.
Según el CNRS, entre 1950 y 1990 se sumergieron más de 200.000 bidones de residuos radiactivos en las profundidades del Atlántico nororiental. En una nota previa, el propio organismo francés amplía el marco histórico y recuerda que el vertido de residuos radiactivos al mar comenzó en 1946 y que, en la zona europea del Atlántico nororiental, esos residuos fueron encapsulados en asfalto, cemento o betún antes de ser lanzados en aguas internacionales a más de 4.000 metros de profundidad.
Ahora, casi ocho décadas después del inicio de esas prácticas, Francia lidera una misión científica para encontrarlos, fotografiarlos, medir su deterioro y estudiar qué ocurre alrededor de ellos. El proyecto se llama NODSSUM y está impulsado por el CNRS en colaboración con Ifremer, la Autoridad de Seguridad Nuclear y Radioprotección francesa, ASNR, y socios de varios países europeos y norteamericanos.
Primero había que resolver una pregunta básica: dónde estaban

Lo más inquietante de esta historia es que durante mucho tiempo ni siquiera se conocía con precisión la ubicación de los barriles. Se sabía que estaban en llanuras abisales del Atlántico nororiental, a cientos de kilómetros de la costa francesa, pero no se disponía de un mapa detallado de su distribución real.
Según explicó el geólogo marino Javier Escartín al CNRS News, la misión se concentró en dos áreas de unos 6.000 kilómetros cuadrados situadas a unos 600 kilómetros de Nantes. La primera fase, lanzada en junio de 2025, tenía un objetivo aparentemente simple pero técnicamente enorme: cartografiar el fondo marino y localizar los barriles.
Para hacerlo, los científicos recurrieron a UlyX, el vehículo submarino autónomo de la flota oceanográfica francesa, operado por Ifremer. De acuerdo con el CNRS, UlyX puede descender a más de 6.000 metros y trabajar sin piloto, con algoritmos capaces de adaptar su trayectoria según las señales detectadas. Durante la misión, navegó decenas de metros sobre el fondo para mapear la zona con sonar de alta resolución y acercarse lo suficiente para fotografiar los barriles sin comprometer la seguridad de las operaciones.
El resultado fue el primer gran mapa moderno de una parte de ese cementerio radiactivo. Según CNRS Nucléaire & Particules, la campaña NODSSUM-I, realizada entre el 16 de junio y el 11 de julio de 2025, permitió identificar y cartografiar 3.355 barriles en un área de 163 kilómetros cuadrados, a casi 5.000 metros de profundidad.
Algunos barriles están dañados, otros fueron colonizados por fauna

La segunda fase de la misión, realizada entre el 27 de mayo y el 28 de junio de 2026 a bordo del buque Pourquoi Pas?, fue un paso más allá. Ya no se trataba solo de encontrar los barriles desde lejos, sino de observarlos directamente y estudiar su entorno inmediato. Para eso se utilizó el sumergible tripulado Nautile, que completó 20 inmersiones a profundidades superiores a 4.700 metros.
Lo que vieron los científicos confirma que el problema no es teórico. Según el CNRS, las observaciones documentaron un estado avanzado de deterioro en varios barriles, algunos con indicios de fuga de contenido, y permitieron identificar distintos materiales usados para encapsular los residuos, como resina, betún o cemento.
Al mismo tiempo, hubo una imagen inesperada: vida. El CNRS señala que los equipos mapearon la biodiversidad presente sobre los barriles, en sus alrededores inmediatos y en hábitats cercanos. Una nota del Instituto Thünen, que participa en el proyecto, ya había destacado tras la primera campaña que algunos bidones estaban dañados, corroídos o colonizados por fauna marina.
Esa escena tiene algo incómodo. El barril representa una de las formas más claras de contaminación humana; la fauna adherida a él recuerda que incluso los residuos industriales pueden convertirse, con el paso del tiempo, en parte física de un ecosistema. No porque sean inocuos, sino porque el océano profundo está vivo incluso donde durante décadas se lo imaginó como un espacio vacío.
La contaminación existe, pero el nivel medido hasta ahora es bajo
La pregunta central es si esos barriles están liberando radionúclidos al entorno. La respuesta preliminar es prudente: sí se detectaron señales, pero no niveles que obliguen a tratar las muestras con grandes restricciones radiológicas.
Según el comunicado de julio de 2026 del CNRS, las mediciones in situ confirmaron la presencia de radionúclidos característicos de esos residuos en niveles superiores a los esperados para la zona. Sin embargo, el organismo añade que los niveles de actividad medidos siguen siendo bajos y permiten manipular las muestras sin grandes condicionantes de radioprotección.
El matiz es importante. No se trata de decir que “no pasa nada”, pero tampoco de sugerir una fuga catastrófica sin pruebas. Lo que hay, por ahora, es una señal medible que debe ser cuantificada con más precisión en laboratorio. Para eso, los equipos recogieron muestras de agua, sedimentos y organismos vivos con el objetivo de estudiar cómo se dispersa la radiactividad, si se transfiere a la fauna y qué formas químicas adoptan esos radionúclidos en el fondo oceánico.
El CNRS News recuerda que no se espera encontrar combustible nuclear ni residuos de alta actividad o larga vida en esos barriles. Según Patrick Chardon, especialista en efectos ambientales de la radiactividad, lo depositado habría sido principalmente material de muy baja, baja o media actividad, como guantes, equipos de laboratorio y muestras. Aun así, el volumen acumulado no es menor: el CNRS News calcula unos 36 petabecquerelios de actividad total en el fondo oceánico.
La práctica terminó prohibida, pero el legado sigue ahí

Durante años, el vertido al mar se consideró aceptable porque las llanuras abisales parecían remotas, estables y casi desprovistas de vida. Esa visión cambió. La Convención de Londres introdujo restricciones y una moratoria, y OSPAR recuerda que en 1992 se prohibió el vertido de residuos radiactivos de baja e intermedia actividad en el área marítima del Atlántico nororiental, antes de la prohibición global de 1993 bajo la Convención de Londres.
Pero prohibir una práctica no borra lo que ya se arrojó. Los barriles permanecen en el fondo, muchos más allá de la vida útil para la que fueron diseñados. El CNRS News recuerda que algunos contenedores fueron pensados para resistir unos 20 o 25 años, pero llevan allí varias décadas.
Por eso NODSSUM no es una misión para “recuperar” los 200.000 barriles, al menos no en esta fase. Es algo previo y quizá más urgente: saber dónde están, en qué estado se encuentran y qué impacto real tienen sobre los ecosistemas profundos. Sin ese mapa, cualquier decisión política o ambiental sería casi a ciegas.
El hallazgo más perturbador no es solo que Europa lanzara residuos radiactivos al Atlántico durante décadas. Es que durante mucho tiempo aceptó no saber exactamente qué estaba pasando con ellos. Ahora, con robots autónomos, submarinos tripulados y análisis de laboratorio, la ciencia está volviendo al lugar donde el siglo XX creyó haber enterrado una parte incómoda de su progreso. Y el fondo del océano, como suele ocurrir, está devolviendo la pregunta con paciencia: qué más dejamos allí abajo creyendo que nunca tendríamos que mirarlo de nuevo.