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Ciencia

Incendios de sexta generación: cuando el fuego crea su propio clima y deja de poder combatirse de frente

Algunos incendios forestales alcanzan tal intensidad que dejan de comportarse como un fuego convencional. Generan enormes columnas convectivas, tormentas, rayos y vientos propios capaces de multiplicar los focos y cambiar de dirección en minutos. Son los llamados incendios de sexta generación, uno de los escenarios más extremos para los servicios de emergencia.
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Los incendios forestales más extremos ya no dependen únicamente del viento, la pendiente del terreno o la vegetación que encuentran a su paso. Cuando alcanzan una determinada intensidad, el calor liberado puede alterar la atmósfera que los rodea hasta el punto de generar fenómenos meteorológicos propios.

A este tipo de episodios se los suele denominar incendios de sexta generación, una expresión utilizada para describir fuegos de comportamiento extremo cuya dinámica supera ampliamente la capacidad habitual de extinción.

No se caracterizan únicamente por quemar miles de hectáreas. Su rasgo más peligroso es la enorme cantidad de energía que liberan y la capacidad de modificar las condiciones atmosféricas alrededor del incendio.

Cuando el incendio empieza a controlar la atmósfera

Un fuego intenso calienta rápidamente el aire situado sobre las llamas. Ese aire asciende formando una gigantesca columna convectiva cargada de humo, cenizas y vapor de agua.

Si la columna alcanza suficiente altura puede originar un pirocúmulo y, en los casos más extremos, un pirocumulonimbo, una nube de tormenta generada directamente por el incendio.

Estas estructuras pueden alcanzar varios kilómetros de altura y desencadenar fenómenos similares a los de una tormenta convencional.

Uno de ellos son los rayos. La electricidad generada dentro de la nube puede provocar descargas a kilómetros del frente principal y encender nuevos incendios en zonas que hasta ese momento no estaban afectadas.

El fuego deja así de avanzar únicamente desde un frente definido: puede generar nuevos focos muy lejos de las llamas originales.

Incendios de sexta generación: cuando el fuego crea su propio clima y deja de poder combatirse de frente
© Magnific

Vientos violentos y cambios repentinos

Otro de los grandes peligros aparece cuando la columna convectiva pierde estabilidad.

El aire puede descender violentamente hacia la superficie en un fenómeno conocido como downburst. Al alcanzar el suelo se expande horizontalmente y genera rachas intensas en múltiples direcciones.

Para los equipos de extinción, esto supone uno de los peores escenarios posibles. Un frente que parecía avanzar de forma relativamente previsible puede cambiar repentinamente de dirección o acelerarse. En los episodios más extremos, estos incendios pueden propagarse a velocidades superiores a 10 o 15 kilómetros por hora y desarrollar intensidades extraordinarias.

La energía liberada puede situarse muy por encima de los niveles en los que los medios terrestres y aéreos pueden trabajar de forma segura mediante un ataque directo.

Cambio climático y acumulación de combustible

Estos incendios necesitan condiciones excepcionales para desarrollarse.

El primero de los factores es climático. Las temperaturas elevadas, las olas de calor prolongadas y las sequías reducen la humedad de plantas y suelos. La vegetación seca necesita menos energía para arder y permite que las llamas se propaguen con mayor rapidez.

Pero el clima no explica todo.

La acumulación de biomasa también desempeña un papel fundamental. El abandono de determinadas actividades rurales, la reducción del pastoreo o una gestión forestal insuficiente pueden favorecer grandes superficies continuas de vegetación.

Cuando existen pocas discontinuidades en el paisaje, el fuego encuentra combustible prácticamente de manera ininterrumpida y dispone de las condiciones necesarias para aumentar rápidamente su intensidad.

Por qué el agua puede dejar de ser suficiente

En un incendio convencional, hidroaviones, helicópteros y brigadas terrestres intentan reducir la intensidad de las llamas y contener el frente.

En estos episodios extremos, acercarse directamente puede resultar demasiado peligroso y, en determinadas zonas, prácticamente inútil.

El calor y las fuertes corrientes de aire dificultan que las descargas aéreas alcancen los puntos previstos con suficiente eficacia, mientras que la velocidad y los cambios del fuego pueden poner en peligro a los equipos terrestres. La prioridad pasa entonces a ser proteger vidas, evacuar poblaciones y defender infraestructuras, mientras se intenta limitar el avance desde posiciones más seguras.

El incendio puede recuperar un comportamiento más manejable cuando cambia el tiempo, disminuye la intensidad del viento, aumenta la humedad o alcanza zonas con menos combustible.

Estos megaincendios muestran así un cambio importante en el riesgo forestal: llega un momento en que el objetivo ya no consiste simplemente en apagar las llamas. Consiste, antes que nada, en evitar encontrarse delante de un fuego que ha comenzado a fabricar su propio clima.

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