Hay algo fascinante en pensar que una especie completamente nueva para la ciencia no estaba escondida en una fosa abisal imposible de explorar ni esperando una expedición futurista con robots submarinos. Estaba, en realidad, guardada en una colección científica desde hacía 70 años, etiquetada como si fuera un ejemplar más y esperando a que alguien, algún día, se diera cuenta de que había algo raro en ella.
Eso es exactamente lo que ha ocurrido con el ya bautizado como “calamar de Poseidón”, un cefalópodo recuperado del estómago de un cachalote a mediados del siglo pasado y que hoy sabemos que pertenecía a una especie completamente desconocida. Su nombre científico es Mobydickia poseidonii, y su historia no solo parece sacada de una novela marítima. También recuerda algo bastante incómodo para la biología: todavía sabemos sorprendentemente poco sobre lo que vive (o vivió) en el océano profundo.
La ciencia no lo encontró en el mar, sino revisando una estantería
La imagen clásica del descubrimiento científico suele estar llena de aventura: selvas, submarinos, expediciones, tecnología de última generación. En este caso, el hallazgo empezó de una forma mucho menos cinematográfica y, a la vez, bastante más reveladora. El ejemplar llevaba décadas en las colecciones del Museo de Historia Natural de Londres, donde había permanecido clasificado erróneamente. No era un fósil perdido ni un fragmento ambiguo. Era un animal real, conservado, visible… y, aun así, nadie había entendido del todo qué era.
La revisión llegó de la mano de la estudiante Sam Arnold y del investigador Fernando Ángel Fernández-Álvarez, del Instituto Español de Oceanografía. Al analizar su morfología con detalle, se dieron cuenta de que algo no cuadraba. No encajaba con la especie que figuraba en su ficha. Y lo más interesante es que tampoco encajaba bien con ninguna otra. Ese momento (el instante en el que un ejemplar aparentemente rutinario empieza a no parecer tan rutinario) suele ser donde la ciencia se vuelve realmente buena.
No era solo una especie nueva: tampoco encajaba con las familias conocidas

Lo que empezó como una sospecha taxonómica terminó escalando bastante más de lo esperado.
El animal presentaba una combinación de rasgos anatómicos extrañísima. Estaba despigmentado, salvo en la zona de los ojos, tenía un aspecto blanquecino poco común y mostraba en sus ventosas una serie de ganchos con cúspides laterales cuya forma recordaba a un tridente. Ese detalle fue, precisamente, uno de los que inspiró el nombre de “Poseidón”. El otro guiño vino de su aspecto pálido y de su origen ligado a un cachalote, lo que llevó a vincularlo también con Moby Dick. De ahí el nombre científico: Mobydickia poseidonii.
Pero lo más importante no era lo pintoresco del nombre, sino lo que implicaba su anatomía. Según explicaron los investigadores, el ejemplar no encajaba con ninguna familia de cefalópodos descrita hasta ahora. Eso convirtió el hallazgo en algo mucho más raro de lo habitual: no se trataba solo de sumar una especie nueva al catálogo, sino de abrir una familia completamente nueva de calamares oceánicos, algo que no ocurría desde hacía 27 años. Y eso, en zoología marina, ya entra en la categoría de evento serio.
El detalle más increíble de la historia es que solo existe un ejemplar
Una de las cosas más sorprendentes del “calamar de Poseidón” es que todo este descubrimiento se sostiene, de momento, sobre un único individuo preservado. No hubo una población recién detectada. No aparecieron docenas de ejemplares en una campaña reciente. No existe, por ahora, una filmación moderna en alta definición que lo muestre flotando en las profundidades.
Todo lo que sabemos de esta criatura sale de un solo cuerpo que, además, llegó a los científicos de la forma menos elegante posible: digerido a medias por un cachalote. Y, aun así, bastó. Eso habla de dos cosas al mismo tiempo. Por un lado, de lo fina que puede ser la taxonomía cuando se hace bien. Pero por otro, de algo todavía más desconcertante: cuántos animales profundamente extraños podrían seguir existiendo sin que nadie los haya descrito jamás.
Porque si una familia nueva de calamares podía pasar 70 años escondida a plena vista en una colección, la pregunta ya no es si queda mucho por descubrir en el océano. La pregunta es cuánto de lo que creemos conocer está todavía mal entendido.
Los museos no son cementerios de bichos raros: son archivos del planeta
Esta historia tiene además una moraleja científica bastante importante, y no tiene que ver solo con el océano profundo. Tiene que ver con los museos. A menudo pensamos en las colecciones biológicas como lugares estáticos, casi arqueológicos, donde se acumulan frascos, esqueletos y restos de expediciones antiguas. Pero en realidad funcionan como otra cosa: bibliotecas de biodiversidad. Y, como toda buena biblioteca, a veces guardan libros que nadie ha leído bien.
El caso de Mobydickia poseidonii es casi un ejemplo perfecto de por qué conservar especímenes sigue siendo esencial. Si ese animal no hubiera sido preservado en su momento, si alguien no hubiera decidido guardarlo, si el museo no lo hubiera mantenido durante décadas en condiciones adecuadas, este descubrimiento simplemente no existiría.
Puede sonar poco épico comparado con un submarino bajando a miles de metros, pero en realidad es otra forma de exploración. Solo que en vez de sumergirse en el océano, se sumerge en el archivo.
Lo más inquietante no es este calamar, sino todo lo que sugiere
El “calamar de Poseidón” ya fue incluido entre las diez especies marinas más extraordinarias de 2025 por el Registro Mundial de Especies Marinas (WoRMS), y no cuesta entender por qué. Tiene una historia extraña, un nombre memorable y una rareza anatómica suficiente como para parecer casi ficticio. Pero lo más interesante del hallazgo no es solo el animal en sí. Es lo que sugiere.
Sugiere que el océano profundo sigue siendo uno de los grandes territorios ciegos de la ciencia. Sugiere que todavía hay criaturas que conocemos solo por accidente, porque un depredador se las tragó o porque una cámara submarina tuvo la suerte de cruzarse con ellas. Y sugiere, también, que parte del futuro de la biología no está solo en descubrir cosas nuevas ahí fuera, sino en releer con más atención lo que ya tenemos guardado aquí.
A veces imaginamos que la ciencia siempre avanza encontrando algo nuevo. Pero de vez en cuando, lo que hace es algo todavía más extraño: volver a mirar lo que llevaba décadas delante de nuestros ojos… y darse cuenta de que nunca lo habíamos entendido de verdad.