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La increíble historia del soldado finlandés que escapó de los rusos en esquí gracias a 30 pastillas de anfetamina

Prisioneros de guerra soviéticos vestidos con ropa nueva cerca del Círculo Polar Ártico en Rovaniemi en enero de 1940 (colorizada).
Prisioneros de guerra soviéticos vestidos con ropa nueva cerca del Círculo Polar Ártico en Rovaniemi en enero de 1940 (colorizada).
Imagen: Wikimedia Commons

Historias de la guerra hay muchísimas, aunque muy pocas se acercan a lo vivido por el intrépido soldado finlandés Aimo Koivunen. Cuando el 18 de marzo de 1944 terminó, el hombre no recordaba cómo había llegado a mitad de un bosque solo, con la bolsa de anfetaminas de su tropa completamente vacía, y encima de una mina.

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Koivunen, entonces de 27 años, formaba parte de una pequeña tropa que se encontraba luchando contra el Ejército Rojo en la frontera finlandesa. El grupo llevaba días moviéndose por el desierto de Laponia en un gélido día de invierno, y las últimas 48 horas habían avanzado sin apenas descansar, siempre en movimiento y esquiando bajo temperaturas de 15 grados bajo cero.

Koivunen
Koivunen
Imagen: Wikimedia Commons

Por aquel entonces, Finlandia había estado en guerra con la Unión Soviética desde 1939, cuando las demandas de Stalin de que Finlandia le cediera algunos puertos y tierras importantes cerca de San Petersburgo y en el extremo norte fueron rechazadas en lo que se conoció como La Guerra de Invierno. No era una lucha igualada, por supuesto. La poderosa maquinaria militar soviética era muy superior al ejército finlandés, razón por la que en 1940 el pequeño país se vio obligado a firmar un tratado de paz que entregó más del 10% del territorio finlandés a la Unión Soviética.

Equipo de ametralladora finlandesa durante la guerra de Invierno
Equipo de ametralladora finlandesa durante la guerra de Invierno
Imagen: Wikimedia Commons

Un año después, tras la denominada Operación Barbarroja, Finlandia se alió extraoficialmente con la Alemania nazi y comenzó a trabajar para recuperar sus regiones perdidas. Para 1944, la situación había cambiado, y la aparente debilidad alemana iba a ser aprovechada por los soviéticos para lanzar un segundo ataque con el que incautar territorio finlandés.

Bajo este contexto amanece el 18 de marzo. Koivunen era parte de una patrulla de esquí al sur de la importantísima ciudad portuaria rusa de Murmansk. En un momento dado, la unidad fue atacada y rodeada por el Ejército Rojo. Sin embargo, junto a algunos compañeros Koivunen logra escapar del cerco.

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Al soldado le habían encomendado una misión fundamental: llevar a las tropas el suministro de las unidades de Pervitin (una forma temprana de anfetamina). La droga se había repartido a los soldados alemanes y finlandeses durante la guerra para mantenerlos despiertos durante el servicio de guardia, las largas patrullas y otras tareas que requerían de gran esfuerzo físico.

Ilustración para el artículo titulado
Imagen: Wikimedia Commons
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Ocurre que tras un largo periplo huyendo, Koivunen comienza a cansarse. Los esquís le pesan después de haber avanzado durante horas para escapar de los rusos. Así, en la penumbra del gélido bosque, el soldado saca un bote de Pervitin. Las manos casi congeladas le dificultaban abrir y coger una sola pastilla, por lo que en medio de la frustración y el miedo a que lo capturasen, volcó el bote entero y se tomó las 30 dosis que había.

Dicen que lo que no te mata te hace más fuerte, y en el caso de Pervitin, como en el de Popeye con las espinacas, la ingesta desproporcionada de anfetamina lo convirtió durante horas en un hombre que huía a una velocidad por encima de sus capacidades.

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Con la adrenalina y esa explosión de energía desaforada, el hombre entró en un estado delirante y avanzó liderando a la tropa, sin rumbo pero sin pausa. No recuerda bien durante cuánto tiempo ni cómo, pero en algún punto su cuerpo se rindió y cayó perdiendo el conocimiento.

El modelo soviético T-26 de 1937 “avanza agresivamente”, según lo descrito por el fotógrafo, en el lado oriental del río Kollaa durante la batalla de Kollaa.
El modelo soviético T-26 de 1937 “avanza agresivamente”, según lo descrito por el fotógrafo, en el lado oriental del río Kollaa durante la batalla de Kollaa.
Imagen: Wikimedia Commons
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Cuando despertó no había nadie a su alrededor, sus compañeros se habían ido. No tenía más suministros que un poco de agua, su rifle y lo que llevaba puesto. Allí en el bosque, perdido y muerto de miedo a ser atrapado por el Ejército Rojo, siguió avanzando hasta que notó un ruido fuera de lo común. Había pisado una mina terrestre.

Koivunen se quedó petrificado maldiciendo su mala suerte, delirando y esperando antes de darse cuenta de que no venía nadie en su ayuda. Su determinación, y cantidades alarmantes de anfetamina en su sistema, lo llevan a tomar una decisión: dar un paso al frente. El soldado sobrevivió a la explosión pero sufrió heridas graves.

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Marzo de 1940, un bombardero finlandés Bristol Blenheim Mk. IV del Escuadrón n.º 44 repostando en su base aérea en un lago congelado en Tikkakoski.
Marzo de 1940, un bombardero finlandés Bristol Blenheim Mk. IV del Escuadrón n.º 44 repostando en su base aérea en un lago congelado en Tikkakoski.
Imagen: Wikimedia Commons

En aquellas condiciones se mantuvo en una zanja durante varios días, pero viendo que seguía sin llegar ayuda, volvió a ponerse los esquís y siguió adelante sin saber exactamente a dónde se dirigía. Para cuando lo encontraron, había viajado 400 kilómetros. En un hospital finlandés encontraron que su frecuencia cardíaca era impresionante (o más bien alarmante) ofreciendo hasta 200 latidos por minuto.

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Sea como fuere, Koivunen sobrevivió y vivió para contar una de las historias de guerra más alucinadas del siglo XX. El hombre murió en 1989 a los 72 años, y hasta el último aliento seguía sin recordar cómo demonios perdió a toda su tropa mientras esquiaba por el bosque a gran velocidad. [Wikipedia, IFLScience]

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