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Ciencia

La idea de unir España y Marruecos con un túnel bajo el Estrecho parecía cuestión de ingeniería. En realidad, el gran enemigo lleva décadas siendo el fondo marino

El proyecto que aspira a conectar Europa y África en media hora ha vuelto a moverse este año con nuevos estudios del CSIC. El motivo no es menor: antes de excavar, todavía hay que entender qué tipo de terreno se esconde bajo uno de los pasos marítimos más complejos del planeta.
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Hay proyectos que sobreviven tanto tiempo que dejan de parecer infraestructuras y empiezan a parecer obsesiones geográficas. El túnel entre España y Marruecos es uno de ellos. Lleva décadas apareciendo, desapareciendo, reactivándose y volviendo a quedar suspendido en ese limbo donde viven las grandes ideas que parecen demasiado lógicas para abandonarlas… y demasiado complejas para ejecutarlas.

Porque sobre el papel, la idea es irresistible. Mirar desde Tarifa hacia el sur y pensar: ¿cómo es posible que Europa y África estén tan cerca y sigan separadas solo por agua? La respuesta corta es: porque debajo de esa agua hay un problema enorme.

Y no uno cualquiera. El verdadero enemigo del proyecto nunca ha sido solo el dinero, ni la voluntad política, ni siquiera la profundidad del Estrecho. El problema más serio lleva años siendo mucho más incómodo: el subsuelo marino del Estrecho de Gibraltar sigue siendo geológicamente mucho más imprevisible de lo que un túnel así puede permitirse.

El proyecto no está muerto, pero tampoco está cerca de construirse

La idea de unir España y Marruecos con un túnel bajo el Estrecho parecía cuestión de ingeniería. En realidad, el gran enemigo lleva décadas siendo el fondo marino
© NASA.

Una de las cosas más importantes para no contar mal esta historia es esta: el túnel no ha sido cancelado definitivamente. Pero tampoco está, ni de lejos, en fase de ejecución real.

Lo que ha ocurrido en 2026 es algo mucho más revelador: el Gobierno de España ha encargado al CSIC una nueva campaña para estudiar el fondo marino del Umbral de Camarinal, una de las zonas clave del posible trazado. Y eso, más que acercar el proyecto a las tuneladoras, lo que demuestra es que todavía hay preguntas básicas que no están resueltas.

Cuando un proyecto así necesita volver a mirar el fondo con lupa después de 45 años de estudios, informes y promesas, el mensaje es bastante claro:
seguimos sin saber con suficiente precisión si el terreno permite una obra de este calibre sin convertirla en una pesadilla técnica.

El Estrecho no es tan profundo como parece, pero sí mucho más traicionero

A primera vista, uno podría pensar que el principal problema de un túnel submarino entre España y Marruecos es la profundidad. Y sí, importa. Pero no tanto como parece.

El trazado que se ha estudiado históricamente evita los puntos más extremos del Estrecho y se apoya en la zona del Umbral de Camarinal, donde el fondo es relativamente menos profundo. Eso lo convierte, en teoría, en la opción más razonable para intentar una conexión fija. El problema es que “menos profundo” no significa “sencillo”.

Porque debajo del agua no espera una base rocosa uniforme, predecible y amable para la ingeniería. Lo que aparece ahí es una mezcla mucho más delicada: materiales del Complejo de los Flysch, capas de areniscas y arcillas, sedimentos más recientes y zonas donde el comportamiento del terreno puede cambiar en distancias cortísimas. Y eso, para una obra subterránea de decenas de kilómetros, es exactamente el tipo de frase que ningún ingeniero quiere leer demasiado a menudo.

La pesadilla real no es excavar: es no saber cómo reaccionará la roca cuando empieces

Este es el verdadero corazón del problema. Construir un túnel no consiste solo en perforar. Consiste en perforar un entorno que debe mantenerse estable durante décadas, resistir presión, humedad, deformaciones, filtraciones y, en este caso, además, actividad sísmica. Y el Estrecho de Gibraltar tiene un historial geológico que no invita precisamente a la relajación.

La región se encuentra en una zona compleja de interacción tectónica, dentro del gran marco de fractura que conecta Azores, Gibraltar y el Mediterráneo occidental, un contexto que lleva siglos recordando que aquí el subsuelo no está exactamente en reposo. El gran terremoto de 1755, el de Lisboa, sigue flotando como un fantasma geológico cada vez que se habla de grandes infraestructuras en esta parte del mapa.

Eso no significa que el túnel sea imposible. Significa algo mucho más importante: si algún día se construye, tendrá que convivir durante generaciones con un territorio que nunca deja de moverse del todo.

El problema ya no es imaginar el túnel: es justificar que merece el riesgo

La idea de unir España y Marruecos con un túnel bajo el Estrecho parecía cuestión de ingeniería. En realidad, el gran enemigo lleva décadas siendo el fondo marino
© X / DiarioMallorca

Lo interesante de esta nueva fase del proyecto es que llega en un momento donde la lógica del túnel parece más atractiva que nunca. Una conexión ferroviaria electrificada entre Europa y África tendría un valor brutal desde el punto de vista de la movilidad, la logística y las emisiones. Podría reducir tiempos, reforzar intercambios comerciales, disminuir parte de la dependencia de ferris y, sobre el papel, crear una infraestructura con sentido geopolítico y climático.

Pero todo eso depende de una condición previa: que el subsuelo no convierta la idea en una ruina de sobrecostes, retrasos y riesgos estructurales. Y esa es precisamente la fase en la que seguimos. No estamos todavía en “cómo será el túnel”. Seguimos, en realidad, en “si el fondo marino permitirá alguna vez construirlo sin pagar un precio desproporcionado”.

Después de 45 años, el mayor obstáculo sigue siendo el mismo: el Estrecho no quiere dejarse domesticar

Hay algo casi simbólico en esta historia. Porque el túnel entre España y Marruecos siempre ha parecido inevitable cuando se mira un mapa. Es una de esas ideas que parecen tan evidentes que cuesta entender por qué no existen ya. Pero el Estrecho de Gibraltar lleva décadas recordando algo que la geografía nunca deja de hacer: la cercanía visual no siempre equivale a facilidad física.

Europa y África están a tiro de vista. Pero bajo ese paso aparentemente breve se esconde uno de los entornos más incómodos que puede plantearse para una obra de esta escala. Y por eso el proyecto sigue vivo, sí, pero atrapado en la misma paradoja desde hace décadas:
es lo bastante atractivo como para no morir nunca, y lo bastante difícil como para no terminar de nacer jamás.

Quizá algún día un tren cruce bajo el Estrecho en media hora y la idea deje de parecer ciencia ficción geopolítica. Pero si eso ocurre, no será porque alguien haya vencido solo a la distancia. Será porque, por fin, alguien habrá conseguido convencer al fondo marino de Gibraltar de dejarse atravesar.

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