La palabra “grasa” suele asociarse a kilos de más, dietas estrictas o riesgo cardiovascular. Pero en realidad se trata de un sistema mucho más complejo y sofisticado de lo que imaginamos. El cuerpo humano aloja tres variedades principales de tejido adiposo —blanco, marrón y beige—, cada una con funciones precisas que van desde almacenar energía hasta producir calor y modular hormonas esenciales. Su distribución, su actividad y su equilibrio influyen de manera directa en el metabolismo y en la salud general, según explica la Cleveland Clinic.
La grasa blanca: reserva energética y centro hormonal
El tejido adiposo blanco es el más abundante y actúa como depósito de energía y capa aislante para los órganos internos. Pero su rol va mucho más allá: funciona como un órgano endocrino que produce hormonas, regula el apetito y la sensibilidad a la insulina, e influye en la inflamación del organismo.
Cuando este tejido se acumula en exceso, especialmente en la zona visceral —alrededor del hígado, el páncreas y el abdomen— se asocia a obesidad, diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares. En cambio, la grasa subcutánea resulta menos dañina, aunque también responde a los hábitos alimentarios y al estilo de vida.

Grasa marrón: el “horno interno” que quema calorías
Mucho más escasa pero extraordinariamente activa, la grasa marrón es la encargada de producir calor. Se activa antes de que el cuerpo empiece a tiritar, especialmente frente al frío, mediante un proceso llamado termogénesis. Para hacerlo, quema calorías y utiliza glucosa y ácidos grasos, ayudando a regular el azúcar en sangre.
En bebés puede representar hasta el 5 % del peso corporal, pero en adultos queda localizada en zonas pequeñas como el cuello, la espalda alta o alrededor de los riñones. Las personas delgadas y quienes realizan ejercicio frecuente suelen tener una mayor actividad de este tejido.
Grasa beige: la versatilidad metabólica
La grasa beige funciona como un “híbrido” entre la blanca y la marrón. Aparece cuando ciertas células blancas se transforman en beige bajo estímulos como el frío o la actividad física. Esta conversión —conocida como browning— aumenta el gasto energético y se considera una de las grandes líneas de investigación para prevenir la obesidad y mejorar el metabolismo.
Aunque su presencia es limitada en adultos, su activación se relaciona con una mejor regulación de glucosa y lípidos.
Un sistema evolutivo que hoy se usa poco
Estos tres tipos de grasa surgieron como respuestas evolutivas: la marrón para sobrevivir al frío, la blanca para almacenar energía en tiempos de escasez y la beige para aportar flexibilidad metabólica. Pero en la vida moderna, con calefacción constante, sedentarismo y dietas abundantes, este equilibrio se altera.

El envejecimiento, los ultraprocesados y la falta de movimiento reducen la actividad de la grasa marrón y beige, mientras que la blanca tiende a acumularse.
Cómo cuidar este equilibrio
La evidencia indica que ciertos hábitos potencian el funcionamiento saludable del tejido adiposo:
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Ejercicio regular: libera irisina, hormona que favorece la conversión de grasa blanca en beige.
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Exposición moderada al frío: duchas frías o ambientes frescos activan la grasa marrón.
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Dieta equilibrada: rica en hierro y compuestos naturales como el ácido ursólico (manzanas, frutas deshidratadas).
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Reducción de grasas saturadas y trans: para evitar inflamación crónica.
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Consumo de grasas saludables acompañado de vegetales, proteínas y cereales integrales.
El verdadero metabolismo no depende solo de “cuánta grasa” tenemos, sino de cuál, dónde y cómo funciona. Entender esta red de tejidos es clave para mejorar la salud y prevenir enfermedades asociadas al exceso de energía en el cuerpo.
Fuente: Infobae.