El estudio, publicado el 31 de agosto en la revista Nature Health, analizó cerca de 30 millones de registros de muerte en 3108 condados de Estados Unidos continental entre 2010 y 2020, cruzados con datos de uso real de aire acondicionado obtenidos a través de fusionACS, una plataforma de ciencia de datos de Yale que combina encuestas de hogares estadounidenses con microdatos de la Encuesta sobre la Comunidad Estadounidense. “Todo el mundo coincide en que el aire acondicionado funciona”, resumió Kai Chen, profesor asociado de epidemiología en la Escuela de Salud Pública de Yale y uno de los autores del trabajo. “Pero saber que funciona para una persona no es lo mismo que saber cuántas muertes evita en una población entera”.
Esa distinción, entre tener un equipo instalado y realmente encenderlo, es lo que ningún estudio nacional había logrado cuantificar antes. “Durante años supimos que el aire acondicionado protege a las personas del calor extremo, pero solo podíamos hacer conjeturas sobre su magnitud, porque los datos disponibles nos decían quién poseía un equipo, no quién podía permitirse realmente usarlo”, agregó Chen.
5267 muertes evitadas por año, y una reducción del 57%

El resultado central fue contundente: el uso de aire acondicionado doméstico redujo la mortalidad atribuible al calor en un 57%, lo que equivale a unas 5267 muertes evitadas cada año en el país. El mayor número de vidas salvadas se concentró en Florida y en las regiones del suroeste y la costa del Golfo, las zonas con clima más caluroso y, en consecuencia, con más margen para que el aire acondicionado marque una diferencia real.
El equipo también midió cómo cambiaba el riesgo de morir en un día de calor extremo (el percentil 95 de temperatura) a medida que aumentaba el uso de aire acondicionado en un condado. Cuando ese uso pasaba del percentil 10 al valor mediano, la probabilidad relativa de morir en un día de calor extremo caía de 1,022 a 1,008, una reducción de riesgo considerable y estadísticamente sólida.
Por qué usar más aire acondicionado deja de salvar vidas
El hallazgo más interesante del estudio aparece justo después de ese punto: una vez que el uso de aire acondicionado en un condado superaba el nivel mediano, seguir aumentándolo no traía ninguna reducción adicional de la mortalidad por calor. El beneficio se estabilizaba, en la jerga del propio estudio, se “saturaba”. Es decir, la protección crece con fuerza en los tramos donde el uso todavía es bajo o moderado, pero una vez que la mayoría de los hogares de una zona ya lo usa con regularidad, sumar más consumo de refrigeración no reduce más muertes, aunque sí aumenta la demanda eléctrica, presiona la red y suma emisiones de gases de efecto invernadero.
Los propios autores señalan que ese uso excesivo en días de calor solo moderado podría explicar buena parte de esa meseta: gran parte del beneficio sanitario ya se obtiene con un uso razonable, y el consumo adicional funciona más como costo energético que como protección extra para la salud.
El dinero decide quién puede realmente usarlo

El estudio conecta este hallazgo con un problema estructural más amplio: más de una cuarta parte de los hogares estadounidenses reportó dificultades para costear su consumo de energía. “Este es uno de los muchos estudios que estamos realizando para entender cómo los hogares de bajos ingresos enfrentan el calor extremo”, explicó Narasimha Rao, profesor de sistemas energéticos y coautor del trabajo. “Mientras algunos optan por encender el aire acondicionado, otros toman la incómoda decisión de soportar el calor para ahorrar dinero para comida”.
Es, en otras palabras, un problema de acceso económico tanto como de infraestructura: tener un equipo instalado en casa no garantiza protección real si la factura de electricidad obliga a mantenerlo apagado justo en los días en que más se lo necesita.
Qué implica para las políticas de salud pública
Los investigadores plantean que el fuerte efecto protector del aire acondicionado, combinado con sus límites de saturación y su dependencia del ingreso familiar, apunta hacia dos frentes de política pública complementarios: hacer que el aire acondicionado sea económicamente accesible para los hogares que hoy no pueden costear su uso regular, y reverdecer los espacios urbanos para reducir la temperatura ambiente antes de que el problema llegue a la puerta de cada casa. Ninguna de las dos estrategias reemplaza a la otra: una actúa sobre la capacidad de respuesta individual frente al calor, y la otra sobre la magnitud del calor que cada hogar tiene que enfrentar en primer lugar.