Saltar al contenido
Ciencia

La ciencia creía que la genética influía poco en cuánto vivimos. Un estudio internacional con gemelos sugiere que explica más de la mitad de nuestra longevidad

Durante años se asumió que la herencia tenía un papel limitado en la esperanza de vida. Un nuevo análisis con datos de gemelos de tres países sugiere lo contrario: la genética podría explicar hasta el 55% de cuánto vivimos, más del doble de lo estimado hasta ahora.
Por

Tiempo de lectura 3 minutos

Comentarios (0)

La industria de la longevidad lleva tiempo persiguiendo una pregunta incómoda: ¿por qué algunas personas viven más que otras, incluso llevando estilos de vida similares?

Durante décadas, la respuesta dominante apuntó al entorno: alimentación, ejercicio, nivel socioeconómico, acceso a la sanidad y, en menor medida, la genética. Según la mayoría de los estudios, los genes apenas explicaban entre un 20% y un 30% de la duración de la vida.

Ese consenso acaba de tambalearse.

Un nuevo trabajo publicado en Science plantea que la genética podría ser responsable de hasta el 55% de la longevidad humana, una cifra que duplica las estimaciones previas.

Gemelos, matemáticas y una pregunta clave

La ciencia creía que la genética influía poco en cuánto vivimos. Un estudio internacional con gemelos sugiere que explica más de la mitad de nuestra longevidad Extracto Durante décadas se pensó que el entorno y los hábitos pesaban mucho más que el ADN en la esperanza de vida. Un nuevo análisis con datos de gemelos de tres países apunta a lo contrario: la genética podría explicar hasta el 55% de cuánto vivimos. La pregunta lleva años flotando en la ciencia y también en la vida cotidiana: ¿vivimos más por lo que hacemos o por lo que heredamos? La respuesta nunca fue sencilla. Dieta, ejercicio, nivel socioeconómico, acceso a la salud y azar parecían explicar gran parte de la diferencia entre quienes alcanzan edades avanzadas y quienes no. La genética, según la mayoría de los estudios, jugaba un papel secundario. Ese equilibrio acaba de cambiar. Un nuevo trabajo publicado en Science sugiere que la herencia podría tener un peso mucho mayor del que se creía en la duración de la vida humana. Gemelos, datos masivos y una idea distinta El estudio fue liderado por Ben Shenhar, del Instituto Weizmann de Ciencias, en colaboración con investigadores de Dinamarca. Para abordarlo, el equipo recurrió a uno de los modelos más sólidos en investigación genética: el análisis de gemelos. Los científicos trabajaron con grandes cohortes de hermanos gemelos de Dinamarca, Suecia y Estados Unidos, combinando esos registros con modelos matemáticos avanzados y simulaciones de mortalidad humana. El objetivo no era encontrar un “gen de la longevidad”, sino algo más complejo: separar qué muertes están ligadas al envejecimiento biológico y cuáles ocurren por causas externas. Dos tipos de mortalidad que suelen mezclarse La investigación distingue entre: mortalidad extrínseca, causada por factores externos como accidentes, infecciones o violencia mortalidad intrínseca, asociada al deterioro progresivo del organismo y al envejecimiento celular Según los autores, muchos estudios previos no separaban adecuadamente ambas categorías. Al incluir muertes accidentales en el análisis, el impacto real de la genética quedaba diluido. Cuando esas causas externas se ajustan estadísticamente, el panorama cambia de forma notable. El 55% que reescribe la discusión Tras aplicar los modelos, los investigadores concluyeron que la genética explica aproximadamente el 55% de la duración de la vida humana. Es más del doble de lo estimado hasta ahora. La depuración de los datos mostró que el ADN influye principalmente sobre la mortalidad intrínseca, es decir, sobre cómo envejecen los tejidos, cómo se acumulan los daños celulares y cómo responde el organismo al paso del tiempo. En palabras del propio estudio, una vez que se tiene en cuenta correctamente la mortalidad externa, la genética aparece como “la fuerza central del envejecimiento humano”. Qué cambia con este resultado El hallazgo tiene implicaciones profundas para la ciencia de la longevidad. Para las investigadoras Daniela Bakula y Morten Scheibye-Knudsen, este nuevo enfoque refuerza la necesidad de invertir esfuerzos a gran escala en identificar variantes genéticas asociadas a una vida más larga y saludable. Comprender esas diferencias podría ayudar a: mejorar la detección temprana de riesgos de envejecimiento acelerado desarrollar tratamientos dirigidos a vías biológicas concretas entender por qué algunas personas responden mejor que otras a ciertos fármacos La longevidad dejaría de ser un fenómeno casi impredecible para convertirse, al menos en parte, en un proceso biológico medible. Las advertencias: no todo está escrito en el ADN El estudio también ha despertado cautela entre otros expertos. Algunos recuerdan que la investigación no analiza genes específicos ni utiliza secuenciación genómica directa. Todo se basa en correlaciones estadísticas entre gemelos y modelos matemáticos. Jesús Adrián Álvarez, doctor en Salud Pública en Dinamarca, señala que la duración de la vida surge de una interacción constante entre genética, ambiente y azar. Factores como la exposición ambiental, la regulación epigenética y las decisiones cotidianas siguen desempeñando un papel fundamental, incluso en personas con una predisposición genética favorable. Una pieza más clara dentro de un sistema complejo El mensaje final no es que el destino esté escrito en el ADN. Pero sí que la genética podría tener un peso mucho mayor del que la ciencia le había atribuido hasta ahora. El entorno importa, los hábitos importan y la suerte también. Sin embargo, el reloj biológico interno parece marcar el ritmo con más fuerza de lo esperado. No podemos cambiar nuestros genes. Pero entender cómo influyen podría ser la clave para aprender, por fin, a envejecer mejor.
© Unsplash / julien Tromeur.

El estudio fue dirigido por Ben Shenhar, del Instituto Weizmann de Ciencias (Israel), en colaboración con investigadores daneses. El equipo analizó grandes bases de datos de hermanos gemelos procedentes de Dinamarca, Suecia y Estados Unidos.

El uso de gemelos no es casual.

Compartir prácticamente el mismo ADN permite aislar mejor qué parte de la longevidad depende de la herencia y cuál del entorno. Sin embargo, el enfoque del estudio fue diferente al habitual.

En lugar de buscar genes concretos, los investigadores aplicaron modelos matemáticos y simulaciones de mortalidad humana para separar dos tipos de causas de muerte.

Dos formas de morir… y de envejecer

El análisis distingue entre:

  • mortalidad extrínseca, causada por factores externos como accidentes, violencia o infecciones
  • mortalidad intrínseca, vinculada al envejecimiento biológico y al deterioro interno del organismo

Según el equipo, muchos estudios anteriores no separaban adecuadamente ambos factores. Al mezclar muertes accidentales con procesos de envejecimiento, el peso real de la genética quedaba diluido.

El resultado era una subestimación sistemática del papel hereditario. Cuando las causas externas se ajustan correctamente en los modelos, la imagen cambia de forma drástica.

El 55% que lo cambia todo

La ciencia creía que la genética influía poco en cuánto vivimos. Un estudio internacional con gemelos sugiere que explica más de la mitad de nuestra longevidad Extracto Durante décadas se pensó que el entorno y los hábitos pesaban mucho más que el ADN en la esperanza de vida. Un nuevo análisis con datos de gemelos de tres países apunta a lo contrario: la genética podría explicar hasta el 55% de cuánto vivimos. La pregunta lleva años flotando en la ciencia y también en la vida cotidiana: ¿vivimos más por lo que hacemos o por lo que heredamos? La respuesta nunca fue sencilla. Dieta, ejercicio, nivel socioeconómico, acceso a la salud y azar parecían explicar gran parte de la diferencia entre quienes alcanzan edades avanzadas y quienes no. La genética, según la mayoría de los estudios, jugaba un papel secundario. Ese equilibrio acaba de cambiar. Un nuevo trabajo publicado en Science sugiere que la herencia podría tener un peso mucho mayor del que se creía en la duración de la vida humana. Gemelos, datos masivos y una idea distinta El estudio fue liderado por Ben Shenhar, del Instituto Weizmann de Ciencias, en colaboración con investigadores de Dinamarca. Para abordarlo, el equipo recurrió a uno de los modelos más sólidos en investigación genética: el análisis de gemelos. Los científicos trabajaron con grandes cohortes de hermanos gemelos de Dinamarca, Suecia y Estados Unidos, combinando esos registros con modelos matemáticos avanzados y simulaciones de mortalidad humana. El objetivo no era encontrar un “gen de la longevidad”, sino algo más complejo: separar qué muertes están ligadas al envejecimiento biológico y cuáles ocurren por causas externas. Dos tipos de mortalidad que suelen mezclarse La investigación distingue entre: mortalidad extrínseca, causada por factores externos como accidentes, infecciones o violencia mortalidad intrínseca, asociada al deterioro progresivo del organismo y al envejecimiento celular Según los autores, muchos estudios previos no separaban adecuadamente ambas categorías. Al incluir muertes accidentales en el análisis, el impacto real de la genética quedaba diluido. Cuando esas causas externas se ajustan estadísticamente, el panorama cambia de forma notable. El 55% que reescribe la discusión Tras aplicar los modelos, los investigadores concluyeron que la genética explica aproximadamente el 55% de la duración de la vida humana. Es más del doble de lo estimado hasta ahora. La depuración de los datos mostró que el ADN influye principalmente sobre la mortalidad intrínseca, es decir, sobre cómo envejecen los tejidos, cómo se acumulan los daños celulares y cómo responde el organismo al paso del tiempo. En palabras del propio estudio, una vez que se tiene en cuenta correctamente la mortalidad externa, la genética aparece como “la fuerza central del envejecimiento humano”. Qué cambia con este resultado El hallazgo tiene implicaciones profundas para la ciencia de la longevidad. Para las investigadoras Daniela Bakula y Morten Scheibye-Knudsen, este nuevo enfoque refuerza la necesidad de invertir esfuerzos a gran escala en identificar variantes genéticas asociadas a una vida más larga y saludable. Comprender esas diferencias podría ayudar a: mejorar la detección temprana de riesgos de envejecimiento acelerado desarrollar tratamientos dirigidos a vías biológicas concretas entender por qué algunas personas responden mejor que otras a ciertos fármacos La longevidad dejaría de ser un fenómeno casi impredecible para convertirse, al menos en parte, en un proceso biológico medible. Las advertencias: no todo está escrito en el ADN El estudio también ha despertado cautela entre otros expertos. Algunos recuerdan que la investigación no analiza genes específicos ni utiliza secuenciación genómica directa. Todo se basa en correlaciones estadísticas entre gemelos y modelos matemáticos. Jesús Adrián Álvarez, doctor en Salud Pública en Dinamarca, señala que la duración de la vida surge de una interacción constante entre genética, ambiente y azar. Factores como la exposición ambiental, la regulación epigenética y las decisiones cotidianas siguen desempeñando un papel fundamental, incluso en personas con una predisposición genética favorable. Una pieza más clara dentro de un sistema complejo El mensaje final no es que el destino esté escrito en el ADN. Pero sí que la genética podría tener un peso mucho mayor del que la ciencia le había atribuido hasta ahora. El entorno importa, los hábitos importan y la suerte también. Sin embargo, el reloj biológico interno parece marcar el ritmo con más fuerza de lo esperado. No podemos cambiar nuestros genes. Pero entender cómo influyen podría ser la clave para aprender, por fin, a envejecer mejor.
© Unsplash / Curated Lifestyle.

Tras aplicar estas correcciones, los investigadores concluyen que la genética explica aproximadamente el 55% de la duración de la vida humana.

En palabras del propio estudio: “Las causas externas diluyen el impacto medible de la genética, que moldea principalmente la mortalidad intrínseca impulsada por el envejecimiento y el deterioro biológico interno”. Una vez aislado ese ruido estadístico, la herencia aparece como el factor dominante del envejecimiento.

No significa que el estilo de vida deje de importar, pero sí que su peso podría haber sido sobreestimado frente al componente biológico.

Qué implica este hallazgo para la ciencia de la longevidad

Para las investigadoras Daniela Bakula y Morten Scheibye-Knudsen, los resultados tienen consecuencias directas para el futuro de la investigación.

Si la genética desempeña un papel tan central, cobra más sentido invertir esfuerzos masivos en:

  • identificar variantes genéticas asociadas a la longevidad
  • comprender qué vías biológicas regulan el envejecimiento
  • desarrollar terapias dirigidas a esos mecanismos

En otras palabras, el envejecimiento dejaría de verse como un proceso casi aleatorio para convertirse en un fenómeno parcialmente programado.

Las cautelas: no todo es ADN

La ciencia creía que la genética influía poco en cuánto vivimos. Un estudio internacional con gemelos sugiere que explica más de la mitad de nuestra longevidad Extracto Durante décadas se pensó que el entorno y los hábitos pesaban mucho más que el ADN en la esperanza de vida. Un nuevo análisis con datos de gemelos de tres países apunta a lo contrario: la genética podría explicar hasta el 55% de cuánto vivimos. La pregunta lleva años flotando en la ciencia y también en la vida cotidiana: ¿vivimos más por lo que hacemos o por lo que heredamos? La respuesta nunca fue sencilla. Dieta, ejercicio, nivel socioeconómico, acceso a la salud y azar parecían explicar gran parte de la diferencia entre quienes alcanzan edades avanzadas y quienes no. La genética, según la mayoría de los estudios, jugaba un papel secundario. Ese equilibrio acaba de cambiar. Un nuevo trabajo publicado en Science sugiere que la herencia podría tener un peso mucho mayor del que se creía en la duración de la vida humana. Gemelos, datos masivos y una idea distinta El estudio fue liderado por Ben Shenhar, del Instituto Weizmann de Ciencias, en colaboración con investigadores de Dinamarca. Para abordarlo, el equipo recurrió a uno de los modelos más sólidos en investigación genética: el análisis de gemelos. Los científicos trabajaron con grandes cohortes de hermanos gemelos de Dinamarca, Suecia y Estados Unidos, combinando esos registros con modelos matemáticos avanzados y simulaciones de mortalidad humana. El objetivo no era encontrar un “gen de la longevidad”, sino algo más complejo: separar qué muertes están ligadas al envejecimiento biológico y cuáles ocurren por causas externas. Dos tipos de mortalidad que suelen mezclarse La investigación distingue entre: mortalidad extrínseca, causada por factores externos como accidentes, infecciones o violencia mortalidad intrínseca, asociada al deterioro progresivo del organismo y al envejecimiento celular Según los autores, muchos estudios previos no separaban adecuadamente ambas categorías. Al incluir muertes accidentales en el análisis, el impacto real de la genética quedaba diluido. Cuando esas causas externas se ajustan estadísticamente, el panorama cambia de forma notable. El 55% que reescribe la discusión Tras aplicar los modelos, los investigadores concluyeron que la genética explica aproximadamente el 55% de la duración de la vida humana. Es más del doble de lo estimado hasta ahora. La depuración de los datos mostró que el ADN influye principalmente sobre la mortalidad intrínseca, es decir, sobre cómo envejecen los tejidos, cómo se acumulan los daños celulares y cómo responde el organismo al paso del tiempo. En palabras del propio estudio, una vez que se tiene en cuenta correctamente la mortalidad externa, la genética aparece como “la fuerza central del envejecimiento humano”. Qué cambia con este resultado El hallazgo tiene implicaciones profundas para la ciencia de la longevidad. Para las investigadoras Daniela Bakula y Morten Scheibye-Knudsen, este nuevo enfoque refuerza la necesidad de invertir esfuerzos a gran escala en identificar variantes genéticas asociadas a una vida más larga y saludable. Comprender esas diferencias podría ayudar a: mejorar la detección temprana de riesgos de envejecimiento acelerado desarrollar tratamientos dirigidos a vías biológicas concretas entender por qué algunas personas responden mejor que otras a ciertos fármacos La longevidad dejaría de ser un fenómeno casi impredecible para convertirse, al menos en parte, en un proceso biológico medible. Las advertencias: no todo está escrito en el ADN El estudio también ha despertado cautela entre otros expertos. Algunos recuerdan que la investigación no analiza genes específicos ni utiliza secuenciación genómica directa. Todo se basa en correlaciones estadísticas entre gemelos y modelos matemáticos. Jesús Adrián Álvarez, doctor en Salud Pública en Dinamarca, señala que la duración de la vida surge de una interacción constante entre genética, ambiente y azar. Factores como la exposición ambiental, la regulación epigenética y las decisiones cotidianas siguen desempeñando un papel fundamental, incluso en personas con una predisposición genética favorable. Una pieza más clara dentro de un sistema complejo El mensaje final no es que el destino esté escrito en el ADN. Pero sí que la genética podría tener un peso mucho mayor del que la ciencia le había atribuido hasta ahora. El entorno importa, los hábitos importan y la suerte también. Sin embargo, el reloj biológico interno parece marcar el ritmo con más fuerza de lo esperado. No podemos cambiar nuestros genes. Pero entender cómo influyen podría ser la clave para aprender, por fin, a envejecer mejor.
© Unsplash / Google DeepMind.

El estudio, sin embargo, no ha sido recibido sin reservas. Algunos expertos subrayan que la investigación no analiza genes concretos, ni utiliza información genómica directa. Todo se basa en correlaciones estadísticas entre gemelos y modelos matemáticos de mortalidad.

Jesús Adrián Álvarez, doctor en Salud Pública en Dinamarca, señala que la longevidad surge de una interacción compleja entre genética, entorno y azar: “La salud y la duración de la vida resultan de la interacción continua entre factores ambientales y respuestas biológicas, moduladas por la expresión génica y la regulación epigenética”. Incluso enfermedades con fuerte componente genético representan excepciones, no la norma.

La mayoría de las muertes responden a una combinación dinámica de susceptibilidad heredada, exposición ambiental y adaptación fisiológica.

Una pieza clave, no la única

El mensaje final no es que la longevidad esté escrita en los genes, sino que la herencia podría pesar mucho más de lo que creíamos.

La dieta, el ejercicio y el entorno siguen siendo determinantes. Pero este estudio sugiere que el reloj biológico interno —ese que marca cómo envejecen nuestras células— tiene un protagonismo mayor del esperado.

No podemos elegir nuestros genes. Pero ahora sabemos que, en la carrera por vivir más años, quizá nunca estuvimos compitiendo en igualdad de condiciones.

Compartir esta historia

Artículos relacionados