Cincuenta años después de la Marcha Verde, el conflicto del Sáhara Occidental continúa siendo una herida abierta entre la historia y la diplomacia. Lo que comenzó en 1975 con una multitud de civiles marroquíes cruzando la frontera para reclamar el territorio que España estaba abandonando, hoy se ha transformado en una pulseada política que atraviesa organismos internacionales, despachos europeos y silencios incómodos.
El Consejo de Seguridad de la ONU aprobó el 31 de octubre una resolución que, sin imponer una solución concreta, dio un claro espaldarazo a la postura de Rabat. El texto, impulsado por Estados Unidos, vuelve a apostar por la negociación sobre la base del plan de autonomía marroquí, una propuesta de apenas tres folios que, en la práctica, descarta la autodeterminación plena del pueblo saharaui. No hay referéndum a la vista, ni presión internacional para que lo haya.
Para Marruecos, el momento es histórico; para el Frente Polisario, el golpe más duro en décadas.
El giro diplomático: de la guerra al reconocimiento

La resolución de la ONU coronó un ciclo de éxitos diplomáticos que Rabat lleva acumulando desde hace años. Con el respaldo de Washington y París, Marruecos ha logrado que una treintena de países —entre ellos varios africanos y árabes— respalden públicamente su propuesta de autonomía limitada.
La legitimidad internacional se construye paso a paso, incluso cuando las sentencias van en contra. En 2024, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea anuló el acuerdo comercial UE–Marruecos que incluía productos del Sáhara, pero Bruselas no tardó en buscar un atajo. Apenas unas semanas después, se firmó otro pacto “a medida”, negociado en silencio, que mantenía las mismas cláusulas.
Mientras tanto, el Polisario multiplica los recursos judiciales y los comunicados, pero su influencia es cada vez menor. En un contexto donde Europa prioriza la estabilidad y la energía frente a los principios, la causa saharaui parece haberse quedado sin aliados efectivos.
Medio siglo de promesas incumplidas
El conflicto saharaui es una paradoja en movimiento. En 2002, el llamado Plan Baker II —ideado por el ex secretario de Estado estadounidense James Baker— propuso un referéndum que incluía a los colonos marroquíes residentes en el territorio. Aun así, Rabat lo rechazó. La historia se repite: lo que no puede controlar, lo bloquea.
El nuevo plan de autonomía, que la ONU vuelve ahora a respaldar de facto, corre la misma suerte que sus antecesores: un documento que gana peso político, pero no legitimidad popular. El Frente Polisario lo considera un marco inaceptable, y Argelia, su principal valedora, mantiene su apoyo con creciente cansancio.
El aislamiento de Argel se ha acentuado tras las presiones de Washington y la falta de entusiasmo interno. En Marruecos, el Sáhara es una “causa nacional”; en Argelia, es un asunto heredado de los militares. Si alguna vez el poder civil gana espacio, el respaldo al Polisario podría desvanecerse lentamente, como la arena que el viento arrastra hacia el Atlántico.
Un territorio atrapado entre el silencio y la imposición

El Sáhara Occidental sigue siendo el último territorio africano pendiente de descolonización reconocido por la ONU. Sobre el terreno, Marruecos controla cerca del 80% del territorio, protegido por un muro fortificado que se extiende más de 2.700 kilómetros. El 20% restante, bajo el control del Polisario, sobrevive en condiciones precarias y depende del apoyo militar argelino.
Si las negociaciones no prosperan, Estados Unidos podría plantearse el fin del mandato de la MINURSO, la misión de paz de la ONU creada en 1991 para organizar un referéndum de autodeterminación que nunca se celebró. Su retirada dejaría el terreno libre para que Rabat consolidara su dominio militar sobre la franja oriental, el último enclave que escapa a su control.
En ese escenario, Argelia tendría que decidir si interviene o asiste al desenlace desde la frontera. Las probabilidades apuntan a lo segundo.
Un conflicto que envejece con el siglo
Medio siglo después de la Marcha Verde, el Sáhara Occidental se ha convertido en un espejo incómodo. Refleja la impotencia de la ONU, la resignación europea y la determinación de Marruecos por integrar, de facto, su “provincia del sur”.
Para los saharauis, el tiempo juega en contra. Su causa, que alguna vez inspiró solidaridad global, hoy sobrevive en los márgenes del debate internacional, eclipsada por guerras más visibles y por la lógica de los intereses.
El rey Mohamed VI lo resumió con claridad tras la votación en el Consejo de Seguridad: “La cuestión del Sáhara está cerrada”. Pero lo que se cierra en Rabat sigue abierto en los campamentos de Tinduf, donde generaciones enteras de saharauis nacen y mueren esperando un país que, medio siglo después, sigue existiendo solo en el papel.