La producción convencional de hidrógeno se hace hoy mayormente a partir de gas natural mediante reformado con vapor, un proceso que libera grandes cantidades de CO2 tanto por la reacción química en sí como por el calor extremo que necesita. Una alternativa conocida desde hace años, la pirólisis de metano, evita ese problema de raíz: descompone el metano directamente en hidrógeno gaseoso y carbono sólido, sin generar CO2 como subproducto. “Hoy usamos gas natural para producir hidrógeno, pero también generamos CO2”, explicó Henry Moise, investigador del Departamento de Ingeniería Química de Stanford y coautor principal del nuevo estudio, publicado en la revista Science. “La pirólisis es un proceso similar, pero en lugar de producir CO2, se produce carbono sólido”.
El problema es que, pese a llevar décadas de investigación, la pirólisis de metano nunca logró escalar más allá del laboratorio, frenada por dos obstáculos técnicos concretos: cómo retirar el carbono sólido que se va acumulando dentro del reactor, y cómo generar suficiente calor dentro de ese mismo reactor sin volver a caer en la quema de combustibles que produce CO2.
Matteo Cargnello, profesor de ingeniería química de Stanford y uno de los investigadores principales del proyecto, remarcó que el trabajo fue un esfuerzo colaborativo: destacó el aporte del equipo de Eric McFarland, de la Universidad de California en Santa Bárbara, que proveyó datos de reactores a gran escala, y el del propio Arun Majumdar, que impulsó al grupo a encarar este problema específico.
La solución: un quemador que combustiona hidrógeno adentro del propio reactor
El nuevo trabajo, coescrito por Moise y el estudiante visitante alemán Sebastian Moll, se enfocó específicamente en resolver el problema del calor. En lugar de calentar reactores de gran tamaño desde el exterior, un método notoriamente ineficiente a esa escala, o quemar metano directamente (lo que generaría el mismo CO2 que se busca evitar), el equipo instaló un quemador dentro del propio reactor que combustiona una pequeña porción del hidrógeno ya producido. Esa combustión interna genera el calor necesario para sostener la reacción y libera principalmente vapor de agua, sin emisiones directas de carbono en ese paso del proceso.
“Vuelve a esta idea de la eficiencia. Podés reducir las emisiones de CO2 evitando generarlas directamente desde el principio, pero también podés reducirlas siendo más eficiente en cómo usás tu energía”, resumió Moise. “Hay múltiples formas de lograr un proceso más sostenible”.
Diez veces más eficiente que los reactores convencionales
El cambio de diseño no fue un ajuste menor: según reportó el equipo, el nuevo método de calentamiento interno logró una eficiencia hasta diez veces mayor que la de los reactores de pirólisis de metano convencionales. Es una diferencia que puede resultar decisiva para que una tecnología conocida en el papel desde hace años finalmente se vuelva viable a escala industrial, algo que los propios investigadores describen como el principal obstáculo que impidió, hasta ahora, sacar la pirólisis de metano del laboratorio.
Un subproducto sólido que podría abaratar todo el proceso
El carbono sólido que produce la pirólisis de metano no es, necesariamente, un residuo a descartar. A diferencia del CO2 gaseoso, este carbono se puede almacenar o reutilizar con mucha más facilidad, y distintos grupos de investigación (incluido un proyecto previo del MIT sobre el mismo proceso) vienen señalando que la venta de ese carbono sólido, en forma de grafito o incluso nanotubos de carbono para baterías y materiales compuestos, podría reducir el precio mínimo al que hace falta vender el hidrógeno para que el proceso resulte rentable frente a los métodos convencionales, mucho más intensivos en emisiones.
Es una lógica de negocio poco habitual en tecnología climática: en lugar de depender exclusivamente de subsidios o de un precio al carbono para volverse competitivo, el propio subproducto de la reacción podría generar un ingreso adicional que ayude a cerrar la ecuación económica.
Por qué esto importa más allá del hidrógeno
La producción de hidrógeno representa hoy alrededor del 1% de las emisiones globales de CO2, según estimaciones citadas por investigaciones previas sobre pirólisis de metano, una porción nada despreciable si se considera que buena parte de ese hidrógeno se usa para fabricar amoníaco destinado a fertilizantes agrícolas, un insumo esencial para alimentar a buena parte de la población mundial. Encontrar una ruta de producción de hidrógeno que evite ese costo de carbono, sin depender de una tecnología todavía inmadura o excesivamente cara, es uno de los objetivos más perseguidos de la química industrial aplicada al clima.
El hidrógeno producido por pirólisis de metano ya tiene, incluso, su propio nombre dentro de la jerga del sector: hidrógeno turquesa, distinto del hidrógeno gris (producido sin ningún control de emisiones) y del hidrógeno verde (producido por electrólisis con electricidad renovable). El avance de Stanford no reemplaza a ninguna de esas otras rutas, pero le suma viabilidad técnica a una tercera vía que, hasta hace poco, se consideraba más una promesa de laboratorio que una alternativa industrial real.