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Ciencia

La Luna parecía un mundo muerto desde hace miles de millones de años. Ahora sabemos que sigue encogiéndose y dejando miles de grietas a su paso

Un nuevo estudio revela que la Luna perdió unos 45 metros de radio durante los últimos cientos de millones de años. Los científicos detectaron más de 10.000 fallas que podrían complicar las futuras bases lunares.
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Durante mucho tiempo, la Luna fue considerada un mundo geológicamente apagado. Sin volcanes activos conocidos en la actualidad, sin océanos ni una atmósfera significativa, parecía un cuerpo celeste condenado a permanecer prácticamente inmóvil durante miles de millones de años. Sin embargo, bajo su superficie aparentemente silenciosa ocurre algo que está modificando lentamente su estructura: nuestro satélite continúa perdiendo tamaño.

Un equipo de investigadores del Museo Nacional del Aire y del Espacio del Smithsonian acaba de calcular que el radio de la Luna disminuyó aproximadamente 45 metros durante los últimos 400 a 800 millones de años. El hallazgo no significa que vaya a desaparecer ni que podamos notar el cambio desde la Tierra. Lo verdaderamente importante es lo que ocurre mientras se contrae: su corteza se fractura y genera fallas capaces de producir terremotos lunares, un riesgo que la NASA deberá considerar cuando instale estructuras permanentes sobre la superficie.

Más de 10.000 fracturas revelan que la Luna todavía está cambiando

La Luna parecía un mundo muerto desde hace miles de millones de años. Ahora sabemos que sigue encogiéndose y dejando miles de grietas a su paso
La Luna continúa experimentando una contracción extremadamente lenta a medida que su interior pierde calor. El nuevo estudio calcula una disminución de unos 45 metros en su radio durante cientos de millones de años. © NASA / Lunar Reconnaissance Orbiter.

La investigación, publicada el 14 de octubre de 2026 en The Planetary Science Journal, fue dirigida por Thomas R. Watters, científico emérito del Smithsonian, junto con Maria Banks, Cole Nypaver y Mark Robinson. Los investigadores analizaron imágenes obtenidas por la cámara del Lunar Reconnaissance Orbiter (LRO), el observatorio de la NASA que estudia la superficie lunar desde 2009. Gracias a sus fotografías de alta resolución, identificaron más de 10.000 estructuras tectónicas relativamente jóvenes.

Entre ellas aparecen más de 8.900 escarpes lobulados y más de 2.600 pequeñas crestas de los mares lunares. Estas formaciones funcionan como huellas geológicas de un proceso que se repite desde hace millones de años: cuando el interior se enfría, su volumen disminuye y la corteza exterior debe adaptarse a un cuerpo ligeramente más pequeño.

La NASA compara este fenómeno con una uva que se transforma en pasa. Su superficie se arruga mientras el interior se contrae. Pero existe una diferencia fundamental: la corteza lunar no es flexible. Está formada por rocas rígidas que pueden fracturarse y deslizarse unas sobre otras. Así aparecen fallas inversas, en las que un bloque de terreno es empujado por encima de otro. Desde la órbita, algunas se reconocen como pequeños escalones o acantilados que atraviesan cráteres y antiguas llanuras volcánicas.

La cifra parece insignificante, pero cuenta una historia sorprendente

La Luna parecía un mundo muerto desde hace miles de millones de años. Ahora sabemos que sigue encogiéndose y dejando miles de grietas a su paso
Escarpes de falla próximos al polo sur lunar, una región de especial interés para futuras misiones tripuladas. © NASA/LROC/Arizona State University/Smithsonian.

Perder 45 metros de radio puede parecer mucho, aunque representa una proporción diminuta de los aproximadamente 1.737 kilómetros que mide el radio lunar.

Los cálculos permiten estimar una contracción media de entre seis y once centímetros por millón de años, dependiendo de cuándo comenzó el periodo analizado. Eso equivale a alrededor de una décima de micrómetro anual: una variación imposible de apreciar directamente a escala humana. Pero esa cifra no se obtuvo midiendo la Luna con una regla desde el espacio. Los científicos reconstruyeron la contracción a partir del desplazamiento acumulado representado por sus fallas geológicas.

El estudio también encontró que estas estructuras no se distribuyen de manera uniforme. Las regiones donde la corteza es más gruesa presentan una menor concentración de fallas, lo que sugiere diferencias importantes en la evolución térmica del satélite. Los autores proponen que una corteza primitiva gruesa, porosa y muy fracturada pudo actuar como aislante térmico, retrasando la pérdida de calor del interior lunar y parte de su contracción. Esta interpretación refuerza una idea que los científicos llevan años investigando: la Luna no terminó completamente su evolución geológica hace miles de millones de años. Su interior todavía conserva calor y continúa respondiendo lentamente a su pérdida.

El problema no es que la Luna se haga pequeña, sino que puede temblar bajo los astronautas

La Luna parecía un mundo muerto desde hace miles de millones de años. Ahora sabemos que sigue encogiéndose y dejando miles de grietas a su paso
Visualización topográfica de la falla Lee-Lincoln, situada en el valle Taurus-Littrow, donde aterrizó el Apolo 17. La estructura alcanza aproximadamente 80 metros de altura. © NASA/Goddard/SVS/Ernie Wright.

Las fallas no son únicamente cicatrices antiguas. Investigaciones anteriores, basadas en los datos de los sismómetros instalados por las misiones Apolo, encontraron indicios de que algunas podrían continuar activas y producir movimientos sísmicos. En 2024, otro estudio difundido por la NASA advirtió que determinados sectores del polo sur podrían experimentar terremotos lunares capaces de provocar deslizamientos en terrenos inestables.

A diferencia de la Tierra, cuya superficie está dividida en grandes placas tectónicas, la Luna tiene una corteza exterior que se comporta como una única placa global. Por eso, las tensiones asociadas a su contracción pueden manifestarse en distintas regiones, sin limitarse a los bordes de placas. Esto supone un desafío para las misiones Artemis y cualquier proyecto de infraestructura permanente. Antes de instalar viviendas, plataformas de aterrizaje o equipos científicos, será necesario conocer las características del terreno y evaluar la proximidad de posibles fallas activas.

La buena noticia es que identificar estas estructuras permite anticipar riesgos y seleccionar ubicaciones potencialmente más estables. El nuevo mapa tampoco demuestra que las más de 10.000 fallas estén activas actualmente.

La Luna no se está desmoronando ni desaparecerá por este proceso. Pero el hallazgo demuestra que aquel mundo que parecía completamente inmóvil sigue cambiando bajo nuestros ojos, aunque lo haga a un ritmo tan lento que necesitó cientos de millones de años para perder apenas unas decenas de metros.

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